Este comentario lo escribí, nada menos, el 11-10-15, y lo pone de actualidad la vuelta a la palestra política del incombustible expresidente que, aupado en el Grupo Puebla, nos trae, mira por donde, un intento de unión de la entrañable familia Iberoamericana por su costado izquierdo. “Progresista”, vamos.
Penetro en campo minado.
Al inolvidable Zapatero, al que elegimos dos veces, debemos varios regalos que, todavía, no hemos acabado de agradecer.
Su insolente sentada, al paso de la bandera americana y su deserción de Irak, demolió nuestra amistad preferente con EE.UU. y sembró la desconfianza entre nuestros aliados.
Acabó con el espíritu de la Transición que, por una vez, por sensatez o por miedo, puso de acuerdo a casi todos los partidos y fuerzas sociales para elegir reforma ante ruptura y sentar las bases de esta duradera convivencia. Retrocedió hasta empalmar con la “legitimidad” republicana, negándola a las derechas.
Duplicó los efectos de la crisis económica internacional con su cazurra negativa a reconocerla y echó gasolina al fuego con sus primeras medidas ante ella. Emplazado por Bruselas, le hizo frente, por fin, adoptando medidas totalmente contrarias a su ideología partidaria y sus ideas personales (Véase Tsipras) y como un niño, ocultó, bajo la alfombra, los datos acusadores, haciéndonos perder la confianza y el prestigio ante nuestros socios y clientes.
Deseoso de emular a Suárez, abrió la puerta trasera de la frágil organización territorial, impulsando nuevos estatutos, con la reticencia o la negativa del PP. Reactivó los siempre problemáticos nacionalismos y regionalismos con sus peligrosas dudas sobre el concepto de nación y voló la presa del independentismo catalán al prometer aceptar el Estatuto que votara su Parlamento.
Animó a su franquicia en Cataluña, con sus dudas y tejemanejes, a pasarse al independentismo, quedando un residuo de convicciones nacionales nada firmes.
Llevó a su partido al estado de encefalograma plano capaz, solo, de emitir “recetillas” progres y orientarse, ansiosamente, hacia el poder. Hizo tierra calcinada de su organización y su estructura dejándola sin nadie que pudiera representar una esperanza de regeneración, lo que le llevó, en las siguientes elecciones, después de su abandono, a las cotas más bajas.
Soltó los puntos de la herida del sectarismo, en avanzado estado de cicatrización, que, ahora, vuelve a sangrar y supurar con vuelta al “cordón sanitario”.
Arruinó, con el chafarderismo político y relajación de controles, a la mitad del sistema financiero (Cajas de Ahorro) que ha necesitado ingentes cantidades de dinero, disparando nuestra deuda pública y erosionando nuestros presupuestos.
Relajó los controles de la licitación administrativa, de la financiación de los partidos y del gobierno de las entidades públicas, lo que agravado por la inoperancia y/o dirigismo de la Justicia, excavó, con la participación entusiasta del P.P., un pozo de corrupción que parece no tener fondo.
La estabilidad política y el bienestar político que encontró, le permitió surfear, sin agobios, lo que le hacía asombrarse de lo fácil que era gobernar. Consecuente, llegó a elegir ministros y altos cargos, casi por sorteo, rebajando, a
niveles nunca vistos, la exigencia para entrar en política. Muchos aceptaron esa idea y ahora los tenemos aquí con la pretensión de hacer lo mismo. Y exigen, como en otras ocasiones, el “cambio”, pero se refieren, no a ideas, sino al “quítate tú, que me pongo yo” y quieren hacernos creer que Rajoy, su gran obstáculo, un hombre preparado, entero y enemigo de zascandileos, es el Abuelo Cebolleta.
La heredada frivolidad de los planteamientos, la conversión de la política en espectáculo, secundada por los medios y la vuelta de la mirada a ideologías milagreras, que ya deberían estar superadas y olvidadas, ha desembocado en populismos de soluciones infantiles, nacionalismos mentirosos y fanáticos y debates arcaicos, que dan a la política española ese olor a rancio y pueblerino tan alejado de las exigencias de modernidad con que la ineludible globalización nos avasalla: Inmigración, competitividad, innovación, terrorismo, etc…
Esos ocho años fueron tremendamente negativos para España y ahora, en vez de ser la vacuna que nos permitiera afrontar los actuales y los próximos con una disposición más saludable, son la “taza y media”, de añejos vicios y defectos, con la que, diariamente, nos sirve el desayuno la desmemoria.