Los Lunes de El Imparcial

Benito Pérez Galdós: El crimen de la calle Fuencarral

Crónicas

Domingo 07 de abril de 2024

Prólogo de Lorenzo Silva. Siruela. Madrid, 2024. 82 páginas. 15,95 €. Libro electrónico: 8,99 €.

Por Rafael Fuentes



El día 2 de julio de 1888 los vecinos del edificio sito en la madrileña calle Fuencarral avisaron a la Policía. Estaban muy alarmados, pues del 2º piso izquierda salía un fuerte olor a petróleo y carne quemada. Cuando las fuerzas del orden acudieron, comprobaron que la preocupación de los vecinos estaba muy justificada. En una habitación cerrada del piso, hallaron el cadáver prácticamente carbonizado de su propietaria, Lucía Borcino, viuda de Vázquez Varela, quien antes había sido apuñalada Y en el cuarto de al lado, a su sirvienta recientemente contratada, Higinia Balaguer Ostalé, desmayada, bajo el efecto de un potente narcótico. Y, junto a ella, el bulldog de Lucía Borcino. El suceso causó un tremendo impacto en la sociedad española de la época, deseosa de conocerlo en detalle.

Este deseo de conocer tan macabro crimen en el que al principio se barajaban varios sospechosos –la criada Higinia Balaguer, el hijo de la víctima, actuando en solitario o con la ayuda de cómplices-, en una hipótesis tras otra, provocó que la Prensa no parase de dar información, convirtiéndose el caso en uno de los primeros, y sobre todo, más tratado, que hicieron correr ríos de tinta. Pero, sin duda, no todo lo que se escribió tiene el mismo valor. De ahí que destaquen muy especialmente las crónicas de Benito Pérez Galdós a través de las cuales el suceso traspasa nuestras fronteras. En esos años, el gran escritor canario colaboraba como corresponsal para La Prensa de Buenos Aires. En forma de cartas enviadas a su director, el autor de Fortunata y Jacinta dio cumplida cuenta del asesinato de la viuda de Vázquez Varela, desde su comienzo hasta que, tras el juicio, se dictó sentencia en mayo de 1889. Ahora, con acierto la editorial Siruela las recupera, con el valor añadido de un prólogo de Lorenzo Silva.

Silva alaba con razón el trabajo galdosiano que, además, como bien apunta, “da pie a reivindicar para la narración criminal en español una tradición que va más allá de la usual subordinación a la anglosajona”. Como en no pocas ocasiones, ensalzamos solo lo foráneo para olvidarnos de lo nuestro. En este caso, el género del llamado true crimen (crimen verdadero, crimen real), que tiene una larga historia, donde las muestras de valía -recordemos la célebre “novela de no ficción” A sangre fría, de Truman Capote-, conviven con otras que no lo son tanto, buscando sobre todo el sensacionalismo.

No es este el que persigue Pérez Galdós, quien entremezcla con maestría la observación, la información, el análisis... de los hechos y sus protagonista. Por ejemplo, la víctima, a quien con pocas pinceladas caracteriza de maravilla: “La viuda de Varela era suspicaz y desconfiaba de todo el mundo. Tenía, sin duda, presentimiento de su fin desastroso; escondía el dinero en lugares secretos, y a veces llevaba en el seno grandes sumas de billetes de banco. Temerosa de que la envenenaran, se confeccionaba su alimento. Al propio tiempo que deploraba las consecuencias de la malísima educación dada a su hijo, le quería entrañablemente, y hace dos años, cuando aquel desnaturalizado monstruo atropelló a la que le había dado el ser, la infeliz madre declaró ante el juez que se había ocasionado las heridas por un accidente fortuito, librando de este modo al criminal de la pena que merecía”. Impagables son también las descripciones del juicio, cuyo veredicto, afirma Galdós, ‘no satisface a nadie” y que puede que “dará mucho que hablar todavía”.

Evidentemente, el crimen en sí llama la atención, pero lo que nos importa es cómo lo aborda Pérez Galdós, huyendo del infundio, lo superchería o lo más escandaloso. Muy bien resume Lorenzo Silva: “Representa un tipo de narrador mucho más sobrio y responsable, que tiene como premisas de su labor la búsqueda de la verdad plausible, a partir de los hechos contrastados, y una comprensión lo más profunda posible de la compleja condición humana, que es, en definitiva, el manantial del que acaba brotando, por razones que no tienen nada de esotérico, la conducta criminal”.

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