Opinión

Escribir hoy

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 03 de marzo de 2024

Preguntarlo y a uno mismo conlleva dos respuestas posibles: una muda, con un levantamiento de hombros para mostrar la absoluta indiferencia, debido a que perdió tiempo atrás la categoría que tuvo; una meditada, más larga o más breve, para mostrar el fondo desalentador, con la célebre frase de Larra repicando en los oídos como una lluvia fina que no ha dejado de calar desde que fue dicha.

En otras ocasiones, viene a ser más punzante la cuestión cuando va dirigida al tema económico. ¿Y cuánto te llevas? ¿Se gana mucho? ¿Cuánto pagan? ¿Os pagan?, suelen ser las habituales, todas ellas directas a clavarse en lo más profundo de la vanidad o el esfuerzo. Al igual que en cualquier trabajo, el dinero resulta algo espinoso como mención —especialmente si brilla por su ausencia—. Si enreda su tallo al de la literatura, quedará asegurada su complicación a la hora de desenmarañarlo y encontrar razones que convenzan. Dinero hay, siempre, pero se reparte entre los mismos, y hasta que uno consigue su pellizco pueden pasar infinidad de años o posibilidades —sea con los libros, pero valiendo también para las revistas, magacines digitales, periódicos y otras colaboraciones—. ¿Estimula ese riesgo? En absoluto. Es una situación demasiado arraigada en la precariedad y cada nuevo que se topa de bruces con ella deberá ir amoldando su ímpetu artístico a una de las dos actitudes que más arriba citaba.

Para este mundo de invenciones, conviene tener mimado al perro del realismo, vigilante a nuestros pies y dispuesto a mordisquear a la menor de cambio si nos despegamos de él. Ese perro de la prosa que venderíamos para mantener al gato de la poesía, como dijo Robert Graves, pero lo bueno sería poder dar de comer a ambos, y que algo nos quedase para saciar el hambre que dejan estas diatribas, sin fuerzas ni conclusiones, porque al final uno permanece como estaba, más cansado si cabe.

Escribir hoy es la acción más romántica que conozco. Del mismo modo que esos autores y personajes llevados por sus vientos y pasiones desgarradoras, quienes lo hacemos actualmente vemos cómo se nos van los libros que intentamos sacar adelante, y los anhelos que los permiten, a quedarse enganchados en las trabas del mundo editorial —las condiciones antes, durante y después de la edición, con especial atención a las esperas a las que uno debe ser sometido— y sus escarpados cotarros. Es cierto: los hay que escriben una literatura más asequible, comercial o como quiera denominarse, y obtienen logros e incluso viven de ello. Pero fuera de ahí, el panorama se rige por la bizarría y el desconsuelo. ¿Hasta cuándo puede aguantarse? ¿Qué nos hace relajar la prevención y concentrarnos en la obra que va surgiendo? A ratos levantamos la vista y recordamos cómo sigue todo, lanzamos un par de quejas —o no decimos nada— y volvemos. Hemos de volver, felices por ese regreso.

Si uno escribe, si no contempla el detenerse a pesar del camino de dificultades implícito que, sí, ha de aceptarse, podrá recompensarse, sin que ello se traduzca en un excesivo lametón en las heridas —sería hacer demasiada tragedia de algo que pasa rápido y para pocos significa sentida y verdaderamente—, con lo mejor que dan los libros y la lectura: una incansable indecisión que provee de ideas para crear y completar, la delicadeza y la agonía de la belleza, el empeño de uno en dedicarle sus días, en contra de lo establecido, nada más que el deseo importando.