La Monarquía parlamentaria, restaurada en España en 1975, se convirtió en una plataforma neutral sobre la que se han resuelto los problemas de la nación, una vez el pueblo español recuperó la soberanía nacional secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil. Don Juan III, hijo de Alfonso XIII, padre de Juan Carlos I, monarca inolvidable del que se cumplen hoy los 31 años de su muerte, lo tenía bien claro y, desde su admiración por la Corona británica, asistía a los avatares entonces de la Institución en el Reino Unido. Afirmaba Don Juan que el Príncipe de Gales no podía convertir a la Monarquía en un problema más porque la Institución es una plataforma sobre la que, con respeto a la continuidad histórica, se resuelven las cuestiones en debate atendiendo al bien común de la ciudadanía. Con motivo del matrimonio astillado de Carlos y Diana, empalidecidos los días de lujo y rosas, abrumado él por las heridas de la Historia, encendidos en ella los ojos de cierva azul y engañada, las cenizas sexuales se derramaron sobre la Monarquía más firme del mundo que sufrió considerables fisuras. La serenidad de la Reina Isabel II, tristemente desaparecida hace dos años, consiguió reconducir la situación.
Felipe VI mantiene la Monarquía con enorme sentido responsable en su posición clave de neutralidad. Doña Letizia por su parte está siendo una Reina impecable. Además, ha sabido educar a la Princesa de Asturias, Doña Leonor y a la Infanta Doña Sofía, conforme a las exigencias de la nueva situación española y europea. La Familia Real ha superado campañas hostiles y vicisitudes incontables y el pueblo español tiene conciencia de su ejemplaridad. Si Don Juan III viviera se sentiría orgulloso del reinado de Don Felipe y Doña Letizia. Y como las hilanderas de la Historia no pueden tejer en el siglo XXI otros tapices que los de la voluntad popular, le recordaría a su nieto la frase de Quevedo “que el reinar es tarea, que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”. Porque el Rey está para el pueblo, no el pueblo para el Rey. Y eso es lo que no deben olvidar los Soberanos de las Monarquías parlamentarias europeas, que se encuentran hoy entre los países políticamente más libres del mundo, socialmente más justos, económicamente más desarrollados, culturalmente más progresistas.