En el prólogo inicial de la “ópera chica” Adiós a la bohemia (1933), el vagabundo-narrador de la historia que veremos representada —un “poeta fracasado”, en sus propias palabras— se justifica mediante las siguientes palabras: “He tenido que evocar el Madrid de los suburbios de hace años, el cafetucho de barrio, el violinista melenudo, la confabulación lamentable del artista que fracasa y de la mujer que se malogra. ¡Realismo! Realismo, cosa amarga, triste... Vale más vivir en el sueño... ¡en el sueño!” Magnéticas palabras que pronto generan el esperado efecto de hipnosis en el espectador. El libreto de Pío Baroja y la música de Pablo Sorozábal serán piezas fundamentales en la recreación escénica de esta capital española de principios del siglo XX: castiza, marginal, callejera, poética y a la vez dura y cruel. Ese Madrid perdido funciona como aglutinante de texto y partitura, un inmenso océano urbano donde desemboca esta originalísima colaboración entre el escritor del 98 y el compositor donostiarra.
Sorozábal se sentía fascinado por aquellos escritores capaces de describir con esa mezcla de belleza y aspereza la ciudad metropolitana. Tanto que volvería a tomar a Madrid como protagonista más adelante en el que se convertiría en su proyecto más ambicioso y difícil. Para él, su mejor obra. Nos estamos refiriendo a Juan José (1968). Si en Adiós a la bohemia el músico le había adjudicado el subtítulo antes mencionado —resulta casi una contradicción situar los términos “ópera” y “chica” juntos, pero era inevitable por cuanto el segundo alude a ese género zarzuelístico tan nuestro (e injustamente llamado “chico”)—, en este caso Sorozábal denominará a su nueva obra como “drama lírico popular” —especificándose “popular” en el sentido “proletario” y no “folclórico”—. Su argumento adaptaba la obra de teatro homónima de Joaquín Dicenta escrita en 1895, con la que se inauguraba el género del drama social en España. Pero no nos engañemos: la obra que crea Sorozábal a partir de esta pieza teatral setenta años después es una auténtica ópera con mayúsculas. Y, en todo caso, una “ópera proletaria”, pues el tema principal versa, además de sobre las miserias de la población marginal —en Adiós a la bohemia eran pintores o prostitutas—, sobre las condiciones miserables en que vivía la clase obrera de la época, además de los abusos perpetrados por aquellos de quienes dependían. Una obra plenamente política por humana, un fresco de las injusticias creadas en y por la sociedad en el momento en que los propios individuos generan sus desigualdades por interés y egoísmo.
Sorozábal afronta una composición plena de matices aunque difícil para un público acostumbrado a sus trabajos más conocidos. Aquí no hay concesiones estéticas a la tradición sino al contrario: un universo compositivo innovador, valiente en el empleo de mixturas melódicas, abundante en recitativos, en dramatismo e ironía esperpéntica. En definitiva, un Sorozábal absolutamente descarnado que despliega con sabiduría sus conocimientos y talento como creador. La oscuridad que se cierne sobre la historia se contagia en el pentagrama, es una obra redonda y madura, la que siempre quiso hacer el maestro y la que tantos sinsabores le trajo. Tanto que nunca llegó a verla estrenada. El teatro lírico español no estaba preparado para ella. Una perla en el desierto injustamente dejada a su suerte. Lo decía el maestro, en España no había cultura ni sensibilidad musical suficiente. “Yo no me he casado con nadie. [...] Solo con la verdad y con la justicia”, afirmó en su última etapa. Con opiniones de este tipo se granjeó tantas admiraciones como enemistades. Su poderoso sentido de la ética e insobornable personalidad fue en contra de su arte, pues no quiso pasar por determinados aros políticos o sociales y ésto le impidió visualizar su obra en la medida en que ésta merecía. Sorozábal tenía una fuerte conciencia social y artística, a lo que se añadía un carácter que podía resultar duro y desconfiado. La vida le había dado motivos suficientes. Afortunadamente, su trabajo está siendo puesto donde corresponde y una de esas victorias ha sido, precisamente, poner en pie Juan José. Primero en versión de concierto en el Auditorio Kursaal de San Sebastián (2009) y posteriormente en versión escénica en el Teatro de la Zarzuela (2016). En 2020, Musikene editó su primera grabación en CD bajo la batuta de José Luis Estellés.
Ahora, vuelve a las tablas por segunda vez y en el mismo lugar en esta versión escénica de José Carlos Plaza y musical de Miguel Ángel Gómez-Martínez. La escenografía de Paco Leal—apoyada en las imágenes de Enrique Marty— logra generar un ambiente opresivo y de pintura goyesca o solanesca, casi barjolesca. Ya no queda espacio para el colorido lírico, sino oscuridad de taberna y cárcel, de pobreza y frío. La violencia siempre latente desnudará todavía más a unos personajes carentes de artificios, embrutecidos y bien defendidos por un reparto de intérpretes que está más que a la altura. En el estreno del 4 de abril, quienes pudimos asistir como público disfrutamos de Juan Jesús Rodríguez como Juan José, Saioa Hernández como Rosa, Vanesa Goicoetxea como Toñuela, María Luisa Corbacho como Isidra, Alejandro del Cerro como Paco o Simón Orfila como Andrés. Cada uno de ellos hizo creíble esta fábula demasiado real, donde un obrero analfabeto se enamora de una mujer que parece simbolizar la salvación de su desilusión y miseria, pero donde pronto tercia también una vieja alcahueta que busca que ésta se engatuse del jefe del primero. La tragedia está asegurada, pero también la ilusión de poder ver una obra tan esperada, y que finalmente ha entrado a formar parte de nuestro repertorio más valioso.