El ser humano parece que se desperezó de su modorra genética en el centro de África, paraíso donde vivaqueó durante milenios, hasta que, algunos individuos, contrajeron una enfermedad con la que han emponzoñado a la especie entera: preferir lo malo por conocer a lo bueno conocido.
Abandonaron su hábitat y se asentaron en las orillas del Mediterráneo. De ahí, unos se extendieron por el ancho mundo y otros poblaron Europa. Hay, circulando por Internet, un curioso video, en el que vemos, en secuencia ininterrumpida, la alteración de las fronteras europeas en los últimos mil años. Es tan revelador que, después de verlo, solo es necesario dar un pasito, en nuestra reflexión, para entender lo que ha sido la historia de Europa.
Una sociedad, movida, básicamente, por el instinto territorial, para cuya satisfacción, el homo europeus, ha inventado leyendas, sentimientos, religiones, sistemas políticos y normas sociales, que han servido de banderín de enganche a súbditos y ciudadanos, dispuestos a dar su propia vida para conquistar y defender los ridículos puñaditos de tierra que han ido pasando de unos a otros.
La historia de Europa es la de las infinitas guerras, cada vez más sangrientas, culminadas por las dos últimas, que los belicosos europeos convirtieron en mundiales, con la traca final de Hiroshima y Nagasaki.
Ante tantas aberraciones, unos pocos visionarios fundaron, en 1951, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que tenía, como modesto propósito, controlar la producción de estos elementos, imprescindibles para la guerra.
En 1957, el Tratado de Roma da lugar a la Comunidad Económica Europea (CEE), con pretensión de establecer una colaboración, todo lo profunda que decidiesen sus miembros, que han de aceptar las condiciones de funcionamiento y convivencia, decididas por unanimidad.
La idea inspiradora era que la UE se convirtiera, después de tanta sangre vertida estúpidamente, en un oasis de paz y democracia dentro de un mundo que sigue siendo sumamente peligroso. Dispuesta a defenderse, como no, pero neutral.
Esta aspiración está siempre en riesgo por la atracción de unos y la amenaza de otros. Los EEUU, siempre belicosos, como descendientes directos del Homo europeo, pretenden integrarnos en su imperio y utilizarnos contra sus enemigos que, desgraciadamente, son, siempre, muchos y muy activos.
Y tenemos a estos, que nos sitúan ya en ese bloque, pues la UE no marca nítidamente su difícil entidad y neutralidad, cuando alguno de sus socios participa en operaciones al margen de los demás.
Es un tema candente que pone, continuamente en riesgo la esencia de la UE y la deseable aspiración a convertirse en una nación.
Aspiración siempre en duda por lo vacilante de los pasos, la indecisión de algunos miembros, la desconfianza entre socios, que fueron enemigos ancestrales, los idiomas, la disparidad de intereses, etc.
Pero nos anima a la esperanza la creación de intereses nuevos comunes, el paso del tiempo sin conflictos, la mezcla, aunque lenta, de la población, la entrada e integración de nuevos socios, la dificultad, cada vez mayor del abandono o la escisión...
Como en tantas cosas, Suiza sirve de inspiración, no confesada, a esa “esperanza de esperanza” de la que el mundo está tan necesitado.