Opinión

Intoxicados

TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Martes 13 de febrero de 2024

¡Todos contra el Uno! es el suspiro que se cuela entre las paredes de una resquebrajada España que hace lo posible por no ahogarse. No hay acción pública del presidente Sánchez a la que no le acompañe un coro que le recuerde sus fechorías y el desprecio que siente por su país.

La humillación permanente a la que nos somete el gobierno de España día a día aviva el veneno que toda democracia contiene en su interior. No podemos olvidar que la función de la democracia como forma de gobierno, por muy banal que pueda parecer, es su eficacia para gestionar el conflicto y evitar la conflagración civil. Es decir, la democracia permite gestionar los desgobiernos del mundo interno motivados por el abandono, los odios o los miedos que encuentran su racionalización a través de los símbolos de la vida pública (el Estado, la autoridad, los partidos políticos o las ideologías). Aquí radica nuestra fragilidad si esta cuestión no es cuidada.

De esta forma, atravesados por una crisis política que reactiva viejos impulsos y activa otros, el ciudadano demócrata, ante este revoltijo, se encuentra confundido y necesita comprender lo que está viviendo.

Una de las trampas que es conveniente evitar en estos momentos, si no queremos enloquecer en este proceso de comprensión, es la que nos trae la centralidad de la imagen del presidente Sánchez. El exceso de foco y de responsabilidad que acapara su figura no solo paraliza nuestra capacidad de pensamiento, sino que alimenta el narcisismo del presidente intoxicándonos a nosotros con él. Su simple silueta, su sombra o el eco de su apellido, genera una parálisis regresiva tanto en sus seguidores como en la oposición democrática.

Sánchez representa el matoneo y el espíritu rupturista que siempre ha caracterizado a la izquierda española y a su partido (resulta de gran utilidad estudiar la memoria histórica del PSOE, antes de que la borren). La chulería, el descaro o el desprecio que siente hacia el otro no hubiese llegado a tal punto sin unos subordinados y una amplia base social, que no solo lo acepta, sino que lo admira. El tirano Sánchez activa los instintos más primitivos y violentos al mismo tiempo que los disfraza de victimismo y de una mojigatería cursi bastante empalagosa. Esta combinación es destructiva para una democracia. Por lo tanto, resulta poco creíble e incluso alarmante la pantomima de aquellos que dicen sentirse desilusionados y sorprendidos ante las acciones de un personaje que, si por algo se ha caracterizado, es por el descaro y la mentira sistemática. ¿Dónde está la sorpresa?

Por otro lado, tenemos una oposición que motivada por la animadversión hacia el presidente manifiesta un comportamiento que oscila entre el linchamiento hacia su figura, la negación, el desencanto impotente o una ridiculización cómica de su comportamiento.

Es necesario resaltar que un tirano escarba siempre en los estratos psíquicos de la sociedad, buscando sus miserias y avivándolas para justificar sus acciones y la necesidad de su presencia. Los líderes políticos y la ciudadanía que defienden el constitucionalismo no pueden caer en la provocación permanente. Esto ocurre si nos quedamos con la imagen fija y paralizante de Sánchez. Esta imagen dosifica un narcótico que, en el fondo, establece un placer oculto en el mantenimiento del tirano.

Dentro de este grupo, tenemos aquellos que utilizan las fechorías del autócrata para recurrir a las mismas artimañas tramposas y violentas. Estratagemas que los propios participantes saben que no tienen recorrido. Conscientes de ello, boicotean su propio proyecto político al mismo tiempo que dan apariencia de preocupación y entrega. Es un trabajo estéril en busca de martirio. De esta forma, tan solo consiguen alimentar las fantasías del tirano y las de sus seguidores. Luego, por otro lado, tenemos una moderación mal entendida que ansía en todo momento el reconocimiento del que le humilla. En esta alucinación del moderado, marcado por un profundo egoísmo, busca mantener su posición cómoda de falso disidente reconocido, que, por supuesto, es instrumentalizado por el régimen. En ambos casos se establece una relación sadomasoquista que no pretende promover cambios sustanciales. En ambas posiciones la integridad psíquica se salvaguarda (las ideas quedan protegidas de ser contrastadas y las sustancias espurias se proyectan en el tirano que representa el mal), su alucinación heroica también, al mismo tiempo que mantienen su puesto y privilegios.

Este tipo de posiciones lleva a realizar el diagnóstico de considerar al presidente Sánchez como un farmakós, cuyo sacrificio, supondría eliminar la sustancia tóxica de nuestra democracia. Desgraciadamente la eliminación del autócrata no vendría a solventar el problema. Sánchez es un buen representante de una sociedad completamente destartalada y de una vida pública estéril. Por lo tanto, resulta urgente que el ataque permanente al presidente no se quede únicamente en un derribo que busque neutralizar sus fechorías.

Su figura representa una verdad honda y arraigada a nuestra tradición política que se manifiesta, paradójicamente, como la única verdad que nos transmite. En este punto radica una de nuestras principales tareas: comprender las voces que brotan de estos escenarios en los que vivimos y afrontarlas con coraje para dejar de tener una ciudadanía democrática en cuidados paliativos.