Opinión

Gobernar en democracia

TRIBUNA

Roberto Alifano | Sábado 24 de febrero de 2024

La democracia se inició en la Grecia Antigua entre los siglos VI y V antes de Cristo cuando se organizó para tener un gobierno en el que los ciudadanos participaran directamente en la toma de decisiones sobre asuntos públicos a través de discusiones en asambleas que se resolvían en votaciones. El sistema daba espacio a todos los ciudadanos para hablar con libertad en el ágora, la plaza pública donde se llevaban a cabo las reuniones. Es, por consiguiente, una forma de gobierno donde el poder es ejercido por el pueblo mediante mecanismos legítimos de participación en la toma de decisiones políticas que contempla la separación de poderes en órganos legislativos, ejecutivos y judiciales para evitar la concentración de la autoridad en un individuo o en pequeños grupos de personas. La democracia es un sistema de vasos comunicantes donde se intercambian ideas y proyectos. La democracia no es una categoría literaria escrita por un político o un demagogo; tampoco por sociólogos, menos aún por un profeta o un Estado poderoso que quiera imponerla según propia conveniencia. No hay una Nación o clase social que sea dueña de la democracia. Tiene fallas, por supuesto, pero es la forma de gobierno que mejor se adecúa a la libertad y esto no está en discusión; esa posibilidad de opinar libremente le ofrece impulso y la desarrolla. Es bien sabido que el monopolio del futuro no existe para nadie; tampoco un destino manifiesto. La democracia es un patrimonio de la humanidad y el único medio de gobierno que permite disentir dentro de su ámbito.

El hiperbólico actual presidente argentino Javier Milei es un caso particular en el contexto político. Sin un partido sólido que lo acompañe, no escatima oportunidad para poner en jaque al sistema según propia conveniencia. Economista de profesión. Autoritario e irreverente, es un Jefe de Estado que abomina del Estado. Se maneja a través de redes sociales, que lo llevaron a la primera magistratura, con códigos que lo hacen sentir desprecio hacia cualquiera que lo contradiga. Con propensión al show, parece un inventor de conflictos y su intención revanchista no conoce límite. Considera a sus opositores rotundos enemigos y los ofende constantemente denominándolos “la casta”, o “ratas inmundas”. Dueño de un comportamiento extravagante y de alto riesgo en el plano internacional (como lo demostró en la reunión de Davos donde habló con impulsos de mesías ungido por un Espíritu Divino), se muestra autorreferencial y utiliza obsesivamente los medios periodísticos para agraviar a sus opositores. Esta actitud habla de alguien que está renunciando a la gobernabilidad democrática, como manda al Presidente la Constitución Nacional, optado por un modelo de conducción enardecido, fanático y excluyente. Desecha así el verdadero liderazgo que le otorgaran las urnas y esto lleva a que la Argentina viva hoy el síndrome del voto de los arrepentidos: “Yo lo voté a Milei, pero me equivoqué”. Agreguemos que una buena parte, ofendida por la práctica política tradicional, puso su voto por un hartazgo del sistema corrupto, que en alguna medida justifica la temeraria decisión del Presidente.

De este modo Milei, en medio de un ajuste sin precedentes, que los economistas defensores del superávit fiscal celebran apartando la vista del evidente deterioro (sin considerar que este modo de gobernar afecta los intereses de las mayorías, haciendo crecer más la pobreza, que ya supera al 57 por ciento, según datos del Observatorio Social de la Universidad Católica de Buenos Aires), habiendo sectores como el de los jubilados con asignaciones mínimas, que concretamente se les hace imposible sobrevivir. De manera frenética insiste sobre la demonización del Estado y de todo el arco político que parecen ser para el Presidente una posición dogmática donde la libertad es la verdad moral absoluta, degradada en este caso por sus opositores. El que no lo entienda así es considerado del lado maligno: un infiel, que debe ser convertido, combatido o exterminado.

La verdad, es obvio, no puede convivir con aquellos que la niega; por consiguiente, su posición extremista excede el neoliberalismo económico, expresado desde su posición libertaria anarcocapitalista, cuya escatología pretende augurar una nueva era para la devastada Argentina.

