Opinión

Complejidad climática y sentido común

TRIBUNA

José Luis Martínez López-Muñiz | Jueves 15 de febrero de 2024

En casi todo lo que se refiere actualmente al clima se ha instalado un tono alarmista, catastrofista y casi apocalíptico verdaderamente sorprendente, del que raramente se libran hasta los noticiarios habituales sobre el tiempo. Con dogmas inapelables, aunque cientos de científicos de vez en cuando hagan saber su cuestionable fundamento. Lo que está llevando además a medidas políticas y jurídicas de notable trascendencia a nivel internacional, europeo y nacional, de más que discutible acierto, por más que resulte “herético” cuestionarlas, aunque solo sea parcialmente. Sectores productivos enteros se están viendo hondamente alterados, como lo estamos viendo estos días en toda Europa con agricultores y ganaderos exasperados.

En estos días de febrero, al que la experiencia popular acumulada ha solido calificar entre nosotros de “febrerillo loco”, en razón precisamente de las notables alteraciones de temperaturas y condiciones climáticas que suelen acontecer por aquí en estas fechas, a cada una de estas que acaecen ahora no es raro que se acompañe el comentario de que se deben al “cambio climático”. Cualquiera que haya vivido unas cuantas décadas no puede por menos de escucharlo con no poco escepticismo. ¿Estamos perdiendo el sentido común? ¿Se ha olvidado aquello de que “en febrero busca la sombra el perro”? ¿No hemos visto florecer los almendros, en Castilla (la Vieja), algunos años en enero?

Ahora resulta que unos pocos señores nos están diciendo –en el tono alarmista ya inherente a la temática- que Groenlandia se está poniendo verde, porque se han deshelado en los últimos treinta años unos 28.000 kilómetros cuadrados de su territorio. Es de entrada altamente chocante que cunda la alarma porque una tierra a la que los vikingos llamaron precisamente “Tierra Verde” –que es lo que significa Groenlandia- cuando llegaron allá hace más de mil años, pero que nos hemos acostumbrado luego a tenerla más bien por blanca, pase ahora a responder poco más a su nombre. Poco más, digo, porque la gran isla tiene más de dos millones y medio de metros cuadrados, y sigue helada en más de un 80% de su extensión. Su extensión es la mitad del conjunto de los 27 Estados de la Unión Europea actual y es como si su zona verde hubiera crecido en algo menos del total de Galicia pero a lo largo de las estrechas franjas no cubiertas por hielo todo el año en varias de sus zonas costeras. El incremento de la superficie no permanentemente helada de esas costas representaría un 6% del total de ésta, que es solo en torno a un 20% de la total del país.

Claro que cuando llegaron los vikingos al sur de la gran isla el mundo –o, al menos, Europa- estaba en lo que, al parecer, los que saben de esto llaman “período cálido medieval”, que se extendería desde el año 900 al 1300, cuando se inicia la denominada “pequeña edad de hielo” hasta 1850, en que se habría observado el inicio de una nueva etapa de “calentamiento global” que va teniendo, desde por entonces, distintas fases.

Se dice incluso que el aludido incremento de la zona “verde” de esa “Tierra Verde” podría afectar –sobre todo si sigue aumentando- nada menos que a la corriente cálida del Golfo, que, procedente del Golfo de México, templa el Atlántico norte oriental y hace que Europa occidental no sea gélida. Lo que podría llevar a descensos de temperatura notables en toda esa Europa, que, desde luego, contrarrestarían, al menos, y con creces en este continente, los anunciados horrores del calentamiento global. Aunque no sea fácil de entender por qué entonces no volverían a helarse más superficies en Groenlandia y no sólo allí. En fin, todo muy complejo y lleno de interrogantes.

Hay hechos, desde luego, incontestables, aunque variados y de medición no siempre exacta ni completa. Ciertamente el avance científico y tecnológico está permitiendo que esta pueda ser más efectiva. El clima ha ido sufriendo y va sufriendo cambios, aunque de ordinario sea necesario contemplarlos en períodos muy largos para identificar su verdadero alcance. Y en cuanto a sus causas, todo parece indicar que son hartamente complejas y aún no del todo conocidas, y menos en cuanto a la conjunción de su incidencia real.

Bien está y debe propiciarse el crecimiento del conocimiento científico de cuanto se refiere al clima, sus cambios y sus causas. Pero precisamente su complejidad, su vinculación a tantísimos factores como vienen haciendo posible la subsistencia por miles de milenios del planeta Tierra y –aunque por menos tiempo- de sus condiciones de vida, aconsejan prudencia y sentido común, menos aspavientos, más realismo y la humildad de aceptar las limitaciones que sigue teniendo el saber humano. Y, desde luego, tener en cuenta todos los avances y opiniones que se presenten con rigor y fundamento, sin prejuicios, sin arbitrarias e interesadas censuras. Sin olvidar la probada capacidad de error de los más diversos conocimientos, también los científicos, que la historia evidencia. Sobre todo cuando se trate de basar en el conjunto de los conocimientos disponibles, decisiones que pueden incidir negativamente en miles o millones de personas, aunque también favorezcan a otras tantas… o a no tantas.