Opinión

Entre utopías y distopías el difícil tramite de la sensatez en un país a la deriva

TRIBUNA

Roberto Alifano | Viernes 16 de febrero de 2024

La palabra utopía apareció por primera vez en 1516, en la obra homónima de Tomás Moro. Ese libro describía una sociedad perfecta en una isla ficticia de América que contrastaba con la convulsionada Inglaterra de la época. Por consiguiente se llamó utopía a una comunidad imaginaria que posee características ideales y, por lo tanto, no existe. Sin embargo, la palabra sigue vigente y es usada como modelo de fracaso para las organizaciones sociales y políticas.

En oposición, se creó la palabra distopía que descarnadamente ofrece panoramas desoladores, para nada atractivos, en los que al ser humano se le arruina la existencia impidiéndole llevar una vida apacible. Ambas expresiones son en general retratos terribles de sociedades fracasadas, en los que se deshumaniza a las personas y se impone una situación indeseable, ya sea mediante un imaginario gobierno perfecto, o el extremo de una dictadura correctiva sin libertad con un mundo post-apocalíptico. En las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI, el relato distópico se convirtió en todo un género en sí mismo, cultivado extensamente en las artes narrativas literarias y audiovisuales, que ha hecho que ya forme parte de la ciencia-ficción. También la realidad en su condición de descalabro admite ambos término.

Decía Franz Kafka, escritor del que se conmemora el centenario de su muerte, que “Toda revolución se evapora en su propia retórica y deja atrás una estela de remozado fracaso burocrático”. Reflexión inquietante, pero aplicable hoy al mundo que nos toca vivir y, en especial, a esta Argentina que ahora como esnobismo se proclama libertaria bajo la presidencia del extravagante Javier Milei, cuyo triunfo electoral dejó estupefacto a la ciudadanía, cuya mayoría aún sigue sin entender.

El primer impulso de este pretendido cambio de ultra derecha, decididamente intolerante en demasiados aspectos y negador de la izquierda, se proclama en una abundante serie de modificaciones a las estructuras en vigencia, que se hace carne a través de un demasiado abundante “Decreto de Necesidad y Urgencia, bajo el contexto de una utopía que promete un futuro paradisíaco; eso sí, se debe tener paciencia, ya que se mide en décadas. Aunque lo cierto y actual es que la Argentina sigue cuesta abajo, sin sepultar -felizmente- al sistema democrático, donde el Parlamento sigue marcando el paso en primera fila.

La historia reciente, para entender algo de lo que viene ocurriendo, se puede remitir al año 1983, cuando Raúl Alfonsín, el primer presidente democrático después de los cruentos años de dictadura, firmó el decreto de enjuiciamiento a las Juntas Militares, que acompañó con un discurso contundente por su audacia y valentía. Lo había prometido en la campaña electoral que lo llevó al Gobierno y cumplió; para ejecutarlo se creó la CONADEP (sigla que designa la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas), y un año después, se concretó el “Nunca Más”, que contó con la participación de Ernesto Sabato, el apoyo de Borges y otros destacados intelectuales.

El Juicio a la corporación militar fue la escena inaugural de la democracia y pareció que abría una nueva era. Y, en efecto, la abrió, porque, salvo patéticas excepciones muy minoritarias, las Fuerzas Armadas fueron castigadas y se adaptaron a una reorganización que empezó inmediatamente después del memorable Juicio que encarceló a los jefes de la dictadura. En esa ocasión, luego de la humillante caída de los militares, sumado el bochorno de las Islas Malvinas, vino una elección en la que, por primera vez, el peronismo resultó derrotado y debió aceptar un presidente de la Unión Cívica Radical. De esta forma, Alfonsín encabezó un hecho inédito, que sometió a juicio a los militares violadores de derechos humanos, único y ejemplar en toda nuestra América. La Argentina puede enorgullecerse así de una experiencia fundadora en términos éticos, morales y políticos.

Ahora bien, muchos de los que apoyaron a los uniformados habían sido partidarios de las deplorables experiencias violentas de los años anteriores. Todo eso pareció pasar al olvido, ya que las naciones no son cuidadosas historiadoras de su propio pasado. Por otra parte, la realidad social y cultural es mutable y cambia constantemente. Lo cierto es que pasaron demasiadas cosas y el país, salvo breves arremetidas, no arrancó, sino que se fue hundiendo en una decadencia inconcebible.

Como paradigma, sin embargo, se mantuvo el sistema democrático y así llegamos a Menem y De la Rúa y, con el populismo kirchnerista, ahora a Javier Milei un líder menos carismático que profético y compulsivo, que se propone rescatar no solo a la Argentina, sino también a Occidente de las garras del socialismo y del comunismo y augura una Argentina emulo de Alemania, en un idealizado plazo de 30 años donde, según él, habrá de barrer con las vetustas reglas de la política tradicional, enquistada en lo que él llama “la casta”, pero se empantana en la tarea burocrática de poner en marcha un gobierno sin mayoría en el Congreso, que ya sufrió su primer traspié. Si bien Milei conduce el barco del poder con una técnica vanguardista y prepotente, el sistema político aún no lo descifra y, por ende, una ciudadanía que lo votó mayoritariamente ahora se ve preocupada porque la inflación crece y la mayoría ya empobrecida, se empobrece más.

