Opinión

En el hipermercado

Montse Fernández Crespo | Sábado 08 de noviembre de 2008
Tuve un novio al que le encantaba que fuéramos al hipermercado. Tiempo después, llegó a confesarme que cuando dejamos de compartirnos, lo echaba de menos. Yo, personalmente, lo detesto (al carrito). A él le ocurría que nunca antes lo había vivido con costumbre y la novedad se viste de pequeña fiesta.

Si algo obligado te abruma o simplemente te aburre hasta el tedio más absoluto, una buena receta para soportarlo consiste en observar, en fijarte en los detalles, en analizar lo que allí ocurre, por breve, soso o insustancial que a la primera impresión te parezca.

Recorro los pasillos empujando el carro (sistema mejorable con poco tiempo que se dedicara a pensarse… Al menos, tracción a las 4 ruedas). Me enfundo los cascos del MP3 pues aunque ahora algún sabiondo perspicaz de la UE haya caído en la cuenta de que su uso puede producir sordera, la música imbuida te aísla del entorno mejorando tu capacidad de observación y tu agudeza.

Empezamos.

El personal empleado. Son imagen de marca. Llevan uniformes que deben resultarles ridículos. Alguna vez pensé, mientras me preparaban el pescado, que lo que me incomodaría de ocupar su puesto de trabajo no era la actividad en sí sino verme obligada a exhibirme vestida de tal traza. El diseño ha evolucionado sin precedentes en cualquier sector empresarial y los diseñadores de moda alardean de creatividad e ingenio, pero ni contratando al más sobresaliente se ha conseguido un resultado digno. Bueno, quizás en uniformes de aire castrense, léase los GEO o la ropa de faena del Ejército del Aire.

Sigo empujando. Pasillo arriba, pasillo abajo… Cuando les da por cambiarte todos los productos de sitio, tengo comprobado que al menos media docena de jornadas de compra son necesarias para que el espacio vuelva a ser tuyo (¿alguien ha pensado en patentar un “GPS encuentra productos de hipermercado”?). Serán estrategias de marketing o de simple venta, pero molesta y desgasta tu tiempo.

Los clientes. Tú y yo. El universo es inagotable. Toda la raza humana recorre esos pasillos. Pintores con sus pantalones llenos de borbotones de colores, parejas aburridas recordando su semana, niños alborotados que ansían sin darse cuenta, amigas y amigos preparando una fiesta, sus señorías eligiendo delicatessen por el placer de la diferencia, familias revisando descuentos… Y yo, que me cronometro.

Más pasillo. A veces se forman embudos y tu carro se atasca. Y tú con él, cansada, varada.

Los productos. Cuando se trata de dinero todo se reinventa, tanto que si eres de naturaleza indecisa la decisión de compra te lleva a revisar entre montones de etiquetas, discernir fórmulas completas, y memorizar pesos y precios. Uno de los productos más sorprendentes que he visto han sido una docena de huevos con “Omega 3”. ¿Cómo ha llegado ese “Omega 3” a su interior? Es más, ¿qué es el “Omega 3”? Caso similar al de la leche enriquecida con calcio –yo he crecido sin ella-, ¿de dónde lo consiguen? Lo que está claro es que de tu bolsillo sale más dinero si te crees que lo que se vende con un “plus” conseguirá que vivas más y mejores años.

Un hipermercado es una cita con la vida misma.
Un encuentro frenético con miles de objetos.
Y dudo de cuanto me agrada.

Montse Fernández Crespo
Noviembre de 2008

PD. Los objetos no deberían tocar, puesto que no viven. Uno los usa, los pone en su sitio, vive entre ellos; son inútiles, nada más. Y a mí me tocan; es insoportable. Tengo miedo de entrar en contacto con ellos como si fueran animales vivos…
¡Qué desagradable era! Y procedía del guijarro, estoy seguro; pasaba del guijarro a mis manos. Sí, es eso; una especie de náusea en las manos. (La Náusea, Sartre).

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