Opinión

Recuperar la excepción

José Enrique Rodríguez Ibáñez | Viernes 07 de noviembre de 2008
Creo que fue Dahrendorf quien popularizó la ocurrencia de llamar al período 1914-1944 de la historia occidental, la “Segunda Guerra de los Treinta Años”. Fue ciertamente aquel un período convulso marcado por guerras mundiales, revoluciones y contrarrevoluciones, guerras civiles, crisis económicas, genocidio y destrucción. Son esos los recuerdos más dolorosos que nos surgen cuando queremos contraponer algo negativo a la época de democracia, crecimiento, paz social y Estado de bienestar inaugurada a partir de 1945 en ciertos contextos occidentales y no sin altibajos ni cambios de ritmo (por ejemplo, la tardía incorporación plena de España a ese contexto u entorno).

La verdad es que, al cabo de muy pocas generaciones, nos hemos acostumbrado a la idea de que dicho modelo occidental es la norma histórica y no la excepción. Sin embargo, el hecho es que toda esa etapa, ahora sacudida por complicaciones sin límite que la ponen en entredicho, no deja de ser una formidable excepción con respecto a la totalidad de la historia conocida. En efecto, no ya la “Segunda Guerra de los Treinta Años” sino todos los registros históricos anteriores nos traen un recuerdo tortuoso de conquistas, guerras, tiranías, dominaciones, intolerancias, enfrentamientos, injusticia social y ruina sin cuento. El miedo y la inseguridad han sido siempre lo habitual mientras que la paz y la seguridad sólo muy recientemente han pasado a ser, de meta inalcanzable a realidad cotidiana.

Hoy todo ese panorama, como antes decía, es puesto en entredicho por los negros heraldos que día a día nos traen los titulares de los medios: terrorismo global, recesión económica, bancarrota inminente, recrudecimiento de la tensión entre bloques militares, degradación ecológica.

Hace más de veinte años que Ulrich Beck puso en circulación un famoso rótulo –la “sociedad del riesgo”- que se cree, erróneamente, anticipaba la tendencia hacia esta situación. Todo lo contrario. Lo que el sociólogo alemán puntualizaba es que nuestras sociedades contemporáneas dependen en tal grado del avance científico-tecnológico que no pueden prescindir, en las áreas de economía y gobierno, de las dosis de experimentalismo que caracterizan a tal avance. Por poner un ejemplo: lo mismo que los físicos del CERN de Ginebra arriesgan tiempo y dinero con un margen de incertidumbre en descubrir misteriosas partículas que nos acerquen a un mejor conocimiento del universo, las sociedades, capitaneadas por sus gobiernos, deben promover audazmente programas de futuro que impulsen la calidad de vida hacia las generaciones venideras. La modernización no estaría agotada; sencillamente necesitaría un “empujón” (la “modernización de la modernización”).

Pues bien, de esto se trata en la actual hora de congoja mundial. Contamos con técnicos, profesionales y empresarios excelentes. Existen mercados potenciales extensísimos. Las inversiones en los países marginados y emergentes (y también en los desarrollados, que precisan renovar sus obsoletas infraestructuras, empezando por los mismísimos USA), sólo pueden traer beneficios para todos. La búsqueda de nuevas fuentes de energía está esperando mayor esfuerzo y colaboración. La mejora de los servicios sociales, sanitarios y de ocio constituye un capítulo inagotable. Por no hablar de lo que queda por hacer en el campo del progreso educativo. Etc., etc., etc.

Con todo ese potencial objetivo, ¿vamos a echar por la borda lo conseguido en occidente en los últimos cincuenta años? La respuesta debería ser no. Sin negar los descubiertos y parálisis del crédito a que ha conducido una práctica financiera irresponsable, no pienso que el mal sea tan grave como para caer en el ostracismo y la triste normalidad típica de la historia anterior a la consolidación de las sociedades de bienestar. Hagamos un esfuerzo colectivo. Recompongamos el ciclo crédito-inversión-producción-empleo-consumo-ahorro. Recuperemos la excepción histórica en la que nos hemos acostumbrado a vivir para que, con el paso del tiempo, la excepción pase a ser definitivamente la regla.

Esa es la tarea que tenemos pendiente, gobernantes y gobernados, en la primera década, ya declinante, del siglo. Más que nunca se hace necesaria la coordinación entre las instancias políticas, empresariales, sindicales y cívicas, por supuesto en perspectiva supranacional. Actuemos. No hay por qué temer a un futuro nunca escrito.


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