José Suárez-Inclán | Jueves 06 de noviembre de 2008
De Antonio Ordóñez se ha escrito mucho. Y bien. Buena literatura para uno de los buenos. No en vano ha sido quien ha sido en el toreo. Y las letras, que corrían tras su capote, su empaque casi mítico, su toreo y su torería –arte fácil y secreto, al borde siempre de desbordarse– corren aún por el ruedo de libros, cuadernos y homenajes. Si no es posible rememorar con precisión su hacer –lo perpetuo inasible del toreo, fugaz como la vida, y como en ella siempre oculta y presente la muerte– con la geometría berrenda del teclado, al menos queda lo evocador del recuerdo. Curro Romero lo dice con la gracia imperfecta y natural de su capotillo hecho pluma: “Por escrito no se puede describir los que hemos tenido la suerte de verlo torear, de cerca y a la vez compartir cartel con él.(…) Siempre tendré grabado en mi retina esas tardes maravillosas.” Ese afán evocador reunía al comienzo de este otoño, en torno a la exposición sobre el maestro rondeño en Las Ventas, a ganaderos e historiadores, escritores y abogados, profesores, filósofos, políticos… a conferenciar sobre el recuerdo, en el décimo aniversario de su muerte.
El recuerdo del torero lleva a la inevitable rememoración del hombre y me han venido a la memoria las certeras palabras que le dedicó el maestrante rondeño Rafael Atienza en el artículo Profetas en su tierra, que publicó la revista Puente Nuevo en homenaje póstumo al maestro: “Ha muerto uno de los grandes toreros de este siglo, quizá el mejor. Los que le recordaban han vuelto a describir sus inimitables maneras frente al toro (…) la condición alada, ingrávida, entregada (…) esa condición de estar cumpliendo un destino que tienen los elegidos de los dioses. Hemingway y Orson Welles y Víctor Gómez Pin y muchos otros lo percibieron con asombro y devoción. Y a ese hombre le pedíamos los rondeños que fuera corriente (…) siempre había algún mezquino que todo lo confundía: fue adorado por quienes le vieron torear, pero no contaba bien los chistes. Llevó la tauromaquia a su máximo refinamiento y belleza, pero era a veces huraño. Fue generoso con su sangre –veintitrés cogidas lo atestiguan– pero no siempre invitaba a café en el casino.”
Es común refugio de miserias arrimar el brillo del ascua de quien ha enaltecido nuestro espíritu regalándonos fanales de belleza, a la sardina de nuestro comportamiento doméstico, a la cocinilla de casa. Hacernos iguales a él, no por admiración, que es una forma de contagio, sino trayéndolo a nuestro terreno, exigiendo que se comporte “como yo quiero”, domesticándolo, sometiendo su luminosidad sin horizontes al descansillo de nuestros quehaceres. Pues bien, también voy a entrar yo a ese capote contando algo doméstico del gran Ordóñez.
En los años 60 estábamos comiendo en Casa Antonio, un restaurante en Almazán, carretera de Soria, enlace del sur con Pamplona, a donde iba o venía (tal vez de torear) el maestro. Lo divisó mi padre en una mesa cercana y nos dijo a los hermanos: “Id uno allí y decidle a ese señor que es el mejor torero del mundo”. Tras las renuencias y disputas de los niños, mi hermano Tacho, el pequeño, el más callado, se levantó resuelto y se plantó en su mesa. Todos mirábamos los gestos de la conversación. Al final, Antonio, sonriente, le dio un beso y otro su mujer. Alguien –el mozo de espadas, quizá un amigo– anotó algo en un papel. “¿Qué te ha dicho, qué te ha dicho?” “Nada, que dónde vivo y cómo me llamo.” “¿Le has dicho que en la Avenida de los Toreros, frente a Las Ventas?” “Sí”. Cuando dos meses después de aquellos veranos interminables volvimos a Madrid, había un gran sobre en el buzón. Era una foto del maestro, la cara levantada, el cuerpo erguido, la muleta recogida tras la estocada. “Para Ignacio, con cariño de Antonio Ordóñez”.
Esa foto, que siempre estuvo en nuestro cuarto de casa de mis padres –cuando vivíamos allí y después– mirando hacia la ventana que daba a la plaza de toros, era la aspiración compartida al mundo noble y alado, a la región heroica de los sueños.
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