Todo esto lo digo, y con toda la chulería, por los más de cuatrocientos vuelos que he cogido y donde las únicas trombosis las he padecido en el cerebro por esos asientos cada vez más juntos y la claustrofobia que me genera vivir encerrado. Y claro que moverse es bueno. Por eso follando nos sentimos bien.
Pero yo ayer me monté en un microbús para enanos en un trayecto infernal de ocho horas por carreteras de tierra. Ocho horas donde mis rodillas casi se pronuncian en perfecto español: sácame de aquí, asesino. Porque aquello sí que era de trombosis. Y nadie jamás ha hablado de la verdadera realidad de la clase, no ya turista, sino pobre, paupérrima, que recorre países enteros a lomos de medios de transporte entre obsoletos e ilegales, y a los que nadie espera en la parada de la estación con el fonendoscopio para saber si es trombosis, ictus o ya llegaron rigor mortis.
En el fondo viajar en avión, aunque se cuelen cada vez más desarrapados con billetes legales, es de pijos. Y las enfermedades que este medio de transporte produce deben ser típicas de pijos. Ahora, lo que me sigue sorprendiendo es que en la estadística de problemas físico-mentales creados durante un viaje aún nadie haya evaluado los males que genera viajar en microbús, por ejemplo, de Phnom Penh hasta la ciudad fronteriza de Khemara Phoumim. Que a la llegada a destino allí todos salimos por nuestro propio pie, como si nada, cuando por los alrededores no había ni médicos ni ambulancias.
Y si Rafa Nadal algún día desea asegurar su retirada, que tome ese microbús.