Random House. Barcelona, 2023. 254 páginas. 17,95 €. Libro electrónico: 8,54 €.
Por Aránzazu Miró
No aparece mención alguna a la Monja Alférez más que en el texto de contraportada de este libro, que es precisamente una novela ficcionada de la historia de este conocido personaje, Catalina de Erauso y Pérez de Galarraga, mujer nacida a finales del siglo XVI en Donostia y que, travestida de hombre, acabó su vida en México en la época del Virreinato de Nueva España, en 1650.
Grosso modo, ficcionaliza esta novela la vida de este personaje legendario, y para ello se vale del texto posiblemente autobiográfico de Catalina de Erauso; esa es la única referencia que el libro hace al personaje. Apunta también otra de las fuentes con las que Gabriela Cabezón Cámara crea un texto narrativo y poético fascinante (sí, de fascinación, que es lo que a mí me ha producido): en los agradecimientos menciona, en primer lugar, el relato del génesis según la cultura guaraní, el Ayvu Rapyta, para la autora, el más hermoso relato de origen que haya leído.
Lo utiliza –lo reescribí, dice– con «respeto, amor, admiración y el deseo de que su cosmovisión vitalista nos contagie». También el génesis bíblico aparece, como el catolicismo que impregnó a Catalina de Erauso, junto a elementos de la cultura vasca de su procedencia y ese trasfondo indígena que permite mostrar la historia desde puntos de vista tan variados como auténticos. El otro, ese otro que los estudios culturales han llevado hasta el término del poscolonialismo, se plasma aquí con una naturalidad pasmosa, la de quien asume como propias todas esas realidades, la de Gabriela Cabezón Cámara, escritora argentina a la que le encanta experimentar con el lenguaje de forma siempre sorpresiva, en una obra que ya podemos decir nutrida, y que está recibiendo nominaciones y reconocimientos significativos, y que además es muy variada en sus propuestas.
No voy a decir que esta novela sea de fácil lectura, aunque creo que se lee mejor que algunas anteriores, pero sí que es una delicia seguir su discurso; asusta ese enfrentamiento inicial a la variedad étnica, del guaraní al euskera, pero solo es una propuesta de inmersión que nos exige la autora. Lo más interesante es cómo narra la historia, que en realidad es una sola, la de la monja huida del convento y travestida en soldado, quien a lo largo de su vida asume diversos nombres.
En Las niñas del naranjel la tendremos como Antonio de Esauro, momento de su segunda estancia en América, en que es detenida y consigue liberarse de la condena a muerte, pero también como el arriero en que finalmente se convierte al concluir su vida militar, cuando se sienta a escribir su vida en forma de una larga carta a su tía priora del convento de donde huyó.
Tres narrativas que acaban confluyendo, y que a lo largo de la novela van saltando de una a otra, como esas tres voces que corresponden todas a la figura legendaria que, bien relata su vida, bien vive el episodio de su detención, bien se sumerge en la selva indígena para explicarnos ese génesis guaraní que, a su vez, contrasta con el bíblico.
En definitiva, es una maravilla de narración que sigue un hilo histórico pero entremezcla las visiones de las cosmogonías de aquí y de allá, de manera que se integran en el contexto. Todo ello, además, con la naturalidad del proceso de identidad de género de la protagonista. Por cierto, que el título también enlaza con esa visión del etnicismo: de la naranja como fruta exótica en la mirada de allá hacia acá y del naranjel que también aparece como localismo poético en vez de naranjal que todos identificamos. Al final, el protagonismo es para los mitos; una manera interesante (fascinante decía antes) de recontar tantas cosas.