Opinión

Vocación y ética

Antonio López Vega | Sábado 08 de noviembre de 2008
Uno de los parámetros fundamentales del pensamiento médico de Gregorio Marañón fue su preocupación por los principios que debían regir el ejercicio profesional de la medicina. En el verano de 1935, dictó un curso en la recién creada Universidad Internacional Menéndez Pelayo, cuyo Rector era entonces el padre de la Física moderna en España, Blas Cabrera, y su secretario el poeta y escritor Pedro Salinas. Éste, en noviembre de ese mismo año, agradecía a Marañón por carta “su cooperación y asistencia [que] no terminaron en el Aula Máxima, si no que nos acompañan, con todo el valor que significan. Y me da la esperanza de que no la perdamos para una institución que sólo del concurrir del pensamiento activo de los primeros españoles puede sacar su perduración”. Efectivamente, hoy esta Universidad es un punto de referencia fundamental del mundo científico y cultural español.

Lo cierto es que lo dicho en aquella ocasión por Marañón no fue un ciclo de conferencias más, sino que fue recogido en el conocido Vocación y ética, editado entonces por Espasa Calpe y recogido años después, ya en 1946, en la colección Austral, bajo el título de Vocación y ética y otros ensayos.

Marañón abordaba entonces cuáles eran los parámetros que debían orientar la vocación y la ética médica. En relación a la vocación, diferenciaba entre vocaciones de amor, caracterizadas por tener como objeto exclusivo, el servicio desinteresado a la profesión amada y, por tanto, la renuncia a todo goce material por el mero hecho de ejercerlas (entre ellas estarían, exclusivamente, la vocación religiosa, la del artista, la del sabio y la del maestro), y vocaciones de querer, en donde se encontrarían todas las demás profesiones, alentadas por un mayor o menor espíritu de servicio. Admitiendo que la casuística es muy variable, Marañón se inclinaba a pensar que el motivo más frecuente que impulsaba a seguir los diferentes caminos profesionales, también el médico, era el prestigio social y, en cierta medida, la remuneración material de las mismas.

Al referirse a la ética profesional, señalaba que todo médico debía guiar sus actuaciones en base a una «línea moral bien precisa, [sin la cual] el profesional mejor es siempre malo; y es más: sin la fuente moral, la misma eficacia técnica de la profesión se desgasta y acaba por anularse». Junto a esa rectitud ética, Marañón esgrimió dos herramientas fundamentales en el ejercicio médico. Por un lado, que la práctica médica debe tener como objeto al enfermo mismo y no a la enfermedad y que, por tanto, el médico debe afrontar cada caso de modo individualizado. De este modo, no creía en los códigos deontológicos estrictos y generales, sino que pensaba que la conciencia y el criterio ético de cada médico debía estar preparado para afrontar todas las situaciones que le presente cada enfermo. Y, por otro lado, la que se conoce como medicina psicosomática, es decir, la capacidad que la sugestión del paciente (y del médico sobre el propio paciente) tiene para su propia curación.

Aquellas conferencias están trufadas de consideraciones sobre el ejercicio médico y los desafíos que entonces se le presentaban en relación a temas como la sinceridad con el paciente, el secreto profesional o la investigación en la práctica clínica. Setenta años después de su publicación, sirven como trasfondo a la Semana Marañón que comienza mañana en Madrid con el sugestivo título de Vocación y ética. El humanismo en la práctica médica. Los prestigiosos profesores e investigadores Juan José López-Ibor y Diego Gracia han convocado a algunos de los mejores especialistas nacionales e internacionales para reflexionar sobre los nuevos desafíos a los que se enfrenta hoy la medicina.

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