Siete votos como siete cuchillos rotos cruzan el hemiciclo de la deshonra en busca del autor de la felonía y la traición. Me estoy refiriendo a Pedro Sánchez con su particular manera de insistir en ir a contracorriente del sentido común y claro, las espigas se vuelven lanzas y luego el desafecto sobreviene, pues en política no hay costumbre más natural que la ojeriza hacia quien se aferra al poder obstinado en demostrar que su tozudez es su propio desacuerdo.
Que ahora los de Junts humillen a Sánchez votando en contra de la ley de amnistía, no es otra cosa que jugar a lo mismo que hace él y su gobierno. Aquí todos quieren más poder al precio que sea. Así pues, cuando lo grotesco se convierte en un juego se corre el peligro de caer en el esperpento más sórdido. Y eso es lo que está sucediéndole a Sánchez en su cada vez más vergonzosa cruzada para seguir en el trono monclovita. Lo canallesco es el precio que pagamos los de siempre, porque aquí no hay aquello de los panes y los peces, aquí se tira con pólvora del contribuyente para regusto de siete votos que a día de hoy, merced al Monopoly de este gobierno camino vamos de convertirnos en desventurados ciudadanos.
Lejos queda aquello del diálogo con Cataluña como terapia de entendimiento, progresismo y todas esas patrañas incluidas en el cuaderno de bitácora de Sánchez con los independentistas, pero se antoja baldío el empeño y a la vista queda. La humillante exposición por parte de quienes odian a España aclara una vez más el tiempo perdido y lo que resta por malgastar. Sobre un estrado insultan, se jactan de arbitrar el nuevo modelo de democracia que España necesita y ya de paso, aprovechando la pasividad de la jefa de sala, señalan a jueces y ridiculizan a un presidente de gobierno y su séquito, que no solo son subordinados al vapuleo de siete votos, sino que se muestran como simples domésticos al servicio de lo infumable. Sesión plenaria la de ayer tan vergonzosa y vergonzante que más que un Congreso de los Diputados, debería pasar a denominarse Congreso de los humillados.
Porque el espectáculo fue bochornoso para la gente de la calle y todos aquellos que sintiendo apego a un Estado de derecho como el nuestro, tengamos que soportar las órdenes y lecciones de 392.634 votos, o sea, el 1,6% de porcentaje sobre el total de los resultados de urnas. Y como esto forma parte del diálogo, -buena solución si lo que sale de él es el ecuánime entendimiento- resulta que la mecánica de Sánchez es la de aguantar los decibelios de Junts cada vez más y más altos a la vez que severos, sin pelos en la lengua para decir y maldecir y así, una vez conseguida la ley de amnistía íntegra redactada para beneficio de todos ellos, entrar a saco con la autodeterminación como símbolo de la libertad y rotura por fin de las cadenas que les une con España, país de incultos retrógrados y paletos, según se nos define entre otros descuidados epítetos.
El esperpento conculca lo de dialogar que tanto gusta a don Pedro, que con ahínco persigue y nada consigue, y es que lo de tirar del ramal, es inútil cuando el borrico agacha las orejas y frunce las cejas. Ni para atrás ni hacia adelante porque el pollino cuando se niega, cuidado que te la juega. Y no es esto nada nuevo, que el chantaje cada vez se apodera de aquello y del más allá, y no siendo del todo suficiente, se entromete en casa ajena y detrae de ella toda clase de galanuras y ornatos. Más no siendo esto lo peor, es que España como país lo conviertan en calumnia y lugar de baja estofa para vivir y se extenderá la reclusión de nuestra propia lengua que mediante hostigamiento acabará también subordinada, porque lo de pedir no tendrá fin mientras don Pedro siga con esa apuesta tan grotesca de querer conseguir el bien de unos pocos a través del diálogo, que a estas alturas de la película no es más que un vulgar tópico para distraer al personal. El único objetivo que les mueve no es otro: “Tú me das impunidad y yo te dejo gobernar”. Todo muy humillante además de grotesco.