La alfombra roja que fue anoche tan festiva ha quedado ya como un recuerdo, y en el Teatro Dolby de Los Ángeles suceden las misteriosas sombras refulgentes de los ganadores y los perdedores, mientras se va “cuadraturando” el círculo: que Oppenheimer y Christopher Nolan, supuesto redondel de la supuesta perfección, recibiese el mayor número posible de estatuillas. Y así ha sido, con siete, en las principales categorías, incluyendo Mejor película y Mejor director. Pero la velada se arista y se esquina por las ilusiones perdidas y las expectativas frustradas, presentando un costado del oropel cinematográfico con el rostro cariacontecido de Robert De Niro, embocando el escenario hacia la sonrisa de Tim Robbins, cuya risa nerviosa apretaba por si surgía la llama rediviva del premio para el veterano actor, el director –el maestro Scorsese–, la actriz –Lily Gladstone– o la producción de la maravillosa e inclemente Los asesinos de la luna. Pero no. En esos pequeños detalles de lo social se la juega una gala, con los ojos y las cámaras del planeta pendientes de las gentes de Hollywood, en cómo la Academia ha querido mirar hacia otro lado ante el documento incómodo que presentaron David Grann y Martin Scorsese sobre cómo fue exterminada poco a poco la comunidad india de los osage en Oklahoma en los años veinte a causa del petróleo que yacía bajo sus propiedades, investigación del FBI mediante. Mirarse en ese espejo es de valientes y anoche la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood no lo fue.
No diremos que la singular biografía cinematográfica del creador de la bomba atómica no se merece una explosión de estatuillas a la altura de su mortífero invento, su construcción, su experimentalidad, su apuesta por el celuloide y las interpretaciones de su elenco son magníficas, pero no es El caballero oscuro (2008), una de las cintas más notables, redondas y complejas de lo que llevamos de siglo. Siempre hay unos votos que de pronto eligen una película y la balanza se inclina por ese título en esa categoría. Pobres criaturas, del peculiar Yorgos Lhantimos, también ha salido bien parada, aunque en esta fantasía de cinta barroqueña con una sublime Emma Stone, el verdadero genio es el del irlandés Alasdair Gray, del que nadie se acordó anoche. Se escapa de ese vericueto del doctor Frankenstein un corazón de niña en un cuerpo de mujer aprendiendo a hablar, a caminar y a copular, lo cual ha resultado muy del agrado del público y de los sabios académicos, a los que les gusta que un personaje adquiera voluntad para luchar heroicamente por su identidad sexual, dando el pecho a lo que le ocurra, aunque sea en la covachuela de un burdel parisién, abriéndose paso entre los hombres y los transatlánticos e influyendo reanimadoramente entre las espectadoras que se buscan a sí mismas, sin importarles el qué dirán. Eso es libertad.
Frente a este ya histórico palmarés, queremos recordar una gavilla de maravillosas películas, algunas premiadas, como la inglesa La zona de interés, el inquietante retrato del campo nazi de Auschwitz del aún más singular Jonathan Glazer, o la milimétrica y detectivesca Anatomía de una caída, de Justine Triet, que se ha llevado el Óscar al Mejor guion original, y otras no han tenido esa suerte. Por ejemplo, la alemana Sala de profesores de Ilker Çatak es un thriller verdaderamente trepidante que transcurre en el interior de un colegio germano, con una maravillosa Leonie Benesch; Los que se quedan, de Alexander Payne, una vuelta de tuerca más que entrañable a El club de los poetas muertos, con aventuras de corto recorrido y largo alcance protagonizado por un sublime Paul Giamatti en las aulas de un prestigioso college y fuera de ellas; la límpida Perfect Days, crónica de Wim Wenders y Koji Yakusho por las calles de Tokio; o el formidable duelo interpretativo de dos sublimes Natalie Portman y Julian Moore en Secretos de un escándalo, de Todd Haynes, en la reconstrucción cinematográfica de un matrimonio a contracorriente entre una mujer y un adolescente. Tampoco queremos hacer más sangre con La sociedad de la nieve y Robot Dreams: baste con que sepamos que han llegado a tocar la alcuza volante del sistema hollywoodense, por el que pasan rasando sus aceras del Paseo de la fama y dándose contra sus esquinas muchas más películas magistrales y cineastas talentosos que los que suben al escenario en la noche mágica.
Estos títulos “perdedores”, ahora sueltos, entrechocantes y hasta desbaratados, en la traílla de las butacas resucitan con el correr de los cinéfilos como sombras chinescas, porque les espera una segunda vida, acaso más dilatada en el tiempo que la atronante y ensordecedora de Oppenheimer, cuya detonación atómica ha quedado allá lejos, en el verano, junto a la muñeca Barbie que le leyó la cartilla feminista merecidamente a todos los Ken del mundo. Cuando en la página de la historia del cine la compasiva mirada del crítico traiga a su memoria y como consuelo todos estos largometrajes, muchos habrán burlado el destino de los Óscar, y ante el frescor de la reposición y el regalo audiovisual de los años, pensaremos que sus creadores no estaban destinados a perder. Seguramente.