El gatopardo es una novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa a mediados de la década del ’50, adaptada luego para el cine y llevada a la fama por Luchino Visconti con un elenco encabezado por Claudia Cardinale, Burt Lancaster y Alain Delon. El recorrido de la novela fue penoso; después de proponerla a diversas editoriales sin obtener una respuesta favorable, Lampedusa (1896-1957) se resignó a publicarla en una modesta edición solventada por sus propios medios. Ya fallecido el desencantado autor, con prólogo de Giorgio Bassani, el revolucionario editor Giangiacomo Feltrinelli la convirtió en un best-seller. En 1959 fue consagrada con el Premio Strega.
El argumento de El gatopardo se centra en las vivencias del príncipe siciliano Don Fabrizio Corbera y de su vida familiar. Los sitios donde se desarrolla la historia son la ciudad de Palermo y el paradisíaco pueblo de Palma di Montechiaro. Don Fabrizio, personaje inspirado en el noble Giulio IV di Lampedusa, bisabuelo del autor, asiste con distancia y tristeza al final de una época que él representa como último protagonista de una situación social en la que políticos, burócratas y buena parte de la burguesía empiezan a ser una nueva clase emergente que busca acomodar sus privilegios para proseguir beneficiándose con el nuevo régimen, generado en esa ocasión, por la unificación de Italia.
En uno de los capítulos finales, Tancredi (Alain Delon) desliza ante su tío Fabrizio (Burt Lancaster) la conocida frase Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi (“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”). Palabras que con el tiempo simbolizarán la capacidad camaleónica de una clase social para adaptarse a las propuestas de distintos gobernantes, dando a entender también la intención de aceptar cualquier régimen para poder conservar los privilegios.
El “gatopardismo” es desde entonces en ciencias políticas, el “cambiar todo para que nada cambie”, paradoja expuesta, que señala a un pueblo que inicia una transformación aparentemente de cambios sociales y económicos rotundos, pero que, en la práctica, solo altera la parte superficial de las estructuras de poder, conservando intencionadamente el elemento esencial evidenciado en la hipocresía de un sector político más allá de cualquier signo que represente.
Como nada es nuevo bajo el sol -y especialmente en la Argentina, país aficionado al déjà vu; siempre, eso sí, con nuevos artilugios y estrellitas de color-, el nuevo Presidente, sin duda menos carismático que snob, busca modificar ahora el sistema haciendo saltar por el aire al Estado, olvidando, al parecer, que él su jefe y siguiendo con un perfil que construyó hábilmente anatematizando al enemigo con metáforas extremas como “la motosierra”, y exponiendo los actos de corrupción que la clase dirigente viene perpetrando desde hace décadas, bastante impunemente en la mayoría de los casos.
Esta actitud le ganó el afecto a Javier Milei de un sector importante de la sociedad argentina, que mediante el voto hartazgo lo llevó al triunfo en las urnas. A partir de esto, que ya lleva más cien días, intenta mostrar a sus votantes la contundencia de sus medidas para destruir a “las ratas inmundas”, como considera a diputados y senadores y a todos gobernadores opositores, letales enemigos, según él califica, de la ciudadanía.
Su proclama, sin embargo, viene mostrando la hipocresía y los males que se demoran en desaparecer, ya que solo con gestos no se termina con ellos; sobre todo en un país republicano, que acaso como última virtud, aún exhibe una muy bien ganada democracia. Tan es así que la llamada “casta”, de un modo gatopardista y por senderos de intriga y oficio acomodaticio, se las ingenia para seguir en carrera; ahora con un Jefe de Estado que la ataca con nuevas armas insuficientes bajo el lema “caiga quien caiga”, y pasando por encima de los más débiles, que están pagando el ajuste (llámense jubilados, clase trabajadora y media), como siempre los más expuestos e indefensos.
El principal objetivo que se propone Milei desde el oficialismo es reducir el déficit fiscal y atraer inversiones del exterior. Nada sencillo. Los recortes crean nuevos problemas. Ellos son la desocupación, que se abastece, como es sabido de la Obra Pública y la caída del consumo. No se puede ignorar, además, que los grandes empresarios del mundo apuestan a ganador y que sus inversiones pueden ser financieras y no productivas; nadie pone su dinero en un país sin garantías jurídicas. Mensajes negativos que al por mayor instalan a la Argentina como un país poco serio ante otros países del mundo. Pasará mucho tiempo hasta que se cambie de imagen.
Estas descalificaciones también son tomadas en cuenta por el Fondo Monetario Internacional, principal perjudicado por la Argentina, al que se debe demasiado y al parecer no está dispuesto a prestar más dólares. Cierto, habitamos un país rico en recursos naturales, con ríos navegables y una mezcla de razas envidiables; aunque empobrecido por estafadoras y funestas administraciones políticas desde hace décadas. También es justo reconocer que en estos momentos la Argentina es una de las naciones más carenciadas del Continente. Según los estudios de la Universidad Católica con un 60 por ciento de pobres, uno de cada cinco argentinos no llega a fin de mes desde hace un largo tiempo. Por consiguiente, no es una exageración decir -ni tampoco un disparate- que la pobreza crece y que ya hay chicos desnutridos, y si seguimos en esa senda podemos resignarnos a ser tan pobres como Haití.
