Uvedebe. Madrid, 2023. 94 páginas. 9’50 €.
Por Concha D'Olhaberriague
Isabel Gaudí es una actriz con una carrera sobradamente solvente y reconocida a sus espaldas, tanto en el mundo del teatro como en la televisión y el cine. Guionista y escritora de varias piezas dramáticas, es profesora de cinematografía y conoce desde dentro, como apreciarán los lectores y posibles espectadores de una casa sin techo, las reglas y los requisitos más recónditos para componer una obra teatral.
La que aquí presentamos en su formato de libro se escenificó en 2016 en la sala Estudio 2, con dirección de Manuel Galiana, pero no fue la autora y actriz quien encarnó el papel femenino porque aún no tiene la edad adecuada para hacer de Sagrario, “Una mujer de unos sesenta y tantos años”, leemos en una de las acotaciones de la pieza.
El título, una casa sin techo, con minúscula inicial, es el primer acierto de la escritora. La acción se sitúa en Madrid, en tanto que gran ciudad, y transcurre a lo largo de unos meses, ya que en las acotaciones vemos que estamos en enero al principio, al finalizar la escena séptima leemos: “(Paso de tiempo)”, y en la siguiente, en conversación telefónica con su médico, Anselmo, quien cuenta también “unos sesenta y tantos años”, se pregunta: “¿Mayo traicionero?”. Más adelante, llegamos a julio.
Sagrario y Anselmo son los protagonistas de la pieza existencial, de tamaño medio, compuesta por un solo acto y XII escenas de gran viveza y tensión dialéctica con altibajos eficazmente medidos, pinceladas de humor y alguna imagen sugestiva con su toque poético, como lo que dicen los zapatos de los peatones a quien los observa desde su lecho callejero, a juicio de Anselmo.
Tal vez debamos, no obstante, mencionar como secundario imprescindible al público, personaje mudo que suscita un cierto recelo en el protagonista masculino, Anselmo, ya que en el parlamento inicial de la obra, dirigido a los espectadores, lo menciona suspicaz, traspasando la cuarta pared: “Ya me están mirando raro.¡Hay que joderse!”.
En el teatro la relevancia de una puntualización no se sustenta en la frecuencia sino en el momento en que ocurra y en quién sea el artífice. El gesto de Anselmo confirma lo que su aspecto y los objetos que porta pregonan: su condición de marginado social. El hecho de que la interpelación se formule en ese instante primero persigue implicar al auditorio desde el mismo comienzo de la función y transmitir el malestar que experimenta el protagonista masculino por su facha.
Asimismo, están la vecina Paqui a la que se alude más de una vez, pero no aparece nunca y el compañero de Anselmo, Andrés, habitante de un cajero, con el que sucede otro tanto. Paqui o Paquita pertenece al mundo sencillo pero no marginal de Sacramento; el colega del cajero es un sin techo, como lo ha sido Anselmo durante unos diez años, desde que un día abandonó sin más a Sacramento y el hogar compartido, tal vez en su sentir carente de resguardo o techo que lo cobijara, podemos inferir del título de la obra.
Ahora bien, tampoco hay que descartar que a su vez, Sacramento se sintiera desprotegida en tanto duró la vida en común, a tenor de los reproches que espeta a Anselmo cuando, juntos de nuevo en el hogar de antaño, ambos intentan sin lograrlo enteramente restablecer una convivencia pacífica al tiempo que indagan de forma atropellada en las causas de su fracaso.
El debate verbal, en el que Sagrario lleva casi siempre la iniciativa, está salpicado de oportunos soliloquios y apartes que matizan detalles del estado de ánimo del personaje de turno y tienden una invitación de complicidad al público. La expresión coloquial enmarca el tono, predominantemente dramático, mitigado, a medida que progresa la acción, por alguna nota y algún gesto de ternura compartida por los dos.
Isabel Gaudí muestra una gran pericia en la estructura, dosificación y gradación emocional del cara a cara entre Anselmo y Sagrario. Desde el comienzo, el lector percibe que se expresa mucho con el sobrio diálogo, entrecortado, directo, a modo de trallazos, que intercambian. La narrativa permite escapes y desvíos que el teatro veta. Así, en una obra teatral de esta índole, por encima de todo, hay que tener tino para que la lengua se ajuste a la situación y no diga más pero tampoco menos de lo procedente. A pesar de los pesares, la función concluye de una manera divertida. La aventura que van a emprender Anselmo y Sagrario permite abrigar una cierta esperanza.