Opinión

Sobre el ser humano III

TRIBUNA

José María Méndez | Domingo 18 de febrero de 2024

El Capítulo XIV del libro “Concepciones antropológicas de los protagonistas de la revolución neurocientífica” está dedicado a Gerald Edelman, Premio Nobel de Medicina en 1972. Está firmado por Juan Arana, Catedrático de Filosofía en la Universidad de Sevilla.

Arana incluye en su trabajo múltiples y largas citas de la obra de Edelman. Más que suficiente para comprender que Edelman fue un buen ejemplo de científico intuitivo y caótico a la vez.

No es extraño encontrar en estos autores intuitivos chispazos verdaderamente profundos. Luego detallaré un par de ellos. Pero al mismo tiempo escriben de modo caótico. Nunca han estudiado lógica, que disciplina nuestro pensamiento. Con frecuencia no se sabe de qué están hablando exactamente. E inciden en numerosas inconsecuencias.

El comentarista Arana pone de relieve repetidamente la contradicción de fondo que preside toda la obra de de Edelman: parece no darse cuenta de que todas las instancias con que trata de explicar la mente....resultan incompatibles con cualquier cosa que merezca ser denominada “libre” (Pag. 276). De la lectura de este documentado capítulo del libro en cuestión se saca la impresión de que Edelman quería no ser materialista, pero lo era de hecho (cfr. Pag. 278).

Pasemos a las dos intuiciones antes aludidas.

La primera es su afirmación de que cada cerebro humano es único. En sus propias palabras, a escala más fina, no hay dos cerebros que sean iguales, ni siquiera los de gemelos idénticos (Pag. 262).

En efecto, si cada persona es única en la historia universal, y además aceptamos la causalidad retroactiva a que aludo en mi anterior artículo de 31 enero 2024, nada puede sorprender que cada individuo humano acabe moldeando su propio cerebro según su peculiar e irrepetible personalidad. Lo que dice Edelman confirmaría la tesis de la causalidad retroactiva allí mencionada. El habla incluso de procesos de reentrada en las conexiones sinápticas, lo que viene algo muy parecido, si no lo mismo (Pag. 266).

La segunda y aguda intuición de Edelman, también en sus propias palabras, dice así: una de las asombrosas características de la conciencia de orden superior es la rapidez con que ha surgido. Según los estudios paleontológicos, esto sucedió en intervalos evolutivos muy breves (Pag. 272). Conciencia superior quiere decir en este texto posesión del lenguaje, lo que distingue al ser humano de los primates, de los cuales viene nuestro cuerpo por larga evolución.

Frege y Peano identificaron los operadores que rigen el cálculo lógico. Son las palabras formales del lenguaje. Con ellas se manejan las palabras materiales o nombres que damos a las cosas. Construimos primero enunciados sujeto-predicado y luego enteros razonamientos. Sólo cuando se han identificado con toda precisión esos operadores lógicos hemos entendido hasta el fondo lo que es el lenguaje.

Edelman habla de conciencia superior, como si los animales tuvieran una conciencia inferior. Los animales no tienen conciencia en absoluto. No saben nada. Carecen de los operadores lógicos y por tanto del lenguaje, que marca una tajante línea divisoria entre el mundo de la naturaleza causal y el mundo de la libertad y los valores. No es sorprendente que el salto entre estos dos mundos parezca muy breve a los paleontólogos.

Obviamente los operadores lógicos no son un producto de la lenta evolución. Sólo Dios, y de modo que suponemos instantáneo, insufló esos operadores en los dos primates, que pasaron a ser Eva y Adán. Todo lo contrario de los largos periodos que caracterizan a la evolución.

Pasemos ahora al aspecto caótico de Edelman, o a su ignorancia de la lógica. Arana cita esta opinión: La descripción del mundo dada por la física moderna constituye el fundamento adecuado, pero no del todo suficiente, de cualquier teoría de la conciencia (Pag. 277).

¿Cómo conciliar los adjetivos antitéticos adecuado y no suficiente, usados por Edelman? Pero este pequeño detalle no afecta al fondo de lo que vamos a exponer. Hay un aspecto de más calado a tener en cuenta.

