Recibo a primeras horas del sábado, día 27, la inesperada noticia. Me ha llamado por teléfono su cuñado, Ignacio Serrano, catedrático de Derecho civil, un par de años mayor que yo, y amigo de toda la vida. Eugenio había aparecido muerto esta misma mañana en el pasillo de su casa.
Yo me lo había encontrado hace poco más de quince días en la calle López Gómez de Valladolid, con su mujer, y habíamos charlado un poco. A sus 77 años, parecía estar con el vigor y el buen ánimo de siempre. Me habló con preocupación de la reforma que se iba a hacer del art. 49 de la Constitución, mucho más allá de la mera sustitución del término “disminuidos”. Me animó a escribir sobre ello en este diario, como, en efecto, hice hace unos días, tras estudiar el asunto. Él mismo publicó un espléndido artículo sobre ello en El Debate, pues era tema que le llegaba muy dentro: durante años él y su mujer, y sus hijos, estuvieron permanentemente pendientes del hijo que tuvieron con una discapacidad profunda, fallecido a los veinte y pocos años.
La noticia de su parón cardíaco irreversible me ha impactado fuertemente y ha revivido en mí el recuerdo de más de tres décadas de creciente sintonía y amistad, entretejidas desde nuestra coincidencia en los primeros noventa en el consejo de la primitiva FAES, antes de su transformación a finales de esa década, por la posterior coincidencia de afanes en materia educativa siendo él Secretario General de Educación y Formación Profesional entre 1996 y 2000 y luego, y, en fin, por la participación en algunas otra inquietudes y actividades intelectuales, políticas y ciudadanas comunes en lo que va de siglo, ya desde la etapa en la que dirigió el Departamento de Estudios del Gabinete del Presidente Aznar, en su segundo mandato, en un contacto que a veces se traducía en inolvidables conversaciones personales en algún local del Valladolid al que venía con alguna regularidad, al menos mientras vivieron los longevos padres de su mujer.
Eugenio Nasarre Goicoechea merece ser recordado públicamente y estoy seguro de que no van a faltar actos y testimonios en su memoria. Me he sentido movido a contribuir modestamente a su homenaje desde esta tribuna en El Imparcial, desde la que él también expresó su parecer varias veces, con su excelente pluma, su rico bagaje cultural, y su atenta mirada al acontecer público de nuestro país y de Europa, sus dos grandes pasiones.
Con una sólida formación como licenciado en Derecho, Filosofía, Políticas y Periodismo, muy joven, con menos de 40 años, ya había sido Director General de RTVE en 1982, en los últimos meses de la UCD, tras colaborar como director del Gabinete del Ministro de Educación y Ciencia Íñigo Cavero, y desempeñar otros cargos directivos en aquellos años de la UCD, en la que se había integrado con el sector demócrata-cristiano.
Desde 1972 –con 26 años- había ingresado con el nº 1 en el Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado (los conocidos como TACs). Al descomponerse UCD volvió al servicio activo como funcionario, hasta que se formó el primer gobierno Aznar en 1996. Se había integrado en el PP en 1991.
De 2000 a 2015 fue diputado en el Congreso, donde desplegó una actividad especialmente intensa en materia educativa, régimen de las Administraciones públicas y aspectos constitucionales y derechos fundamentales. Y ha sido Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo entre 2012 y 2018, aunque desde 2016 se retiró de la vida política activa. Ha seguido siendo vicepresidente de ese organismo europeísta.
Muy implicado en la Asociación Católica de Propagandistas y sus diversas iniciativas, siempre ha fundamentado su acción pública en sus firmes convicciones humanísticas y católicas, y en su consecuente adhesión sincera y profunda a la libertad, los derechos humanos y la democracia. Son muchos los siempre ilustrativos escritos que deja de su mano en diversos periódicos o medios de comunicación, y en libros suyos o promovidos y coordinados por el o por otros.
Le dolían muchas cosas que han venido ocurriendo en España y en otras partes. Pero nunca le encogieron. Le servían de acicate para pensar, escribir y actuar en múltiples iniciativas siempre con la esperanza de contribuir a mejorar nuestra sociedad, la vida real de la gente, con la vista en el largo plazo y en lo inmediato.
Se nos ha ido antes de tiempo. Era mucho lo que aún podía aportar a nuestra necesitada sociedad. Aunque, a la verdad, no deja de producir cierta envidia el sencillo modo en que se nos ha ido a la vida eterna. Descanse en paz.