La confusión entre el plano moral y el instrumental es, sin duda, singular. El significante clave de Milei, como ya señalamos, es “la casta”, que enquistada en el Congreso ahora la llama ofensivamente “nido de ratas”, sustantivo que aplica mediante una tupida adjetivación, que implica a su vez una profunda condena moral donde privilegiados y aprovechadores son responsables de la pobreza y el atraso; además de catalogarlos, sin eufemismos, delincuentes y traidores. Pero la condena de este frenético gobernante no se agota allí, emulando a países como Cuba, Nicaragua o Venezuela, pretende -desde la vereda de enfrente, por supuesto- avanzar sobre la cultura, el saber profesional, las técnicas de negociación, los procedimientos legislativos y los requisitos de la administración. El objetivo es un superávit fiscal que cierre la macroeconomía; lo demás queda veremos. Esto lo ha llevado al colmo de no administrar el país, sino de exhibirse al frente de una parcialidad iluminada que lucha contra un demonio con Fuerzas Celestiales de su lado.

Con este criterio desautoriza las negociaciones, aborrece los consensos y no tolera los tiempos del Congreso. Sus legisladores y funcionarios, puestos en ese ámbito, además de la inexperiencia, arriesgan ser cómplices de “la casta”, solo por frecuentar el mismo edificio y actuar según un reglamento que niega y desconoce la legitimidad del otro. Su ideología presidencial conduce a otro equívoco riesgoso, que quedó expuesto en el tratamiento de su famosa “Ley Ómnibus, cuya negación contó con el rechazo de la legitimidad de los diputados opositores y de gobernadores.

No debería descartarse que la confusión entre moral y procedimientos encubra una inconfesable postura antidemocrática, según la cual solo la oposición convierte en inmorales a esos votos y a sus votantes. De ahí se infiere que un tratamiento de iguales, más allá de las diferencias de opinión, es inaceptable y supone una traición a la verdad, cuyo monopolio pertenece solo a Milei y su séquito.

Este proceder dictatorial abre muchas dudas sobre el futuro de Milei y su Gobierno. La primera contradicción es que la Argentina, en medio de una crisis sin precedente, tiene a un jefe de Estado que desprecia no solo a la democracia sino que, además odia a la injusticia, cosa que no está mal; pero abre un interrogante: ¿se puede gobernar obviando el Congreso?, definitivamente no. ¿Se puede mantener un sistema que ve detrás de cada diputado, senador o gobernador que no profesa su propia fe a un conspirador, perteneciente al estrato culpable de todas las desgracias del país?, tampoco.

Esta forma de conducción es de un riesgo muy grande cuya experiencia nefasta pusieron de manifiesto las dictaduras militares. Cuando la antipolítica llega al Gobierno -aunque esté asistida por razones indiscutibles, tales como la corrupción generalizada- es muy probable, como sucede en este caso, que se enrede en su propia telaraña. La primera arremetida es el rechazo al sistema, la inexperiencia y la desconsideración de las reglas que no considera que gobernar democráticamente es un arte, no la osadía de imponer dogmas ni polemizar con intelectuales o estrellas de la canción.

Empezamos hablando del concepto de democracia, cuyo primer movimiento lo impone el diálogo y sus esenciales acuerdos; no porque tengamos almas celestiales sino porque forma parte del modo de gobernar en libertad. Hasta ahora, el frenético Presidente parece no darse cuenta que si bien es cierto que debió resignarse a administrar una maraña kafkiana, no podrá concretar sus planes revolucionarios si desprecia el consenso. Enojoso asunto que no se resuelve poseyendo el 56 por ciento de votos. En el Congreso habita la democracia, cuyo instrumento principal es (quiérase o no) la política y sus códigos, aunque eso choque contra las ideas libertarias y mesiánicas que él profesa.

Que hay que sanear la macro economía para bajar la inflación y disminuir el peso del Estado no es una novedad exclusiva del Presidente, es un consenso por el que la gente que lo eligió y estaba también en el programa de los opositores derrotados. De lo que se trata ahora es de demostrar si estas propuestas y el Gobierno que encabeza está capacitado para lograrlo. Democracia y autoritarismo nos hacen ver desde épocas remotas que no pueden convivir. Los extremos la desgarran y, simultáneamente, la alimentan. Las ideas excluyentes solo sirven para proclamar el autoritarismo. La necesidad es concretar normas de convivencia equitativas. Gobernar es un arte se hace posible en manos de estadistas; también una ciencia y una técnica. Y sobre todo un arte que aún en sus rupturas debe tener en cuenta el sistema democrático.

Las revoluciones para cambiar los usos no son fáciles en épocas como las que vivimos; las revueltas sí. Llevar adelante un plan que solo beneficie a un sector es imposible cuando las mayorías esperan reformas que hagan posible algo tan simple como llegar a fin de mes para cubrir los gastos esenciales. La inflación no se baja con gestos de prepotencia ni con equilibrio fiscal, se baja con medidas equitativas y justas que favorezcan a todos. Democracia, entre muchas otras cosas, es una tarea de inclusión, no de exclusión.