Opinión

Un oscuro arco de violín

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 17 de marzo de 2024

¿Qué tienen los grandes autores? ¿Qué insaciabilidad nos crean que permite que volvamos a tomar sus enseñanzas o rarezas una y otra vez sin que cada cual agote la anterior? Su grandeza en la obra, sus personalidades como hitos clavados en el tiempo, nos indican que nunca serán completados ni acabará la fascinación que despiertan. Algo, ciertamente, al alcance de muy pocos, porque ese estado de perenne regocijo es un toque que les es dado, nunca pretendido, aunque a veces sí se dé el caso y el efecto, ahora y más adelante, sea menos natural: la eternidad para un autor y para su obra estará regida por el azar, le llegará como una flecha, pero esa persona nunca sabrá cuándo será atravesada. Quienes se sitúan adecuadamente para ser un mejor blanco, sólo dejan un bonito cadáver que exhumar de vez en cuando.

De entre los muchos estudios y biografías dedicadas a su figura, destaca, por novedad de su traducción, la de Stefan Zweig, quien por obra y vida, desde su particularidad y méritos, supone otro nombre igual de notable que el del poeta glosado en este breve ensayo biográfico: Paul Verlaine. Uno y otro, gracias a las novelas y ensayos del primero y los poemas del segundo, gozan de una perpetuidad que se rejuvenece por las constantes visitas de nuevos lectores y de los ya afianzados.

Este libro, Verlaine, como su autor escribe refiriéndose al retratado, es una entrega de la fugacidad y debilidad de un hombre que conoció en el transcurso de su existencia los más altos dones y las más bajas pasiones, todo entrelazado por la literatura o a pesar de la misma, ya que la religión católica, hacia el final, vino a ser una suerte de segundo gabán que echarse por encima para recorrer, sin el vencimiento por el frío de la vejez, los caminos que todavía faltaban por trazarse, sin escatimar duelos entre lo espiritual y lo mundano.

No me resisto a señalar que, aunque es un libro de 1905, ciertas ideas de Zweig han envejecido y la apreciación de un lector actual es, inevitablemente, chirriante. Aparte del barrido para casa que suele hacer a la menor comparación de cambio —se lanza incluso a insinuar que la vertiente lírica de Verlaine pudo deberse a la proximidad de su región natal con el territorio alemán, como si hiciese un guiño a quien lee para evidenciar el chovinismo ejercido—, el definir el lado sentimental-sensible-sensitivo del poeta francés como su lado más femenino, hoy día no puede tomarse sino como una opinión más patética que fundamentada. En el capítulo dedicado a la relación con Arthur Rimbaud, pasa de puntillas ante la evidencia a voces: el trato amoroso que hubo entre ambos. Dice: ‘Indudablemente la relación de esta pareja también fue, en el fondo, sexual. Pero me parece indecoroso rastrear si la atracción se convirtió en acción, los amigos en amantes; sin duda hubo desde el principio una fuerte corriente subterránea de entusiasmo personal en su amistad, indiscutiblemente ambos eran personas para las que no existía la idea de “vicio”, y ambos estaban iniciados en los ritos de las pasiones pervertidas, como muestra un poema común en el libro (no publicado) de Verlaine Hombres. En cualquier caso, adentrarme en este aspecto no me parece ni conveniente ni necesario para entender su amistad.’ Más allá de la educada homofobia, sólo entendida y justificada por la época en que esto fue escrito, uno lee candorosamente este pudor del autor austríaco a la hora de enfrentarse —muy dignamente, todo sea dicho, narrado con soltura y gran capacidad de evocación, igual que el resto del libro— al episodio más famoso de la vida verleniana.

Uno se atrevería a comentar: amigo Zweig, comprendo tu premura refiriéndote a este tema, pero si algo ha hecho célebre, aparte de su poesía, a Verlaine, es la tormentosa etapa con Rimbaud. ¿Deberían únicamente tenerse en cuenta los versos y no el sube y baja de sus decisiones vitales? Las biografías son mejores, y respetan más a quien las lee, cuando el biógrafo entra hasta en la cocina, como reza la expresión. Obra y vida están siempre estrechamente unidas. Una cuida de la otra durante el viaje, toman las riendas en alternancia cuando el pulso desfallece. Verlaine y Rimbaud no fueron más que calores ahogados, pero a los dos se les debe su reconocimiento como dupla tempestuosa de la poesía francesa de finales del siglo diecinueve. Sus deseos brutales se engancharon, qué duda cabe. El sexo, la camaradería, las borracheras, los poemas, la violencia intrínseca. ¿Cómo obviarlo, reducirlo a unos párrafos? Un capítulo, ya digo, bueno pese a las elegantes omisiones.

Verlaine puede distinguirse por su apasionamiento. Zweig consigue involucrarte mediante su prosa esmerada, reflexiva y tomando partido, pero también indulgente con el pobre Lélian y sus desbarajustes, haciendo inmediato el temblor místico y melódico del poeta, atrapándote con la plasticidad de las descripciones, sintiendo, con todos los reparos que complementan, la esencia y sentimiento ‘de ciega e inagotable nostalgia de la totalidad y el infinito’, que no es otra cosa más que el estado de ensueño en el que nos dejan los buenos libros.