José Luis Ábalos se atrinchera, se resiste a ser el chivo expiatorio de la trama de corrupción que asola al Gobierno. Planta cara a Pedro Sánchez, quien, una vez más, parece estar desaparecido en combate. El que fuera ministro de Transportes, desafía a su propio partido y decide enrocarse y mantener su acta de diputado pasando al Grupo Mixto. La conmoción en Moncloa y en Ferraz es absoluta. En el Gobierno, porque la legislatura se debilita aún más al perder un escaño en el Congreso. Y en el partido, porque el diputado ha respondido con un mandoble a la cínica exigencia de los socialistas, que pedían su cabeza sin condiciones.
Desde que habita La Moncloa, el presidente nunca ha estado tan débil políticamente, tan desesperado. Acaba de sufrir un batacazo en las elecciones gallegas; otro, al perder la votación en el Congreso de la ley de amnistía. Y ahora, se enfrenta a un caso de corrupción sin precedentes al descubrirse que miembros del Gobierno se lucraron con la venta de mascarillas, mientras miles de españoles morían por la pandemia.
La desesperación de Pedro Sánchez es máxima. José Luis Ábalos parece estar dispuesto a llegar hasta el final si se siente acorralado. Dicen que morirá matando. Que guarda un arsenal de secretos que tumbaría al líder del PSOE con un soplido. El “socio” de Koldo ha protagonizado infinidad de situaciones tan turbias como la recepción en Barajas de Delcy, la mujer de Maduro, a la que acompañó y agasajó saltándose la prohibición de la UE de que pisara suelo europeo. Y, cómo no, Koldo participó en la operación con su presencia y con su disposición a transportar el equipaje de la dictadora venezolana.
Los dos implicados en la trama de corrupción de las mascarillas no parecen estar dispuestos a cargar con toda la responsabilidad. Porque los turbios negocios de la pareja salpican a muchos otros altos cargos del partido y del Gobierno. Y, Ábalos tirará de la manta si el PSOE mantiene el acoso sobre él. De nada ha servido la reunión exprés con Santos Cerdán que organizó Sánchez para convencerle de que devolviera el acta.
Mantiene su desafío y puede contraatacar y destruir el Gobierno. Porque sabe demasiado. Para empezar, Salvador Illa, como ministro de Sanidad, participó activamente en la trama. Adjudicó un contrato de mascarillas valorado en 2.579 millones, a un precio 6 veces superior que las ofrecidas por otras empresas. También Fernando Marlaska, como ministro del Interior, invirtió en una partida de 3,5 millones de euros destinada a comprar material a Soluciones de Gestión y Apoyo a las Empresas, la pyme que le recomendó José Luis Ábalos. Por su parte, Francina Armengol, entonces presidenta de Baleares, ocultó a sus socios de Gobierno la compra de 1,5 millones de mascarillas por vía de urgencia y sin contrato previo a la empresa vinculada al ayudante de Ábalos por 3,7 millones de euros. Asimismo, en plena pandemia, el Gobierno de Canarias, presidido por Angel Torres, actual ministro de Política Territorial, firmó al menos tres contratos con la empresa implicada en la trama, a la que llegó a pagar 11,9 millones de euros por 5,3 millones de mascarillas. Y suma y sigue.
Se trata sólo de un puñado de los contratos de compra de mascarillas que se realizaron por las gestiones (presiones) de Koldo García y José Luis Ábalos. Y todos ellos y muchos más constan en los archivos secretos que guarda la pareja, todavía, presuntamente corrupta. De ahí, el pulso de Ábalos a Sánchez. Porque la trama de corrupción es tan descomunal que afecta a medio Gobierno y hasta a la presidenta del Congreso. De momento. Lo que, sí se puede asegurar es que algo huele a podrido en Moncloa. Y José Luis Ábalos lo sabe mejor que nadie.