Opinión

El campo en peligro

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 14 de febrero de 2024

El alma de la tierra abandonada a su suerte serpentea entre olivos y trigales buscando explicación, más no encuentra donde posar su melancolía entre tanto rastrojo y tanta espiga doblada en medio de la desesperanza.

Hoy se hace leña del árbol caído, se busca trigo en labrantíos hueros, y los campos, que nunca tuvieron ni pusieron puerta, cierran cancelas y lloran por dentro. ¡Es lo que nos da de comer, estúpidos! Los de aquí y los de allá solo vomitan acuerdos para el engaño y la frustración sin reparar en que los damnificados son siempre los mismos actores, o sea, la gente del campo y los consumidores finales.

Y he aquí, que el oficio del labriego se rompe haciendo que la nobleza de su labor se vuelva abrojos mientras los gobernantes van poniendo parches a sus improvisados acuerdos y medidas, tan cortoplacistas como ineficaces. Es cuando las espigas se vuelven lanzas entre otras razones por la desigualdad de trato, agravios con terceros y falta de atención preferente. Y es aquí en donde el campo ha perdido su ternura, su oficio y su optimismo. Estímulos estos que han mantenido al hombre sobre los surcos, con sus pies uncidos a la tierra formando un solo tallo. ¡Cuánto caudal humano nos ha sido regalado para calmar el hambre de unos y de otros! La simple fórmula de como el fruto de la tierra, desde la época del Neolítico, nos ha permitido sobrevivir gracias a algo tan antiguo como el hábito de comer; pero ahora no, los sacamantecas titulados como gobernadores planetarios están empeñados en que seamos felices sin tener nada, es decir, promoviendo la escasez y el encarecimiento de las materias primas.

Más conviene dar a la memoria motivos para oficiar en pasado, pues de aquella pandemia de sufrido arresto domiciliario, no nos faltaron alimentos gracias al buen hacer de los agricultores de este país, el mismo sector que ahora transita con sus tractores haciéndose notar para sobrevivir ante la catarsis de un 2030 cuyo objetivo es que la producción de alimentos a nivel mundial esté concentrada en muy pocas manos (las de los padrinos de dicha Agenda) y así ellos (dichos valedores) poder producir, controlar y distribuir los alimentos, según los criterios que favorezcan sus planes. No es un tema menor cuando Greenpeace denuncia que cuatro empresas ya controlan al menos el 70 % del comercio del cereal.

La falta de escrúpulos y de ayudas potenciales hace cada vez más difícil que el campo sea objeto de herencia generacional. Los agricultores y ganaderos, por cierto, trabajadores autónomos como cualquiera que desempeñe una actividad pequeña o mediana, se están limitando a cerrar cansados de tanto olvido y marginación. Por eso el campo se ha instalado en la melancolía. Ni está pagado, ni bien visto por tanta injerencia y tanto ahínco con la fatídica Agenda 2030. Es la mecánica del abandono cuando te arrebatan incluso la belleza de trabajar para la madre naturaleza. Hoy por desgracia, en muchos olivares y huertos, lo único que se recoge es memoria y silencio.

En fin, siento ser desagradable pero creo que lo peor está por llegar, pues si el campo se acaba, a real y media manta con la dieta mediterránea. Todos a comer tréboles, insectos y productos modificados genéticamente con el pretexto de que serán resistentes a las sequías, a las plagas y al cambio climático. Otra cosa bien distinta es que nuestro cuerpo pueda soportar tanta felicidad.