En la casa valenciana de José Luis Ábalos se hospedó Pedro Sánchez cuando se presentó a las primarias del PSOE. Su rival era Madina. Su apoyo principal, un joven diputado valenciano que impulsó la campaña, apoyado por su hombre para todo, un navarro de nombre Koldo García.
Pedro Sánchez, en concordancia con Felipe González, aseguró que apoyaría la investidura de Rajoy para facilitar la gobernabilidad de España. No lo hizo. González montó en cólera. “Me ha engañado y no tenía por qué hacerlo”, declaró el expresidente en la radio. Y laminó al mentiroso, expulsándole de Génova. José Luis Ábalos permaneció al lado de Pedro Sánchez y compartió con él el automóvil, conducido por Koldo, con el que recorrió España y que concluyó con su victoria sobre Susana Díaz, la candidata de Felipe González. Vencedor en las primarias, Pedro Sánchez regresó a Ferraz en triunfo para nombrar a Ábalos secretario de organización del PSOE, es decir, número 2 del partido.
Cuando el inteligente Pablo Iglesias afirmó “Sí podemos”, Pedro Sánchez se dio cuenta de que la alianza del maltrecho PSOE con los partidos de extrema izquierda y con los separatistas vascos y catalanes hacía posible triunfar en una moción de censura contra Mariano Rajoy. Y así fue, mientras el presidente popular aseguraba a los suyos que los seis diputados del PNV, a los que había cubierto de dinero, no le fallarían.
Encaramado en la silla curul de Moncloa, Pedro Sánchez nombró ministro a José Luis Ábalos. Su pasión por el poder le convirtió en el César. En el César de alpargata, pero en el César, al que todo es debido. Surgió el PSOE sanchista, que se burló de la vieja guardia de los González, Guerra, Corcuera, Almunia, Leguina... Y el nuevo César exigió sacrificio total a los paniaguados de Pedro Sánchez.
El cesarismo ha tumbado ahora a Ábalos. Aunque solo a medias. El César sanchista exigió su sacrificio total y lo convirtió en chivo expiatorio para dejar impoluto al presidente. Pero Ábalos no ha querido terminar su vida como un político apestado y corrupto, cuando se considera inocente. Ha reaccionado contra las ministras y algún ministro que lo defenestraron públicamente. Y se ha negado a sacrificar su vida política y su honra en favor del César sanchista. Así es que se dispone a hacer frente a Pedro Sánchez, al que le tiemblan las carnes en su poltrona monclovita porque Ábalos sabe demasiadas cosas.