Opinión

Iberoamérica no existe para la Casa Blanca

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 20 de marzo de 2024

En un ensayo publicado en la revista Foreign Affaires y reproducido en la revista Política Exterior en febrero de 2024, el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, explica en términos muy concretos lo que son “las fuentes del poder de Estados Unidos”. Y en síntesis resume el viejo modelo de dominación mundial, solo que ahora en un ciclo de mayor interdependencia y confrontación con otros Estados y no sólo en el ámbito militar.

El punto más importante respecto el enfoque geopolítico del Gobierno del presidente Joseph Biden --hoy a punto de entrar en la lógica de la renovación electoral o el repudio en las urnas-- no radica en la reiteración de los viejos modelos que se derivan del enfoque geopolítico del principal estratega estadounidense de la posguerra: Henry A. Kissinger, quien duró apenas dos gobiernos en la Casa Blanca pero dejó sentadas las reorganizaciones doctrinarias e ideológicas de la política exterior de la Casa Blanca que se resumen en pocas palabras: la utilización del poder militar, económico y de dominación a partir de la prioridad de los “intereses nacionales” de EEUU y de la imposición estratégica del american way of life o modo de vida americano o confort del 15% de la población estadounidense.

El texto de Sullivan carece de la brillantez que tenían los pronunciamientos de Kissinger, aunque aterrizando los mismos criterios: el derecho estadounidense a intervenir en zonas y circunstancias en las que estén en juegos los intereses de Estados Unidos, como Vietnam, por ejemplo, y la falta de interés y decisión en la Casa Blanca para intervenir hoy con plena justificación mundial en el colapso que está regresando a Haití al estado de naturaleza hobbesiano de la lucha de todos contra todos, y con esta argumentación podría también explicarse el modo enredado de la diplomacia americana y sus intereses secretos para no tomar el control de la lucha en Ucrania ni poner orden en Israel y la franja de Gaza.

En el ensayo de Sullivan, Iberoamérica como suma de las comunidades de América Latina y el Caribe no aparece entre las prioridades ni es mencionado, lo que explicaría el desorden político y de gobierno que existe en esa zona al sur del Río Bravo: gobiernos fuera de control, gobernantes que se niegan a entregar el poder, procesos electorales pervertidos por ambiciones de las clases políticas dominantes, severísimas crisis sociales y de seguridad que explican --de acuerdo al último sondeo-- que a Estados Unidos han llegado ocho millones de migrantes que han ingresado al país sin cumplir con las exigencias legales, y un día el presidente Biden los califica de “ilegales” yo otro día da marcha atrás y se refiere a ellos como “migrantes en busca del sueño americano”.

Lejos están --por fortuna-- aquellos años en los que Estados Unidos veía a la zona al sur del Río Bravo como su patio trasero y ponía y quitaba gobernantes en función de los intereses de Washington y no para contribuir a una estabilidad sociopolítica en la región; y así llegaron al poder criminales como los Somoza, que en la Casa Blanca decían que eran unos “hijos de p…, pero eran nuestros hijos de p…”.

Un día Estados Unidos apuntalaba a personajes impresentables y los dejaba como representantes de los intereses estadounidenses y otro día los derrocaba, como fue el caso del comandante panameño Manuel Antonio Noriega, quien fue dado de alta como agente de la CIA en 1976 por el entonces director de la agencia de espionaje, George Bush Sr., y luego EEUU invadió Panamá para arrestar en una acción extrajudicial ilegal a Noriega y secuestrarlo para que fuera juzgado en Estados Unidos, una acción militar que violaba la soberanía de Panamá y que fue operada nada menos que por el presidente estadounidense George Bush Sr. en diciembre de 1989: Bush Sr. lo encumbró y Bush Sr. lo derrocó.

Y ahí quedan los golpes de Estado con patrocinio estadounidense en Brasil, el ciclo militarista represor de Argentina, la entronización del fascismo en Uruguay, el brutal y crimina derrocamiento del presidente constitucional chileno Salvador Allende, el golpe en Guatemala, el patrocinio de la CIA para la invasión a Cuba en Bahía de Cochinos y muchas otras actividades en las que la política exterior de dominación de Estados Unidos convertía a Iberoamérica en un peón del juego mundial. En el caso de Cuba, por ejemplo, la Casa Blanca operó todo su poder para que la totalidad de los países de la organización de Estados Americanos rompiera relaciones diplomáticas con la República comunista de Cuba en 1962, aunque con la excepción histórica de México que se negó a cumplir las instrucciones de la OEA --hoy reactivada con las mismas funciones-- como Departamento de Colonias de EEUU.

El presidente Biden ha mirado al sur del Río Bravo sólo como un problema de migración, pero se ha negado a cumplir la exigencia de México de que desarrolle una estrategia de impulso a las economías regionales y ponga orden en el crimen organizado para disminuir el flujo de migrantes que huyen de sus países y todos quieren aterrizar dentro de Estados Unidos. Esta estrategia de la Casa Blanca se basa la certeza de que ya no hay condiciones para que en algún país Iberoamericano se instaure un modelo comunista tipo Cuba o Nicaragua, los dos productos de revoluciones guerrilleras de configuración marxista.

En este contexto y completando el cuadro del distanciamiento de la Unión Europea sobre la realidad crítica de Iberoamérica, los países de América Latina y el Caribe encuentran contradicciones que aprovechan la falta de alguna direccionalidad política y geopolítica para impedir los excesos y los casos de El Salvador con Bukele, de Argentina con Miley y hasta de Brasil con Lula revelan reacomodos de poder producto de las contradicciones internas de los países y por lo tanto abonando los excesos dictatoriales.

En este contexto, a Iberoamérica le esperan muchos años de colapso social, económico, de seguridad y migratorio.