Opinión

Las pequeñas cosas

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 15 de abril de 2024

Disfrutamos cuando viajamos por esta España nuestra; no hace falta irse tan lejos. Azorín pensaba en el paisaje castellano, por ejemplo, y en las viejas ciudades. Y es verdad que la poesía lírica y la belleza pura ahora puede uno encontrarlo entre los restos vivos de este viejo pueblo que es España. En sus llanuras dilatadas e inmensas, de donde venimos algunos, con esa lejanía de cielo radiante y la línea tenuemente azul que tan bien describió Azorín, nada turba el sigilo. Sí, en las pequeñas cosas varía poco el mundo y el mundo, tan complejo, siempre encuentra refugio en las cosas sencillas, que decía Oscar Wilde, que de temas mundanos sabía más que nadie.

Las cosas pequeñas siguen teniendo prestigio, aunque están calladas, quietas, como observándonos en una espera inmóvil a que les prestemos atención, a que las animemos, en definitiva. El campanario es una de ellas, con sus techumbres medievales, o el camino de Delibes, que se nos anticipa serpenteando, en el que corríamos a jugar con los primos mientras escuchábamos la liturgia de las ranas o el olor tierra mojada nos anticipaba el bendito chaparrón. Nuestros padres también se van volviendo, con los años, esas cosas pequeñas a las que dejamos de mirar de hito en hito, esperando una respuesta, como cuando éramos niños, sin rechistar, pendientes de su palabra, que era el verbo de los padres: sagrado siempre. Cada día nos gusta más lo vetusto, con su vetustez dignísima, de la que hay señales por todas partes, resistiéndote a desaparecer. Madurar es no admitir la muerte, el fin de las cosas, tratar de salvar los restos del naufragio, cuidar… Todo lo que se emparente con un parador o un mesón, una tahona castellanísima, una calle estrecha donde regatones y talabarteros mantienen abiertas sus tienditas recogidas lleva las de ganar.

Pasear debajo de los soportales de la calle Mayor de Alcalá de Henares o en la plaza Mayor de Salamanca o de Valladolid, en un viejo paseo tan nuevo cada vez, es una pequeña epifanía, porque también vemos en ese recreo andariego, por encima de modas y amaneramientos, la esencia de las cosas, que casi siempre descansan en las piedras, que nos recuerdan el milagro de vivir. La nobleza austera, los viejos cantares de gesta, los ciegos que cantan los últimos romances, aquella señora que con sus manos ensarmentadas trata de trenzar un cestillo… Todos son convocados al claroscuro de la historia. Cuántos viajes y cuántos recuerdos por la España grata y joven, adonde van las muchachas y los chicos a besarse el fin de semana, delante de las venerables catedrales, respirando a plenos pulmones en un sosiego reconfortante mientras nuestros pasos resuenan por todo el claustro. Qué memorable su contemplación, como hicieron otrora tantos poetas, los místicos, que nos vuelven a acariciar el alma entre un pobre de la plaza y las estatuas de hombres ilustres si abrimos un poemario suyo y los evocamos en el mismo lugar, con varios siglos de distancia.

Es ese goce, el de las pequeñas cosas, el que nos alegra la existencia cada día sin que nos hayamos dado cuenta; ahora que se aproxima el estío en lontananza: hagamos turismo de ellas, ser turistas del propio país en el que nacimos y ser, al mismo tiempo, sus viejos vecinos. Hay en esta España ignota palacios de vastas salas, museos selváticos y fantasmagóricas y encantadoras galerías de retratos: un país esparcido en ventas, mesones y paradores centenarios, entre columnas, frescura y silencio, dispuesto más que nunca a ser redescubierto. Hay una España charladora, afable, ingeniosa, escéptica y antigua, la de los mayores que un día fueron niños también pendientes de este rapto súbito de la palabra de sus padres. La felicidad, a diferencia de las proclamas del innoble cacareo político, puede tener toda la magnificencia que queramos.

Twitter: @dfarranz