Opinión

Páginas de toros

TRIBUNA

Gastón Segura | Lunes 01 de abril de 2024

Cuando lean estas líneas ya se habrá celebrado la corrida del domingo de Resurrección; supone, ni más ni menos, que la apertura de pontifical de La Maestranza y la entrada en sazón del año taurino; el cartel anunciado, de relumbre: Morante, Roca Rey y el francés Sebastián Castella; toros de Mantilla; ganadería más bien joven encastada en Jandilla y Domecq, cuyo visado para figurar en tan solemne cita lo conquistó la vuelta al ruedo a Filósofo durante la Feria de Abril del año pasado. Ignoro que habrá sucedido, porque escribo este par de páginas con prudente anticipación; sin embargo, esta tarde, para mí, ha perdido parte de su ceremonial y, hasta si me apuran, de su esplendor desde la ausencia del mayestático Curro Romero. Porque Romero y don Rafael de Paula, ensalzados y maldecidos con igual fervor por todas las plazas de Iberia, encarnaban, con su bruja imprevisibilidad, lo verdaderamente legendario de este arte. De modo que, ahora mismo, sobre ese inefable podio solo queda José Tomás con su geometría de lo imposible, quien, con sus contados y espaciados paseíllos, no consigue sino acrecentar el ensueño de la afición.

Si bien, el toreo precisa de este anhelo, inflamado por tentaderos y tabernas, para poder tornarse luego fría pero sabia página literaria. De sobra lo sé porque me ha correspondido compartir horas y, en algún caso, hasta trabajos con escritores que nos han legado títulos de verdadero mérito sobre la tauromaquia. Por ejemplo; José María Moreiro, cuando, siendo corresponsal de ABC en Lisboa, se asiló alguna vez en mi apartamento durante sus venidas para recibir instrucciones de la dirección del periódico. Moreiro era inquieto como un zarandillo y tan disperso como sus escritos, que iban desde sus curiosas indagaciones biográficas sobre Machado y Miguel Hernández hasta sus breves ensayos sobre el austero Miguel Torga, cuya honda poesía intentaba propagar por Madrid ante la indiferencia general. Me quedó pendiente siempre un viaje con él para conocer a uno —si no es el único— gran novelista europeo vivo: Antonio Lobo Antunes, a quien, entonces e intrincadamente, tenía acceso. Al final, me disgustó su negativa para reeditar Unos pocos amigos verdaderos (1988), confesión biográfica del escenógrafo Santiago Ontañón, que si constituye un material precioso para cuantos necesiten husmear por las intimidades de la Generación del 27, no deja de ser un pasatiempo de pura carcajada para cualquier lector. Pues bien; Moreiro también publicó Historia, cultura y memoria del arte de torear (1994), un limpio y vasto anecdotario, provocador incesante del asombro de cuantos son ajenos a la lidia.

Durante aquellos mismos años noventa, me tocó no tanto colaborar sino más bien bregar hasta la extenuación con Perico Beltrán en unos guiones para televisión. Perico, todo un personaje del segundo medio siglo Veinte madrileño; caprichoso, incorregible y trapisondista, que solo se dejaba someter por Fernán Gómez, quien extrajo mucho de su prodigioso ingenio, como prueban sus libretos conjuntos, y aun por García Berlanga, cuyas películas —aunque no figure en los créditos— le deben alguno de sus mejores diálogos. Con todo —y todavía nos sorprende a quienes le tratamos— compuso el valiosísimo Diccionario de términos taurinos (1996), con dibujos esquemáticos pero de descripción precisa del añorado Alonso Santiago, que alcance a ver en su estudio y hasta arrancarle un boceto que conservo. Perico, por lo demás, comenzó sus andanzas para huir de Cartagena como novillero —véase al caso sus pases, suplantando a José Luis Ozores, en Calabuch (1956)—, y luego siempre anduvo amparado por los Bienvenida y, en ocasiones, por Paco Camino; por tanto, de toros, era un repertorio inagotable, bien que sarcástico cuanto desternillante. Asunto distinto era sentarlo a escribir; ahí comenzaban los problemas… Pero, vaya, se produjo el milagro y nos dejó ese inapreciable tesauro.

Y he aquí que, hace dos semanas, el profesor Andrés Amorós presentó en Madrid El arte del toreo, su décimo primer título sobre la tauromaquia, y como su inaugural en la materia, Toros y cultura (1987), y su redondeo, Toros, cultura y lenguaje (1999), de neta intención didáctica pero, en este momento, oportunísima. Digo esto porque el mundo rural mengua sin cesar en España, y sin él, no hay trato veraz con los animales, cuanto hace difícil comprender la necesidad física de las suertes y, a la vez, el comportamiento del berrendo durante la lidia. Sobre estas consideraciones fundamentales, como sobre el nacimiento, lances y reglamentos del toreo discurre el libro, más ochenta y tantas semblanzas de matadores empezando por el mitológico Pedro Romero y acabando con el colosal Roca Rey; por eso se subtitula “enciclopedia práctica”. En fin; un gentil vade mecum para apreciar lo visto o por ver desde un tendido en las tardes que ya se anuncian. Y no crean que su prosa, a fuer de ser ligera para cumplir con su propósito docente, resulta manida; al contrario, es amena y grácil como acostumbra, y por momentos, también sabrosa, con el empeño siempre de iniciar al lector en un espectáculo del que, cuanto más se entiende, más pasma y sobrecoge.

Y respecto a cuanto sucede; batirse y festejar con toros, desde los Reyes Católicos —como recoge alguno de estos títulos—, ha soportado sucesivas y sañudas prohibiciones, con especial encono de la Iglesia, y las autoridades actuales harían bien en tenerlo presente y dejarse de pontificar al rebufo de las modas, porque, en el mejor de los casos, solo delatan su ignorancia, y en el peor…