En los años más duros del franquismo todos los receptores de radio tenían dial. Tú te podías subir a la buhardilla y poner bajito la emisora de “Radio España” (PCE) o Radio Moscú (PCUS). O sintonizar cualquier otro acto religioso. Pero a los rusos no les pasaba lo mismo; tenían receptores sin dial, lo que el gran reportero Quentin Reynolds llamaba “altoparlantes”. No era posible sintonizar estaciones fuera del paraíso comunista. A todos los adanes y evas rusos se les irradiaba la misma fe. Nadie poseía en aquel paraíso un receptor con dial abierto al mundo, privilegio exclusivo de corresponsales y embajadas. Nadie niega la brutalidad del franquismo tras la Guerra Civil y su falta de generosidad tras la victoria: alrededor de 40.000 fusilamientos, si bien los otros habían asesinado en la retaguardia a más de 70.000 personas – sólo en Madrid más de 12.000 -. Es la feroz represión franquista tras la guerra lo que precisamente desautorizó al régimen, y no la victoria militar, que sacó a España de un monasterio sovietista. Si hubiesen ganado los estalinistas quizás hubiesen sido más brutales de acuerdo a lo que su epónimo hizo: más de un millón de ejecuciones directas, centenares de miles de presos muertos en la cárcel de frío y hambre, y hambruna homicida para millones de soviéticos. Todas las dictaduras son atroces, pero si cometemos el “error” de analizar la atrocidad de modo cuantitativo, las dictaduras rojas son más homicidas. Pero España sí se parecía a la Rusia comunista en las máquinas de coser. Todos los hogares tenían una máquina de esas, en España, Singer, que vestía a todos los miembros de la familia con la pericia y virtud del ama de casa. Aquellas máquinas convirtieron a la mujer en Alma Mater, en santas heroínas que mantuvieron encendido el fuego doméstico. Las mujeres rusas y españolas, como producto de una larga práctica, asimismo poseían el don de alargar la vida a las vestimentas. También se igualaban las dos dictaduras con el respeto que se tenía a las personas mayores, siempre con el Gospadine unos, y con el “señor” otros. Con la frivolización de la eutanasia democrática en Occidente el impertinente tuteo a los viejos ha vuelto. Stalin creó la granja colectiva, que al no generar propietarios definitivos de tierras concretas, como sí lo hacía la centenaria institución de la “obschina”, presente ya en la época zarista, no generó la motivación deseada entre los agricultores. También impidió el desarrollo de las cooperativas tipo “artel”, también de larga tradición rusa, que hubiera generado grupos de obreros y artesanos transversales que habrían colaborado en el enriquecimiento y bienestar de la sociedad soviética. Franco, más ramirista ( izquierda nacional ) que joseantoniano, creó los pueblos de colonización, que llegaron a ser 340, a través del Instituto Nacional de Colonización, con lo que se consiguió crear 80.000 nuevos propietarios agrícolas, que revitalizaron zonas despobladas y tuvieron más éxito objetivo que las granjas del tavarish Stalin. El franquismo tuvo siempre un fuerte espíritu campesinista. “La vida campesina está informada hasta los tuétanos por la moral cristiana, intangible, perfecta y eterna”, pensaba Franco. Por su parte, la ciudad de Moscú, a fin de abastecer mejor a la población durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, inauguró el programa de “regreso a la tierra”. A cada ciudadano de Moscú se le adjudicaba una parcela de tierra fuera de la ciudad. Todos los sábados por la tarde se veían extrañas caravanas en camino a las estaciones de ferrocarril. Centenares de hombres, mujeres y niños cargando azadas, palas y rastrillos sobre sus hombros se dirigían a sus pequeñas posesiones de cultivo. Muchos pasaban la noche a la intemperie dedicando todo el día siguiente al cultivo de sus hortalizas. Hasta Pravda llegó a dedicar una plana íntegra advirtiendo a todos los poseedores de terrenos que sólo quedaban cinco días para plantar patatas, la más preciosa de las legumbres y salvadora del hambre. El sistema educativo de Stalin se basaba en el premio al mérito y a la inteligencia; eso hizo que la Unión Soviética siempre estuviese en la vanguardia de las Ciencias y las Humanidades. Del mismo modo, el sistema educativo de Franco buscaba también premiar a los alumnos más trabajadores e inteligentes, de entre todas las clases sociales. De entre los más pobres el Régimen sacó a menudo los mejores catedráticos y científicos, gracias sin duda, en primer momento, a Auxilio Social, creación de la viuda de Onésimo Redondo, Mercedes Sanz Bachiller y el jonsista Javier Martínez de Bedoya, y esa inteligencia arropada por sistema desde la más tierna infancia nos convirtió en la 7ª potencia industrial. A pesar del Tribunal contra la Masonería y el Comunismo, luego Tribunal de Orden Público, el Poder Judicial se mantuvo suficiente y razonablemente independiente como para luchar contra la corrupción con eficacia durante todo el período franquista. Y al prevaricador y malversador que pillaba siempre la pagó. No fue así el caso de la Rusia comunista en que altos miembros del PCUS protagonizaron casos muy sonados de corrupción, actuando desaprensivamente en sus prevaricaciones. Para ser miembro del PCUS había que estudiar un poco de historia, economía política, los principios de Marx y Lenin, y la historia del Partido, para poder aprobar un examen que te permitiese ingresar. No todos aprobaban, se calcula que la mitad de los que se presentaban quedaban fuera. Eso garantizaba al gobierno que los grandes técnicos del Estado fueran comunistas, y que los gobernantes no fueran especialmente tontos. No ocurría eso en España con el Movimiento, que integraba a todos los que deseaban entrar, siempre que la moralidad y la honradez no estuvieran puestas en cuestión por sentencias pasadas. Es verdad que toda dictadura supone un acto criminal contra la condición humana, que responde a dos ámbitos, el del cuerpo y el del espíritu. Todas sofocan el ámbito espiritual, una más que otras, y unas atentan más al bienestar material que otras. El franquismo, en tanto que dictadura, fue reprobable, pero en el marco de lo reprobable mucho menos dañino que cualquier dictadura comunista o nazi. Ni todas las dictaduras ni todas las tiranías son iguales. En Grecia, tiranos como Clístenes de Sición o Falaris de Agrigento fueron especialmente sanguinarios, y otros, como Pisístrato de Atenas, Periandro, Cipselo de Corinto o Polícrates de Samos pusieron las bases de la grandeza de sus ciudades. Todas las tiranías o dictaduras son malas, pero las ha habido tan diabólicamente malas que han hecho “casi” buenas a otras.