Opinión

Sobre el Diario de Oriente, de Ignacio Gómez de Liaño

TRIBUNA

César García | Miércoles 28 de febrero de 2024

Cualquier nueva obra de Ignacio Gómez de Liaño debe ser recibida como un acontecimiento cultural, puesto que se trata de la figura más importante de la cultura española de las últimas décadas, autor de una obra tan extensa como extraordinaria, que ha abarcado tanto la filosofía como la investigación histórica, artística y cultural, la novela, la poesía o el teatro, entre otros campos que ha cultivado de modo infatigable, y que configuran además un todo armónico en el que se despliegan una serie de ideas tan profundas como reveladoras, muchas de las cuales están presentes en este Diario, primera publicación de los que escribió en Oriente, y que constituye un testimonio de un momento de profunda transformación personal, tanto vital como intelectual.

En efecto, este viaje a Oriente supone el inicio de un proceso, que cabría calificar de alquímico, de disolución de los grandes proyectos poéticos de los años 60 y 70, que habían culminado, por un lado, con las igualmente alquímicas bodas entre la palabra, la imagen y la acción, materializadas tanto en acciones poéticas públicas por las calles de Madrid, en los jardines de Aranjuez, o en los Encuentros de Pamplona, como en herméticas composiciones objetuales, entre ellas los Teatros del ojo y del olvido, o la Orografía poética. Por otro, esta vocación poética quedó asimismo plasmadas por escrito en esa inclasificable fusión filosófica de pensamiento, Historia, escritura poética, mitología y simbología que es Los juegos del Sacromonte.

Los agitados avatares vitales del autor en estos años, que comprenden la expulsión de la Universidad, o el descubrimiento de la obra de Giordano Bruno, entre otros muchos, quedaron reflejados en el monumental diario que, bajo el título En la red del tiempo 1972 1977, registra, más que relata, cómo prepararon el camino para unos años de crisis que condujeron a Gómez de Liaño a emprender un viaje en el cual se sembrarían las semillas de los grandes proyectos posteriores, tanto los cognoscitivo-filosóficos, que cristalizarán en Iluminaciones Filosóficas, Sobre el fundamento, o el Breviario de filosofía práctica, como los literarios, especialmente Extravíos, una obra de extraordinaria calidad, originalidad y profundidad, por todo lo cual ha sido ignorada desde su publicación, y asimismo la que a mi juicio es la obra magna del autor, El círculo de la sabiduría, un ciclópeo estudio que constituye la obra de historia cultural más importante escrita en español, en la cual se parte de un hecho aparentemente intrascendente, precisamente citado en el diario, como es una exposición de arte de Gandhara, y la similitud de sus imágenes con la estructura de los diagramas de Giordano Bruno, para revelar cómo los propios diagramas del ars memoriae, ideados por Simónides de Ceos, y astronomizados por Metrodoro de Scepsis, se convirtieron en el soporte formal y conceptual del mitraísmo, el gnosticismo, el maniqueísmo y, finalmente, el budismo, lo que supone un giro copernicano en las relaciones culturales entre Oriente y Occidente, en otra obra que, igualmente, ha sido orillada desde que fue publicada por Siruela en 1998.

Todo ello encuentra su semilla en este tiempo oriental, en el que todo conocedor de Liaño se encontrará con un hombre joven, aún en la treintena, que siente haber completado una parte de su camino vital, pero que necesita extrañarse, extraviarse, para reencontrarse, lo que quedará reflejado, con notarial exactitud e imparcialidad, en las páginas de un diario que, como toda la obra de Liaño, rezuma literatura, pero no porque su autor haya deseado convertir cada página en un esforzado ejercicio de estilo, algo que sí está presente en buena parte de los diarios actuales, sino porque, desde niño, lo literario brota de forma natural en todos y cada uno de sus textos, no sólo en las obras que son literarias por su propia naturaleza, como sus novelas, su teatro o su poesía, teatro, sino también en las filosóficas y ensayísticas.

De este modo, aunque las páginas del diario son un fiel sismógrafo de los movimientos del alma del autor en estos años de transformación, también son un lúcido, profundo y poco complaciente ensayo sobre Japón, en el que queda patente tanto su respeto por la naturaleza, el orden y la pulcritud, como la hipocresía paralizante de su orden social, la rigidez normativa, la total ausencia del valor del individuo, contravalores que afectan al propio Liaño de un modo tal, que provocan en él una suerte de catábasis interior, que conduce a un creciente deseo de huida que le permita vencer heroicamente todas las contrariedades que surgen a su paso. Y es que Liaño se escribe y presenta como una combinación de diferentes composiciones personales que él mismo había estudiado y analizado en obras anteriores. Entre ellas, late en el diario un intenso sentido quijotesco, por el cual no sólo se enfrenta a toda suerte de adversarios que le consideran una rareza, e incluso una amenaza, por defender su singularidad individual, sino que los vence y humilla, en una suerte de continuadas, fieras y desiguales batallas que mantiene contra el adocenado, falsario y sumiso espíritu que impregna las vidas y comportamientos de los súbditos que son en realidad, a ojos del autor, los japoneses. Por otra parte, también existe un claro modelo odiseico, en el que el autor se siente como un Ulises desplazado, tanto interior como exteriormente, lejos de sus Ítacas, y en el que cada peligro que sortea y cada enemigo que derrota se convierte en un progreso en su proceso de autoconocimiento y reconstrucción. También puede percibirse una identificación con el propio Giordano Bruno, el descubrimiento de cuya obra catalizó en años anteriores la transformación intelectual y vital del autor, en la medida en que la defensa a ultranza que llevó al dominico a ser plenamente fiel a sus concepciones filosóficas, mnemónicas, mágicas, científicas y religiosas, que le condujeron finalmente a la hoguera, alienta inconscientemente a Liaño a permanecer siempre fiel a su sentimiento y concepción del mundo, aun a costa de ser considerado, literalmente, un hereje, es decir, aquel que se aparta de los caminos trillados por la mayoría.

En suma, este diario es un palimpsesto conceptual, puesto que en él se superponen y fusionan lo aparentemente banal, cotidiano e intrascendente, transustanciado, eso sí, por una constante alquimia literaria; la observación atenta del viajero extraviado, que encuentra en los paisajes el eco de los estados y procesos interiores; la sagaz observación antropológica y filosófica sobre un país que encarna valores tan diferentes a los que han conformado al autor, y, en suma, el viaje del héroe que se sumerge en su sombra, para emerger recompuesto y reiniciar el decurso vital que habrá de escribir tantos días como páginas, y conducirle a la culminación de todos los proyectos que latían, aun inconscientes, en el centro de su diagrama vital.