Cuando Diego, mi amigo pacense y badajoceño supo que estaba realizando mi tercera película en Matera (Italia) se presentó "dispuesto a todo". Estuvo a mi modo de ver insuperable en su falso papel de torero fascista.
Cuando quise filmar la escena de Dalí masturbándose en presencia de su padre (¿contestatario?) el actor se negó ¿asustado? a hacerlo. Lo comprendí y le tranquilicé.
Diego se brindó a tirarle "a su padre" a su propia cara su semen al tiempo que le decía "Esto me diste esto te lo devuelvo. Estamos en paz".
Dalí, "Retrato de mi padre"
Cuando el pene de Diego apareció estaba muy lejos por el tamaño de corresponder a lo que los machos antiguos llamaban el FASCINUS (lo que fascina o hechiza).
Diego me indicó, con soltura, que para que aquella morcillita se alzara al esplendor fálico tendrían que ser expulsados los varones mirones y ser reemplazados por un corro de señoritas contemplativas.
Este expediente no consiguió enderezar el embutido. Un poeta amigo italiano, Pasolini, me dijo, guasón: ¡Cómo está quedando el honor español!
Diego, sin perder su tranquilidad, me pidió que le diera media hora para concentrarse. En efecto volvió de su meditación tan bien plantado que los espectadores hubieran podido repetir la plegaria que ciertos fieles rezaban al ¿cristiano? sucesor de Priapo:
"Santo bendito: quisiera que la mía sea como la tuya"