Opinión

El síndrome de Hamlet

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Martes 06 de febrero de 2024

Siempre es difícil indicar cuándo comienza una guerra. Por supuesto, podríamos decir que empieza con el primer disparo, pero, en realidad, el camino al campo de batalla suele partir de los lugares donde las ideas de producen y se diseminan. Por lo común, el tiro que desencadena todo no lleva pólvora ni bala, sino palabras e ideas. Tampoco es fácil precisar cuándo termina el conflicto. Desde luego, no es cuando se firma una tregua, un alto el fuego o un armisticio. Incluso los tratados de paz –tanto tiempo anhelados- son un primer paso, pero no el final de un proceso. Las consecuencias de una guerra se prolongan y perduran en el tiempo. La memoria se transmite. El recuerdo deviene en compromiso o en trauma. El dolor no siempre se mitiga.

Hablemos, pues, de Ucrania.

El próximo jueves 8 de enero se estrena en el cine Dore de Madrid el documental “El síndrome de Hamlet” (2022), de los directores Elwira Niewiera y Piotr Rosolowski, a quienes ya conocemos los cinéfilos por la extraordinaria “El Príncipe y el Dybbuk” (2017). De contar la historia de cómo un judío pobre de Volhinia llegó a convertirse en un magnate de Hollywood han pasado a narrar las historias de cinco jóvenes ucranianos de en torno a treinta años –el más joven tiene 27 y el mayor 36- cuyas vidas han estado marcadas por la crisis y la guerra. Nacidos durante la década de los 90, eran demasiado jóvenes para haber conocido la URSS, pero crecieron en una Ucrania sacudida por la corrupción, la injerencia extranjera y la permanente sombra de Moscú. Han conocido el mundo de los oligarcas y el capitalismo de amiguetes, la esperanza de la democracia y la revuelta de Maidán. Vieron cómo, hace ya diez años, la parte oriental de Ucrania se convertía en un campo de batalla. Hace sólo dos años la guerra llegó hasta el corazón de su país.

Elwira Niewiera responde cuando le preguntan por la motivación del documental: “Por un lado, queríamos llamar la atención sobre la guerra en la Ucrania oriental desde 2014. En los últimos años ya no se hablaba de ese conflicto, aunque cada día había combates y moría gente. Por otro lado, nos interesaba el destino de la joven generación de ucranianos nacidos después de 1989 en la Ucrania libre e independiente”. Añade Piotr Rosołowski que “a decir verdad, nadie de nosotros esperaba que pasaría lo que sucedió, la invasión rusa de Ucrania. Aunque algunos de nuestros protagonistas tenían en cuenta que el conflicto podía extenderse del Donbás a todo el país”.

Recuerdo cómo nos llegaron las noticias de la invasión, pero no hablaban de esta gente. Los veíamos de lejos corriendo a los refugios antiaéreos o luchando con las armas en la mano, pero en general no veíamos sus rostros, desconocíamos sus historias y sus nombres. Han tenido que venir Niewiera y Rosolowski para que les pongamos cara. Katia estudió relaciones internacionales y combate en el frente como Sławik, que dejó sus estudios de artes para alistarse en el ejército. Oksana es actriz y trabaja en Varsovia. Roman también es actor, pero sirve como sanitario en el frente. Rodion, que es figurinista de cine y activista de la comunidad LGBTQ en Ucrania, cose uniformes para el ejército en Lviv. Son vidas a las que la historia les ha pasado por encima.

Hay algo en el horror de nuestro tiempo –supongo que me refiero a mi siglo, al siglo XX, a cuya sombra seguimos viviendo- que ningún lenguaje puede contar por completo. No bastan la fotografía ni la novela. Necesitamos de la música –recuerdo la Sinfonía nº 3 de Gorecki, llamada “Sinfonía de las lamentaciones”- y de la poesía. No puedo dejar de citar aquí a Ana Ájmatova y las líneas que abren su “Requiem”:

«Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurro):

- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?

Yo le dije:

-Puedo

Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro».

Sí, necesitamos de lenguajes como la danza, la escultura y la arquitectura para evocar este país arrasado. Necesitamos, en fin, del cine, pura imagen en movimiento nutrida de música, diálogos y silencios. Ninguna película puede dar cuenta de todo el espanto. Quizás la aproximación deba ser otra: historias personales, teselas de dolor en un mosaico atroz. He aquí la responsabilidad de quienes no sufrimos los bombardeos, ni los ametrallamientos ni los jóvenes muertos en la flor de la vida ni los ancianos muertos en la flor de la memoria: ver, escuchar, prestar atención a este relato en el que, tal vez, quede algún resquicio para la esperanza.