Opinión

Humo y fuego

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 28 de febrero de 2024

El destino es ese híbrido que habita entre nosotros incapaz de avisar cuando se nos presenta. Es un caradura que disfruta haciéndonos sufrir con el sesgo de quien nunca sabes si viene de buenas o de malas. Puede ser un cabrón aliado con la muerte o un bendito portando un maletín tipo valija diplomática.

Lo cierto es que cohabita entre nosotros sin que nadie le haya visto la cara, cosa que por otro lado me resulta grotesco, sobre todo cuando su ego trae dolor y desgracia. Con los años tratas de armonizar la parte más beligerante de la vida, ya saben, ésa novela negra que vamos escribiendo a base de incisiones sobre páginas de nuestra estancia terrenal. Es el duelo, que no el precio, que en modo de punción nos debilita antes o después y que va restando de la propia esperanza. Esa tabla a la que nos agarramos con firmeza para mantenernos a flote.

Lo acaecido en el incendio de Valencia no es una rareza, pero el dolor nos aproxima a sentirlo más de cerca y con ello a darnos cuenta de lo vulnerables que somos cuando el mal nacido destino decide vestirse de negro riguroso. Y es aquí que el ser humano entra en quiebra existencial dando paso al vértigo de la nada, de perderlo todo por la caprichosa providencia. Y esa misma desventura es la que dispone los diferentes niveles de dolor entre semejantes, pues hay quienes han salvado la vida como único recurso, mientras otros han acabado envueltos entre humo y fuego.

Como antes refería, el dolor contiene diferentes categorías. En algunos casos se allana con la idea de que la sociedad no es tan frígida como creemos. Instituciones, psicólogos, expertos y demás anónimos voluntarios hacen posible el renacer. Es cuando lo material se repone, aunque la hondura emocional se haya convertido en un libro de hojas en blanco; más no por ello dejamos de creer en el dolor tan asequible como ilógico. Alguien dijo que el dolor, duele y estuvo en lo cierto pues existen dos tipos: el personal, y el universal.

Llegado a este punto no tengo por más que acudir al dolor de todos, al absoluto, a ese que se incrusta en el sistema límbico de nuestro núcleo cerebral más profundo. Entre los diez fallecidos del edificio del barrio de Campanar fueron encontrados Marta y Ramón, tenían cuarenta años, un hijo de dos y un bebé de ocho días sobre los brazos de su madre. Alguien les dijo que el cuarto de baño era el lugar más seguro para evitar el humo y el fuego. Y allí se abrazaron al destino como si éste viniera de buenas maneras a salvarlos. Pero no. El dragón escupió un fuego tan vehemente, tan desesperado, que devoró a cuatro vidas recién llegadas al hogar de las alegrías, de los proyectos, de las ilusiones plenas, de los amaneceres jóvenes y de los Arco Iris recién pintados.

No se piensa en la muerte como nombre femenino porque el instinto de unos padres es abrazar a los suyos con el pundonor que da el amor incondicional. Crear nuevas vidas para un viaje sin retorno, sin estaciones intermedias, sin paisajes al otro lado de las ventanillas, es de una tristeza inasequible al consuelo. Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra sostiene que los seres humanos podemos soportar cualquier sufrimiento si le damos un sentido. No estoy de acuerdo en su totalidad. Del carrusel de la vida tal vez, pero cuando el destino te encierra en un cuarto de baño y además te invita a morir de una manera tan desgarrada, el dolor para sus familiares y amigos será eterno de por vida. Por eso uno se vuelve hostil ante la desesperación y el infortunio de unos padres fallecidos tan jóvenes incapaces siquiera de negociar con el destino el entregar sus vidas a cambio de salvar las de sus propios hijos. Uno con dos años y el otro recién nacido.

Por desagradable que pueda parecer, el subconsciente nos conduce a la comodidad de ánimos a través de la fantasía de la omnipotencia, de la ilusión de inmortalidad que nos hace ser vigorosos creyendo que el destino llegado del averno solo se ceba en otros. Es la mecánica del dolor ajeno la que nos hace sentirnos más fuertes, al menos es lo que nos conviene creer para que nuestras energías no queden hipotecadas ni dañadas. Es el autoengaño.

Por suerte y como antídoto, siempre nos quedarán los mejores sentimientos, las acciones más benefactoras, la necesidad de apoyo, de unirnos a los demás con idénticos objetivos comunes, aquellos que permiten que prevalezca el grupo sobre el individuo como método de mejor protección y mayor fortaleza. Les aseguro que con este tratamiento el dolor, duele menos.

Seamos solidarios, al menos mientras estemos aquí y ahora.