Opinión

El fin del asedio a Leningrado

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 04 de febrero de 2024

Se cumplen en estos días los 80 años del fin del asedio a Leningrado, el más largo de la II Guerra Mundial. Como su aniversario coincide con la liberación, un año después, del campo de extermino de Auschwitz, el final de la terrible batalla, que se prolongó durante casi 900 días, corre el riesgo de pasar desapercibido ante la opinión pública europea. De la conmemoración de este año han estado ausentes todos los líderes europeos salvo Alexander Lukashenko, presidente de la República de Bielorrusia. El que no faltó fue el pueblo ruso, que, por otro lado, es el gran héroe de toda esta historia.

Como ya hablamos del asedio en sí hace algún tiempo, quizás sea una ocasión propicia para hablar del recuerdo de esta lucha atroz en que murieron de hambre más de 750 000 civiles, una cifra que es, como recuerda Anna Reid, cuatro veces la suma de los muertos por los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki juntos. Reid añade otra comparación aterradora: aquí murieron treinta y cinco veces más civiles que en el “blitz” de Londres, la campaña de bombardeos que intentó llevar a la capitulación del Reino Unido después de la caída de Francia en 1940. Como en la capital británica, los alemanes y sus aliados -por ejemplo, tropas finlandesas- se estrellaron contra la decisión de un pueblo decidido a resistir. En las batallas del asedio participaron, por cierto, los efectivos de la División Española de Voluntarios, la famosa “División Azul”. También en la ciudad asediada había españoles; por ejemplo, los niños y jóvenes alojados en las tres casas para “niños de la guerra” de Leningrado y sus alrededores. También hubo españoles combatiendo en el lado soviético en distintos frentes -por ejemplo, África de las Heras (1909-1988), natural de Ceuta y que llegaría a ser coronel del KGB- pero ya contaremos otro día su historia.

Hoy corresponde recordar el sacrificio formidable de los defensores de Leningrado.

En un llamamiento a los ciudadanos, fechado el 21 de agosto de 1941, se advertía de lo que significaba la invasión alemana: “El enemigo intenta entrar en Leningrado. Quiere destruir nuestras casas, apropiarse de nuestras fábricas y plantas, anegar las calles y las plazas con la sangre de los inocentes, ultrajar a nuestro pacífico pueblo, esclavizar a los hijos libres de la madre patria. Pero eso no sucederá. Leningrado -cuna de la revolución proletaria- nunca ha caído y nunca caerá a manos del enemigo”.

Lo que vino después demostró que la proclama no exageraba. A los rusos se los sometió a un cerco despiadado que pretendía vencer a la ciudad por hambre ya que no había podido tomarla en un enfrentamiento directo. Faltaba de todo: alimento, energía, municiones… Sólo la llamada “carretera de la vida” -una estrecha vía a través del lago Ladoga, que estaba congelado- permitió el abastecimiento de Leningrado. El hambre llevó a algunos desesperados a caer en la antropofagia, que fue reprimida y, en algunos casos, tratada como una enfermedad mental. No faltaron delitos ni robos de comida o cartillas de racionamiento. Sin embargo, Leningrado jamás cayó en la anarquía.

En las fábricas, los trabajadores morían de agotamiento, pero nunca hubo un movimiento rebelde que tratase de franquear a los invasores la entrada en la ciudad. El patriotismo, el odio a los invasores y el miedo dieron al pueblo una fuerza colosal. En el invierno de 1941-1942 podían verse carteles de una comedia que debía haberse estrenado al comienzo de la guerra. El título resumía el estado de la opinión pública: “Anton Ivánovich está enfadado”. Las acciones propagandísticas de los alemanes -el lanzamiento de octavillas para desmoralizar a la población, por ejemplo- eran por completo inútiles.

Hay cosas muy desconcertantes y luminosas en los relatos de estos días espantosos. Por ejemplo, cuenta Moynahan en “Leningrado. Asedio y sinfonía” que en los refugios antiaéreos llegaron a improvisarse conciertos. Dmitri Shostakovich (1906-1975) comenzó a escribir, estando aún en la ciudad, la sinfonía que inmortalizaría su resistencia. Los conservadores del deslumbrante Hermitage se esforzaron para proteger las obras de arte de los bombardeos alemanes. Cuenta Richard Overy que, de sus dos millones y medio de piezas, enviaron la mitad a Sverdlovsk, en los Urales. El resto lo trasladaron a los sótanos. La actividad de conservación y estudio no se detuvo, sino que continuó a la luz de velas por falta de energía eléctrica.

Cuando, ya en 1942, se estrenó la sinfonía “Leningrado”, Karl Ilich Eliasberg (1907-1978) pronunció unas palabras que aún me siguen conmoviendo: “Camaradas, éste es un gran acontecimiento en la vida cultural de nuestra ciudad. Es la primera vez que vais a escuchar, dentro de unos momentos, la Séptima Sinfonía de nuestro compatriota Dmitri Shostakovich. Su sinfonía nos invoca a la fuerza en el combate y a la fe en la victoria. La interpretación de la Séptima en la propia ciudad sitiada es el resultado del invencible espíritu patriótico de los leningradenses, de su fuerza, su fe en la victoria, su voluntad de luchar hasta la última gota de su sangre y de lograr la victoria sobre sus enemigos. Escuchad, camaradas”.

Este asedio debería formar parte de la memoria de toda Europa como sucede con otras grandes batallas contra el nazismo. Leningrado tendría que evocar lo que el sacrificio de ese pueblo significó para la victoria con Hitler, pero también el valor de aquello que se trataba de preservar: la civilización europea.