Editorial

Yolanda Díaz pierde poder por sus continuos fracasos

EDITORIAL

E.I. | Jueves 21 de marzo de 2024

Yolanda Díaz está siendo relegada en el Gobierno. La negativa de los comunes de Colau, socios de Sumar, a apoyar los presupuestos de la Generalidad pactados por Illa y Aragonés y el consiguiente adelanto electoral en Cataluña han obligado al Gobierno a renunciar a sus propios presupuestos. Los socialistas critican la dejadez de la ministra de Trabajo al no ser capaz de gestionar las negociaciones. Pero ella, en cambio, se queja de la falta de coraje de Sánchez al rendirse. Últimamente, acude poco al Hemiciclo y cuando lo hace aparenta estar a disgusto, enfurruñada, fuera de lugar. No aplaude a Sánchez ni cuando insulta a Ayuso.

Yolanda Díaz es un caso paradójico de la política. Fracasa constantemente en su gestión, pero aparenta ser una diva de éxito. Como ministra de Trabajo se dedica a manipular los datos del paro, dopados por los “discontinuos”, el medio millón largo de personas que trabajan dos o tres meses pero figuran como si lo hicieran todo el año.

Tampoco hay que olvidar que nada más llegar a vicepresidenta protagonizó una de las traiciones políticas más deleznables de los últimos años. Pasó del anonimato al estrellato de la vicepresidencia del Gobierno gracias a Pablo Iglesias. Y desde su cargo se dedicó a destruir Podemos, el partido que resucitó el comunismo en España gracias a su fundador y que movilizó a la izquierda hasta llevar en volandas a Sánchez a La Moncloa.

Yolanda Díaz cada día se parece más a “Alicia en el país de las maravillas”. Imagina un mundo feliz basado en asaltar las fortunas de los grandes empresarios, no para repartir el dinero entre los “más vulnerables”. Sino para dedicarlo a organizar sus enjuagues sociales y para pagar a sus muchos asesores. Se exhibe cuando viaja en el Falcon al Vaticano o al Parlamento europeo para departir amistosamente con Puigdemont. Cuando habla intenta aparentar ser una estadista mundial. Lo hace con gestos, sonrisitas forzadas y frases que rozan lo cursi en un intento de mostrarse políticamente correcta, políticamente comunista en versión del siglo XXI. Pero, al final, su misión como ministra de Trabajo resulta perjudicial para la economía y para la creación de empleo. Es un bluf de la política. Y electoralmente, un fracaso. Pues en lugar de acaparar a los partidos de extrema izquierda ha conseguido lo contrario: su dispersión. Y ése es uno de los motivos de las derrotas de Sánchez y sus “gobiernos progresistas”. Soñaba con encaramarse a lo más alto de la política y se encuentra en pleno declive. Puede que tenga los días contados.