Opinión

La evidencia discreta que cambió la historia

TRIBUNA

José Luis Martínez López-Muñiz | Viernes 29 de marzo de 2024

El mundo, o gran parte de él, celebra cada año, en día como este domingo de primavera, el hecho histórico seguramente más decisivo y determinante de cuantos se han acumulado en la variada historia de la humanidad. Algo de lo que tuvieron inicialmente noticia muy pocos, pero que, a medida que fue siendo conocido y reconocido, mostró una enorme potencia transformadora de la historia toda, primero del antiguo Imperio Romano, antes y después de su gran escisión en el occidental y el bizantino; luego, de los pueblos que conformaron lo que se llamó Europa, tanto en la tradición occidental como en la oriental; y, con el sucederse de los siglos, de todos los continentes, aunque gran parte del asiático sea aún el menos permeado por las consecuencias e implicaciones de aquel germen.

Sin este hecho extraordinario, que sobrepasa y excede cualquier experiencia humana ordinaria, es probable que nadie siquiera supiese ya de la existencia, en lo que ahora tenemos como siglo I, de quien precisamente es la razón de que empleemos tal numeración para el transcurso secular del tiempo. Jesús de Nazaret, tras más de treinta años de vida corriente, completamente inadvertida, muchos de ellos dedicada al ejercicio de un oficio en el que sí parece haber sido reconocido en su entorno y que habría continuado el de su padre, dedicó unos tres años a tratar de transmitir un mensaje y unas enseñanzas a las gentes de la Palestina de entonces, lo que acompañó de curaciones y otros hechos ciertamente asombrosos e inexplicables. Suscitó, sin embargo, una fuerte reacción de parte de los líderes religiosos y políticos de la nación judía, sometida entonces a la autoridad del Imperio Romano y acabó ajusticiado, tras una pantomima de juicio, todo él un auténtico escarnio, e increíbles vejaciones, muriendo en la Cruz, el peor de los suplicios, el día en que los judíos conmemoraban la Pascua en la que había comenzado su liberación, siglos antes, de su esclavitud en Egipto.

Si todo hubiera acabado en el sepulcro en el que dos ilustres personajes y pocas personas más colocaron su cadáver, muy cerca del montículo de la Calavera o Calvario, en la salida norte, entonces, de Jerusalén, es probable que su recuerdo no habría sobrepasado el siglo I: lo que duran los comentarios boca a boca en los círculos de parientes y conocidos un par de generaciones. Por muy inexplicables que fueran muchos hechos de su vida, de los que habría centenares, al menos, de testigos directos.

Pero Jesús acreditó su condición de Cristo, de Mesías Redentor y Salvador de la humanidad, y la autenticidad y completa verdad de cuando dijo e hizo en su vida, con el hecho insólito, sobrenatural, completamente extraordinario, de su Resurrección, evidenciada por lo que le ocurrió a la guardia que se había puesto en el sepulcro para asegurar que nadie se llevara su cuerpo muerto, por el sepulcro vacío –con la mortaja en que fue envuelto desinflada pero no deshecha- que se encontraron Pedro y Juan a primeras horas del primer día de la semana, terminado el sábado, y por las múltiples apariciones en que se mostró con su nueva identidad corporal a sus discípulos. San Pablo dice, en una de sus cartas, que llegó a aparecerse “a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía –escribe a los de Corinto hacia el año 57, poco más veinte años después de los hechos- y algunos ya han muerto”. Y añade, por cierto, que “en último lugar, como a un abortivo se me apareció también a mí, porque soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios”.

Es el mismo Pablo, al que la aparición extraordinaria de Jesús cerca de Damasco –tiempo después ya de su Ascensión, y, por tanto, cuando habían concluido las semanas en que convivió, resucitado, con sus discípulos más allegados- transformó de perseguidor en adalid de Cristo, dejó escrito en la misma carta a los Corintios que acaba de citarse, estas palabras rotundas: “si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados (…) y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres”.

Pero la Resurrección, como la vida misma toda de Cristo, no fue aparatosa, no se hizo de manera que los hombres hubieran de rendirse a la evidencia. Parece que Dios siempre ha querido contar con la libertad de cada ser humano, aunque a alguno o algunos les haya facilitado aparentemente más las cosas que al resto. Dios quiso contar especialmente con unos pocos y a ellos les dio más evidencias directas, pero para que, poniendo en juego su libertad y responsabilidad, su vida toda, le ayudaran luego a hacer llegar a todos, las verdades que Él ha querido transmitir.

La Resurrección de Jesús, el hecho más determinante de la Historia, fue una evidencia para unos pocos, y algunos más a lo largo de los siglos han sido receptores del mismo privilegio. Se trata, pues, de una evidencia que podríamos calificar de discreta, porque no se ha impuesto a todos a bombo y platillo, sino que se ha ido ofreciendo por los que la han tenido de manera extraordinaria –muchos de los cuales murieron por ella-, y, más habitualmente, por cuantos han creído firmemente en ella, en una cadena testimonial incesante y creciente, propiciada por la acción divina en el interior de los seres humanos, que el mismo Jesucristo enseñó como obra del Espíritu Santo, desde el Dios Trino y Uno que Él mismo esclareció.

Todo cuando ha significado y sigue significando el cristianismo en la historia, en la civilización y en la cultura, tiene ahí su fundamento.