Después de la formalización de la lógica ha quedado claro, y de una vez para siempre, que no hay más que tres modi del ser: necesario, posible e imposible. Y no hay más que tres tipos de fórmulas lógicas: valideces, consistencias y contradicciones. Y se relacionan así. Lo válido no puede no existir. Lo consistente puede existir y puede no existir. Y lo contradictorio no puede existir.

Si algo existe, o ha pasado de ente posible a ente contingente en la terminología medieval, es también consistente en lógica. A todo lo que tenga realidad actual en nuestro mundo, le corresponde una consistencia lógica, una racionalidad, una fórmula no contradictoria del cálculo lógico. No hay nada en el reino del Esse sin su exacto correlato en el reino del Logos. No hay resquicio alguno para algo que exista de hecho y a la vez carezca de su correspondiente racionalidad.

Otra cosa es que la mente humana sea capaz de conocer la racionalidad de todo lo existente en nuestro mundo. Hay muchos agujeros en el conocimiento humano. Y muchos intentos de taparlos. El más fácil de ellos conste en calificar de aleatorio o fortuito lo que se desconoce.

En efecto, palabras tales como azar, indeterminación, incertidumbre, suerte, fortuna, sino y otras parecidas, no designan algo objetivamente existente o tenga realidad actual. Sólo denotan nuestra ignorancia subjetiva. La frase A ocurre por azar es exactamente igual a la frase no se sabe por qué ocurre A.

Una autoridad indiscutible en física cuántica como Feynman afirmó: no es que nuestra ignorancia nos haga atribuir probabilidades a la naturaleza, sino que las probabilidades son intrínsecas a la naturaleza. Pero esa afirmación está hecha precisamente desde el desconocimiento de la triple correspondencia entre los modi del Esse y los tipos de fórmulas del Logos, antes aludida La lógica es anterior a la física y también a la biología. En el breve título del célebre libro de Monod El azar y la necesidad encontramos tantos errores como palabras. El azar no existe y la selección natural no es necesaria en el sentido de no poder ser de otra manera. En resumen, el principio de indeterminación de Heisenberg, al que apela Edelman, hay que interpretarlo como una limitación irremediable de la inteligencia humana. Hemos de contentarnos con que el aproximativo cálculo de probabilidades funcione lo suficientemente bien para que exploten las bombas atómicas y nucleares.

Hay dos tipos de ignorancia, la que tiene arreglo y la que no lo tiene. Antes de Newton y Leibniz todos ignoraban el cálculo integral. Eso tuvo arreglo. Pero también hay cosas que ignoraremos para siempre.

Por ejemplo, en un número par de dimensiones no hay paridad o reflexión en el espejo. Dos reflexiones especulares seguidas se cancelan. En consecuencia, una espiral cuenta todos los puntos de un plano sin saltarse ninguno. Sabemos por tanto que en cuatro dimensiones también hay una suerte de curva espiral, que cuenta todos los puntos de ese espacio. Lo que no sabremos nunca es qué aspecto o apariencia tiene esa curva. Sencillamente, no tenemos acceso empírico a cuatro dimensiones. Conocemos la existencia de esa curva espiral, pero no su esencia.

Entre los actuales neurocientíficos está muy difundida la insensata idea de que todo enigma científico será descubierto en el futuro. No hay nada que se resista a la inteligencia humana. No hay límites infranqueables a nuestra potencia intelectual. Edelman participa de ese optimismo disparatado. Se lamenta de que pasará mucho tiempo hasta que construyamos objetos conscientes que puedan hablar (Pag. 278).

Algunos atrevidos neurocientíficos han llegado incluso a prometer la curación de todas las enfermedades y hasta la inmortalidad. Nunca han estudiado lógica y sin lógica la ciencia degenera en fantasía. Quizá alguno se anime a prometer que alguna vez veremos cuatro dimensiones.

Con todo, hay que agradecer que de vez en cuando surja algún neurocientífico que además de caótico sea intuitivo, como fue el caso de Edelman. Paradójicamente, su carencia de lógica da más realce a las dos inesperadas y certeras intuiciones antes mencionadas.

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