No cabría en este artículo la relación de agrupaciones judiciales, instituciones prestigiosas, nombres destacados del Derecho, que de forma pública y abierta se han opuesto a la Amnistía y su constitucionalidad. Tras la rotunda declaración de los letrados del Senado, la mayoría de los del Congreso de los Diputados, cargados de razones, se han sumado a la concluyente declaración senatorial. Todos, sin embargo, saben que la larga caravana de las sinrazones se detendrá ante un Tribunal Constitucional, que debería ser imparcial e independiente, pero que muchos consideran se encuentra en manos del presidente del Gobierno. Al Tribunal Constitucional corresponde la última decisión sobre si la ley de Amnistía es o no constitucional. Pedro Sánchez ganará ahí la partida según el criterio generalizado de los más altos responsables de la vida política española.
Pero no. No es ésta la cuestión. El debate amnistía, sí, amnistía, no, es la gran trampa de Pedro Sánchez. No se trata de eso. Se trata de amnistía, a cambio de siete votos. Por eso, sobre todo por eso, la ley de Amnistía es éticamente reprobable y políticamente atroz. Sin vehemencias ni exageraciones. Como una cuestión de hecho.
Alberto Núñez Feijóo y sus colaboradores están embistiendo la muleta con la que les engaña, sobre el albero del ruedo ibérico, la sabia mano izquierda de Pedro Sánchez. El líder popular y su corte embisten con entusiasmo una y otra vez y Pedro Sánchez cerrará su faena con la estocada hasta la bola del Tribunal Constitucional.
La atrocidad que rodea a la ley de Amnistía, sin embargo, permanece íntegra. A cambio del plato de lentejas de siete escaños, Pedro Sánchez, genuflexo ante el rebenque secesionista, ha aceptado no sólo amnistiar a los delincuentes del proceso de todo delito cometido durante una decena de años sino que, para mayor inri, para agrandar la vergüenza nacional, para la más completa indignidad, la ley de Amnistía está sustancialmente redactada por los propios amnistiados.
Este relato, en fin, claro y diáfano, se altera día a día por el resquicio que lo hace especialmente vulnerable. Reitero por eso: no se trata de amnistía, sí, o amnistía, no. Se trata de rechazar el do ut des; se trata del no rotundo a una amnistía a cambio de siete escaños