A pesar de todas estas descalificaciones, no somos tan pobres; sino acaso todo lo contrario en puntuales aspectos. Eso sí, no se puede pasar por alto que uno de los carteles más inconcebibles del narcotráfico está instalado en la Argentina y opera desde los sitios más sofisticados; no desde los barrios o ciudades donde se comercializa el menudo al que se declaró la guerra. Con la pobreza sucede algo parecido, es una industria muy beneficiosa para ciertos sectores demasiado conocidos; llámense políticos, burócratas de turno, sindicalistas y punteros barriales. Demasiadas organizaciones cuyo negocio y razón de ser debería estar puesto en asistir a los pobres, que por falta de ayuda social se reproducen cada día. Para que el dinero del Estado fluya hacia esos grupos se improvisan discursos pretendidamente transformadores y probadamente fracasados; tanto de un lado como del otro. Ni hablar de la falta de medicamentos en los hospitales y de alimentos a los comedores escolares.
Sin embargo, otros datos, contrarios al relato de la pobreza, afirman que no es tan así y que la Argentina sigue siendo tan rica como en pasados tiempos de “vacas gordas”; las pruebas al canto, muestran que el dialecto argentino inundó Miami, o que, durante el feriado de Carnaval, se contabilizaron en Brasil más argentinos que la suma de mexicanos, colombianos y uruguayos. También es fama que el año pasado en un partido de fútbol en Río de Janeiro viajaron miles de compatriotas para apoyar a su equipo, quizá más de los que se necesitan para colmar un estadio. La mayoría de ellos no llegaba a fin de mes, pero pagaban su transporte aéreo, comida y los gastos con un dinero inexistente o fuera de circulación. Lo mismo pasó en el Mundial de Qatar, al que concurrieron decenas de argentinos (no precisamente ricos).
Un dato confidencia. Un querido amigo poeta (oveja negra de una excelsa familia panameña de banqueros) a quien prologué un libro, me informó confidencialmente que hay argentinos que tienen incalculables fortunas en bancos de ese país y que si blanquearan esos fondos alcanzaría para pagar la deuda externa. Hecho que confirma que debajo de los colchones de los escamoteadores argentinos, hay muchísima en plata en verdes celosamente resguarda.
Pero repitamos: el eje de la política económica de Javier Milei es el insidioso asunto del problema fiscal; muy importante por supuesto, ya que si se gasta más de lo entra no hay economía que funciones. Pero no todo giran alrededor de una pregunta sobre este álgido problema, que en la Argentina viene, sin exagerar de la remota independencia; enojosa cuestión que no se ha podido resolver. En otras palabras, la eterna discusión de cuáles son los servicios y prestaciones que debe dar el Estado y cómo se financian, y a costa de quiénes.
Para este modelo macroeconómico, favorable a los mercados, muy insensible y de altísimo costo social, todo -o una buena parte-, gira en torno al irritante gasto fiscal. Hay, sin embargo, otra razón importante para el Presidente y el Ministro de Economía, que es entender esta cuestión inflacionaria que internamente seca todos los bolsillos, y que el Gobierno quiere dominar con un programa basado casi exclusivamente en la recesión y reducción del déficit que producen los gastos superfluos. Loable tarea, pero sin tener en cuenta a los de abajo, y en este caso con consecuencias criminales.
Todo pasa, además, por el inquietante régimen cambiario y a cuánto ascenderá el dólar o hasta dónde se estirará la tasa de interés, siendo esto en una misma dirección lo que parece interesar de manera excluyente al Gobierno. Agreguemos, que la piedra fundamental de todo el edificio del modelo se basa en la cuestión fiscal. Asunto que no se pone en duda, aunque tampoco se seguirá complicando y produciendo muy serios problemas sociales para este modelo macro y pro mercado.
Pero bueno, la cuestión no es nueva. Si se quiere sintetizar se deberíamos indagar en la “ley ómnibus”, y ahora en los sagrados diez mandamientos, que el frenético Presidente ha denominado “Pacto de Mayo”, un sucedáneo rebuscado del célebre y muy serio “Pacto de Moncloa”, efectivizado con éxito en la España de Adolfo Suárez. Digo rebuscado porque al leer los tres puntos básicos, se intuye que lo único que se intenta es la “reducción de un 25 por ciento de la carga del Estado sobre la economía”, que según ellos de un modo ideal no debería sobrepasar los 3 puntos ideales. Mientras tanto que el hambre cunda.
Algo más para agregar, como si lo dicho fuera poco. Detrás de la cuestión fiscal está, obviamente, la áspera cuestión federal; es decir, la relación entre el poder central y los gobernadores provinciales, ya que gran parte de los recursos económicos pertenecen a la muy mentada “Coparticipación Federal”, que no solo se muestra como gasto sino que plantea en cómo se financia ese gasto, de dónde saldrán los recursos y quién los pone en un país fundido y dependiente del monocultivo de la soja. Ayuda del exterior. Difícil. También las empresas van a estar puestas sobre la mesa si se echa mano al problema fiscal; no solo porque en la Argentina se soportan en cualquier actividad económica con la carga abrumante del Estado, que aplaca con sus fondos cualquier iniciativa, sino también porque hay muchas empresas que hacen fortunas amparadas por un decreto (como se viene dando con el escandaloso asunto de los seguros), que beneficia a pocos y que se hace con impuestos o a través de subsidios y protecciones arancelarias. Es decir, fortunas que dependen del poder de turno.
En fin, como dice el viejo refrán, el camino del infierno está poblado de buenas intenciones. Aunque, por supuesto, no se debe olvidar que estamos en un país donde el pasado se repite a rajatablas y el gatopardismo está establecido sin intenciones de retirarse.