Señalemos que ante un kirchnerismo desmembrado, sin izquierda como contrapeso, el ímpetu de Milei sigue adelante idealizando muchas de las reformas que planteó en campaña, aunque a los tropiezos y porrazos. Si bien ha impuesto su primera batalla, dista mucho de ganar la guerra, pues la pobreza es muy grande y está extendida a lo largo y ancho del país. Y la gran pregunta es cuánto aguanta esta situación de permanente caída. Sin embargo, es tan descomunal el desbande político que hasta puede adjudicarse un triunfo abalado por el mismo Papa, y tirando a la basura su Ley Omnibus. Hasta ahora ha sido una batalla a lo Pirro, sobre todo si tenemos en cuenta los votos propios y los apoyos que logró.

Otra derecha, la macrista que lo sostiene, le propone cogobernar, posiblemente excluyendo a los socios radicales, que buscan un sendero propio. Se pisa así en la Argentina sobre un territorio cuyo subsuelo está resquebrajado en fragmentos que, por razones diferentes, infaman a la política en general y a las anteriores administraciones envueltas en deplorables actos de corrupción. A esta lentitud e ineficiencia reformistas, con ropajes de intransigencia por parte de Milei, se suman los obvios y largos trámites de otras corporaciones heridas por sus flechazos y donde la chispa ideológica de esas diferentes razones proviene de activistas de capas medias, que se empiezan a echar para atrás metiendo violín en bolsa. Ya el presidente no capta voluntades entre los millones de argentinos que lo votaron y hoy sufren de una indolencia anunciada, que propone infinita paciencia. Con venia papal el desmantelamiento agotó sus límites y muestra sus retazos inadmisibles.

Las capas medias defienden algunas de sus conquistas, que se expresan en cifras: pero la coalición de capas medias indignadas y el sufrimiento de los desposeídos es un peligro extremo, que acaso fija límites impredecibles. Los pobres no pueden viajar a Miami, y una reciente disposición les sigue impidiendo comprar dólares en el caso de quienes reciben subsidios. Son desigualdades que pesan simbólicamente, aunque ninguno que reciba un subsidio esté planificando un viaje a Miami. Desigualdades que ponen a la vista una injusta distribución de recursos sin vías de corrección.

También la ya vetusta oposición piquetera sigue movilizando gente que vive en la indigencia, no muchos, pero inquietantes. Quizá El recientemente fallecido ex presidente de Chile, Sebastián Piñera, que chocó sorpresivamente con su finitud, pueda ser el ejemplo de un político ortodoxo, con claras ideas de centroderecha, pero dispuesto a dialogar con propios y extraños. Cuando era presidente de Chile, siempre pasaba por la casa de su antecesora, la socialista Michelle Bachelet, en busca de algún consejo. Amigo personal de Macri, hasta pudo enhebrar una buena relación personal con Cristina Kirchner cuando ambos convivieron como jefes de Estado de sus países. “Sebastián”, lo llamaba la doctora Kirchner con ese tuteo confianzudo tan propio de ella. Piñera le decía “Cristina”. En su momento, Piñera se ofreció como mediador entre Cristina Kirchner y Macri, cuando ella era presidenta y Macri era jefe del gobierno capitalino. Piñera intercedió, conversó, no se resignó al fracaso, y sondeó una y otra vez fórmulas diversas de acuerdos entre esos viejos rivales. Nunca se acercaron. La política argentina pertenece a un territorio de grietas y guerras que nunca acaban ni está a la vista que acaben.

Por supuesto que no somos tan originales. Entre cortes y quebradas, en un baile ya casi agónico y resignado, se sigue en la espera de algo apenas mejor. Tal vez hasta la inflación más alta del mundo que estamos cursando sea un rasgo de nuestra originalidad. Aquí fracasaron todos; desde el Plan Austral, diseñado por diestros y supuestamente infalibles equipos de economistas, hasta las variopintas maniobras de ortodoxos populistas, liberales o neoliberales. La inflación argentina es como el tango: inimitable por su ritmo y melodía, pero grotesco en sus versos derrotistas; también, como sucede con el tango, atraviesa cortos períodos en los que parece borrarse, pero regresa.

En ocasiones, otros países imitan nuestro ritmo, pero perciben que no nacieron para eso y cambian el discurso y sus modos de operar. Milei, en sus ecuménicos devaneos promete lo que no está a su alcance -al menos hasta ahora- dolarizar la economía; es decir, arrasar con nuestra moneda, símbolo de soberana independencia para cualquier país.

¿Utopía o distopía? Salvo que el plan oculto sea convertir a la Argentina en una provincia de los Estados Unidos, no se vislumbra otra salida. Donald Trump quizá vuelva a ser presidente y esa idea puede ser el otro plan secreto del actual gobierno.