Emilio López Medina ocupa un buen lugar en la aforística española, que no deja de ser a veces como esa cabaña que está en las colinas, a poca distancia de la ciudad. Parecemos ansiosos por abrir las páginas y trasladarnos allá inmediatamente.
En una primera hojeada de Luego serás mejor que joven (Apeadero de Aforistas) se nos presentan todos los ingredientes que poder relacionar con la verdad: el amor, la belleza, la salud, los males y la niñez. En cada uno de los tramos nos habla de pérdidas y de rasguños. Emilio López Medina se ha atrevido a sacar un conjunto de textos sobre el antes y el ahora: “Antes me importaba solo el futuro. Ahora que estoy instalado en él, ¿qué me importa este futuro? Ahora me interesa el pasado: es decir el conjunto de cosas que pudieron ser futuro y no fueron”. Para continuar: “Tu pasado ofrece caminos inexplorados que no tiene tu presente”.
No tiene miedo López Medina a encender una y otra cerilla y lanzar una rápida mirada alrededor. Todo lo que se contempla sigue siendo un paraíso si se lo contempla con una conciencia limpia. Ni le tiene miedo a la intimidad como si se tratara de Nietzsche, a quien se cita expresamente: “Podría decirles a estos jóvenes: ahora eres mejor que viejo, pero luego serás mejor que joven”.
Los mejores aforismos tienen mucho de apuntes, parecen realizados por espectros de personalidades tan interesantes y diversas como Ramón y Cajal, Pitágoras, Heráclito, Santo Tomás de Aquino, Wilde o un Maestro del Zen. El penúltimo del libro nos habla de que “la vejez y la muerte son más bien un proceso de deconstrucción en el sentido más amplio y literal de la palabra: toda la estructura montada a lo largo de la vida se va desmontando”.
Dan en la diana los aforismos que hablan de la infancia como quien habla desde otro mundo: “Niñez: temor a lo desconocido. Vejez: temor a lo conocido”; “el simple desearía volver a la juventud para disfrutar, el sabio para rectificar”; “cuando uno es niño no se imagina, no es consciente de cuánto sufrimiento, de cuánto dolor soportan los mayores con que trata (…) no se da cuenta del detalle obvio de que la vida en ellos ya no está montada sobre el entusiasmo como en él, sino sobre la supervivencia”.
La explosión del aforismo popular experimental en el siglo XXI, nos enseña que es posible ser popular sin ser populista. No es López Medina el primero que se ocupa de la vejez, pero su libro Luego serás mejor que joven quiere abarcar la lenta cancelación del futuro, los trazos espectrales y luego la nada.
Hace que reine una calma misteriosa en sus escritos cuando lo leemos y a continuación se oye el sonido de una voz, una voz humana. Siempre nos sorprende cayendo al vacío, como el barco ebrio de Rimbaud, quien señalaba: “En medio del furioso embate de las mareas, / yo, el otro invierno, más sordo que cerebro / de niño, ¡corrí!, y las penínsulas a la deriva / jamás soportaron barahúndas más triunfantes”.
En López Medina hay un virtuoso aforista, un erudito que escribe fragmentos como un visionario que se quiere hacer cargo del timón de la innovación. Lleva a los aforismos ideas que suelen estar incrustados en la prosa: “Un viejo es aquel que ha conseguido ir superando la mala fortuna de la vida para caer en el infortunio”. Los aforismos familiares son como agua que fluye clara; otras veces su carga es mayor y el agua marrón, pesada. Hay hombres ambiciosos o descuidados que viven en la colina, como bien sabe, el autor. Sus frases están plagadas de anécdotas que son como prados inmensos, bosques, estanques en que beber, dispuestos sobre la colina. Cruzado por multitud de arroyos literarios, López Medina vuelve a Nietzsche en quien se desdobla: “A veces pienso que un anciano es solo un niño al que se le ha puesto el cabello blanco”. El mundo de la infancia es como si descansara en la habitación adjunta.
Emilio López Medina gusta de reflexiones contundentes que son como una brújula que nos permite mirar al oeste, y seguir adelante. Nos referimos al ejemplo de “Esta es la vejez. No hay días buenos o malos. Hay días animados o tristes, pero consecutivamente peores, y todos peligrosos”. Hay algún que otro ejercicio poético (“Mientras los demás venden sonrisas, el viejo las regala”), certero y cercano. A Ortega y Gasset se le homenajea con frecuencia (“Yo y mi consciencia hemos envejecido juntos”).
Todas las edades nos llevan a preguntarnos qué haremos luego, dónde viviremos, etcétera, porque “la madurez es el tiempo de disfrutar los aciertos de la vida. La vejez, como despedida, es el tiempo de meditar sobre los errores de la vida”.
En Luego serás mejor que joven abundan las ironías que se leen con gusto, sin excepción son bellas, pero ¿de qué nos habla? De recursos filosóficos -más necesarios inclusive que el dinero-, del naufragio final, de la decrepitud última, de las fuentes que pueden llenar la vaciedad. De los antiguos males también se ocupa con insistencia.
Hay libros para leer y reflexionar en el momento, este es uno de ellos. Interés y variedad caracterizan los aforismos de Emilio López Medina, nos hacen no perder el tiempo que nos queda jugando como niños realmente libres a pesar del final desastroso.