A pesar de los frenéticos esfuerzos de la extrema izquierda para paganizar la Semana Santa, a pesar de los días vacacionales y de ciertos canales de televisión, la realidad es que se impone el sentimiento profundo del pueblo español. En estos días lo que prevalece son las manifestaciones religiosas. La mayor parte de los oficios se celebran con los templos abarrotados y las procesiones desfilan por las calles de las ciudades españolas, cuando el tiempo no lo impide, flanqueadas por millares de fieles.
Durante la II República se intentó prohibir o limitar las procesiones. La reacción popular resultó determinante. Los actuales gobernantes del Frente Popular sanchista no se atreven a dictar prohibiciones. Inundan los hogares españoles de mensajes antirreligiosos y hacen una obsesiva propaganda en favor de las vacaciones.
El resultado es que hermandades y cofradías se multiplican y que las procesiones, año tras año, superan marcas de asistencia y de fervor. En la encíclica Sollicitudo rei socialis, el Papa Juan Pablo II, tras reconocer todas las dificultades con que se enfrenta el mensaje de Cristo en la sociedad contemporánea, subraya el sentimiento religioso profundo que permanece en incontables hogares y familias.
Está claro que la Semana Santa es una semana de vacaciones. También que en ella se conmemora la pasión y muerte de Cristo y que una parte sustancial del pueblo español participa del acontecimiento religioso de forma espontánea y a pesar de las obsesivas campañas hostiles de ciertos sectores de la política española. La objetividad exige reconocer una realidad que estos días se ha hecho incontrovertible.