Los Lunes de El Imparcial

Keith Lowe: Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial

Ensayo

Domingo 11 de febrero de 2024

Traducción de Irene Cifuentes. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2023. 539 páginas. 23 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



En Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial, Keith Lowe nos ofrece una obra rigurosa y bien argumentada que tiene como objeto de estudio la violencia política que caracterizó al “viejo continente” al término del conflicto bélico. En aquellas lejanas fechas la venganza hacia los derrotados presidió el modus operandi de algunos grupos y naciones “vencedoras”.

Se inició, por tanto, un periodo de sufrimiento para numerosas minorías étnicas, religiosas y políticas, impulsado en algunas ocasiones por el propio Estado, caso de Yugoslavia. Como resultado “para muchos millones de personas de toda la mitad oriental del continente, el final de la guerra no fue en absoluto una señal de liberación, simplemente anunció una nueva era de represión de estado. El terror nazi había terminado: el terror comunista estaba a punto de empezar” (p.309).

En íntima relación con este argumento, los judíos comprobaron que, a pesar de la finalización de la guerra, Europa ya no era un lugar seguro para ellos. Las manifestaciones de antisemitismo se multiplicaron y adoptaron formas como los pogromos. Como respuesta, Palestina comenzó a percibirse como el enclave fundamental para su futuro: Para bien o para mal, grandes cantidades de judíos europeos se encontraron por fin en un país donde ellos eran los amos, donde no les perseguirían y donde les dejarían seguir su propio programa. Israel no sólo era la tierra prometida, sino una tierra de promesas” (p.252).

Uno de los rasgos sobresalientes de la obra que tenemos entre manos es que Keith Lowe nos ofrece las trayectorias vitales de desplazados y refugiados, cuyos testimonios constituyen una verdadera fuente de autoridad sobre el horror. Igualmente, subraya que, como consecuencia de la guerra, se generalizaron todo tipo de delitos, sobresaliendo una suerte de legalización del robo con la finalidad de subsistir.

Con todo ello, a pesar de este cúmulo de adversidades, el optimismo floreció. Pero, ¿existían motivos para la esperanza? La respuesta la ofrece de manera fría y realista el autor: Había una sensación universal de que trajera lo que trajese el futuro, sería como mínimo más prometedor que el periodo por el que acaban de pasar” (p. 85). En este sentido, se inició una etapa de visibilización de la resistencia y una apelación constante a la unidad. No obstante, este último concepto pronto quedó vacío de contenido con el comienzo de la “guerra fría” y, sobre todo, porque apareció un deseo de venganza que buscó chivos expiatorios a los que responsabilizar de la tragedia recientemente vivida.

En efecto, la venganza se ejecutó de manera individual y colectiva. Dicho con otras palabras, primó la ley del talión, cometiendo el Ejército Rojo auténticas barbaridades contra presos alemanes, alentadas en muchas ocasiones por literatos soviéticos. En esta apología de la venganza, los colaboracionistas se convirtieron en una de las principales víctimas, resultando deshumanizados. De una manera más particular, las mujeres que habían mantenido relaciones íntimas con soldados alemanes sufrieron las represalias de sus compatriotas, en particular en Francia, en tanto en cuanto se consideraba que el “adulterio” practicado no era dirigido a sus maridos sino a la nación en su conjunto.

Los castigos variaban, de tal modo que en Europa occidental se empleó especialmente el rapado del pelo en público, mientras que en Europa oriental predominó la violencia sexual hacia ellas: Setenta años después es difícil juzgar si estas mujeres merecían que se las castigara de esta forma, de otra o de ninguna manera […]. Lo que es innegable, sin embargo, es el hecho de que estas mujeres eran cabezas de turco: afeitarles la cabeza era una forma simbólica de extirpar no sólo sus propios pecados, sino los pecados de la comunidad entera” (p. 208).

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