Opinión

Un diálogo singular

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 05 de marzo de 2024

Me ha parecido singular este diálogo que sigo en la videoteca de El Pais entre Cayetana Alvarez de Toledo y Carmen Calvo, moderado con acierto por Natalia Junquera. Se trata de una conversación civilizada y aun cordial entre dos parlamentarias, que no se interrumpen, ni se increpan, antes bien esperan pacientemente su turno para intervenir en la conversación, tras escucharse con atención y respeto: Me dirán que no es infrecuente el espectáculo, tratándose de dos conspicuas miembros del Partido del Gobierno y del principal Partido de la Oposición en estos desafortunados tiempos que corremos.

Van a hablar de dos cosas: primero de literatura, más exactamente del tiempo que los políticos pueden dedicar a escribir y aquello que producen, sean memorias, autobiografías, ensayos. Después, la Señora Alvarez de Toledo y Carmen Calvo reflexionarán sobre el metier del parlamentario, como representante político, y el modo de abordar, lo mejor posible, este oficio. Me apresuro a decir que sus intervenciones son bien reflexivas, para nada improvisaciones ligeras o simples. Recuerdo que me impresionó en su día la lectura del libro de memorias de Jean Daniel, Los míos, donde el gran periodista francés contaba como Mitterand tras jornadas agotadoras podía sacar tiempo para discutir sobre Lamartine o Gide. En esta ocasión no se trata de una conversación exactamente sobre literatura o sobre cualquier tipo de literatura pues de lo que se habla es de una materia política, pero, como dice Calvo, con vuelo, o con la pretensión de extraer consecuencias de experiencias políticas, que no solo quedan explicadas ex post, sino trascendidas, o dotadas de un sentido, aunque el protagonista no lo percibiera en el momento de la actuación que se relata. Alvarez de Toledo y Calvo ponen ejemplos de su afición a las memorias o los ensayos biográficos. Se trata de libros compartidos: Azaña, y Mandela, dice la Sra. Calvo; Churchill e Ignatieff, además de Vargas Llosa, señala Cayetana.Yo habría añadido algunos casos más. Habría apuntado la biografía de Max Weber escrita por su mujer Anne , ella misma una excelente conocedora del pensamiento sociológico de su marido, y que hace un friso inolvidable de las relaciones universitarias de la época de entreguerras alemana. O la biografía de Hannah Arendt, de Elisabeth Young-Bruehl que es una guía estupenda para el estudio de la filósofa política más influyente de nuestro tiempo. Si se trata de memorias, sean de políticos o no, apuntaría las de Francisco Ayala o Caro Baroja; o muy próximas a nosotros las reconstrucciones biográficas de Steiner o Martin Santos o los aportes de José Ramón Recalde, Fernando Savater o Juan Antonio Díaz Ambrona. Como sabe el lector todos estos nombres han salido en muchas ocasiones en este Cuaderno.

Pero como les decía al principio el diálogo tiene una segunda parte en el que estas brillantes parlamentarias reflexionan sobre el oficio del representante público, del diputado a Cortes. Sus consideraciones tienen el máximo interés. Calvo recalca la dignidad de la representación política, que se deriva de la cualidad de la función que lleva a cabo: actuar, hablar en nombre del pueblo al que se da presencia y cuyo lugar se ocupa. Sobre la dignidad de la representación se establece el status del parlamentario, que no deriva de sus cualidades personales o méritos propios sino de su servicio y dedicación a la causa del pueblo o la nación a la que atiende (Leibholz) .

La dignidad de la función representativa desprende derechos para los parlamentarios que se pueden identificar con sus prerrogativas, así inviolabilidad o inmunidad, pero también obligaciones o deberes, que se expresan en la dedicación absorbente del desempeño del oficio del parlamentario, a saber principalmente, preparar los discursos, esto es, hablar con conocimiento de causa y hacerlo bien.

Hablar es elegir las palabras, dice Cayetana, cuidadosa y responsablemente. Razonar, mas que emocionar o conmover. Churchill escribía sus discursos y después los memorizaba. Carmen Calvo prefiere estructurarlos en torno a una idea guía y después discurrir ante el auditorio, invitándole a acompañarla en sus desarrollos mentales. Pero es imprescindible un fondo moral en el discurso: el discurso ha de basarse en la lógica y en la verdad, pero también en la bondad o la ética, si a fe quiere ser convincente. Ah y el discurso no puede leerse: si el orador ha de establecer una relación sincera con el auditorio, como será esto posible si hay dudas sobre el autor del mensaje. ¿Quién lo ha escrito? ¿Quien es su autor: el parlamentario que lo lee o quien lo ha escrito y quizás no comparece? Fernando Savater ha dicho alguna vez (quizás en las maravillosas memorias que publicó hace unos años) que no se puede hablar y leer al mismo tiempo. También lo dijo Azorín en unas palabras que me gusta recordar, defendiendo el parlamentarismo liberal, en concreto del uso de la palabra suelta y libre en la discusión política. Decía esto nuestro escritor: "En España, el Parlamento era una escuela de bien hablar; allende de ser una escuela de cortesía -Señor, qué tiempos-. En el Parlamento -se refiere, claro, al de la Restauración- no se podían leer los discursos; había que pronunciarlos. El artículo 140 del Reglamento del Congreso decía: 'Todo discurso se pronunciará de viva voz y se continuará sin intermisión...' Todo el mundo tenía que ser orador, velis nolis"