Cristina Hermida del Llano ha publicado el pasado año 2023 un importante libro titulado “Justicia racial, Derechos y Minorías” (Ed. Tirant lo blanch, Valencia). A pesar de que aparentemente se trata de una noción que todo el mundo cree entender, el primer capítulo del libro expone las numerosas dificultades para una definición del concepto minoría. Por ejemplo, la minoría chiita domina en Siria a la mayoría de la población, que es sunita. No se piensa ciertamente en situaciones de este tipo cuando se utiliza el vocablo minoría. Más bien nos referimos a colectivos humanos que, por un motivo u otro, están marginados y sus derechos no están suficientemente reconocidos.
Por otra parte, los habitantes del Cantón Ticino forman una minoría en la Confederación Helvética, pero quienes hablan la lengua del Dante son una aplastante mayoría en la más extensa República italiana. Caso aparte es el de los gitanos. Son una minoría en todos los estados donde están presentes. Digamos del paso, que el concepto de minoría hace referencia siempre a los 195 Estados reconocidos como soberanos e independientes por el Derecho Internacional a principios del año 2024.
En 1971 la ONU encargó a un Relator Especial, Francesco Capotorti, un estudio sobre la definición y clasificación de las minorías. En este informe se alude a las características étnicas, religiosas o linguísticas, que delimitan suficientemente una minoría. Se pone el énfasis en aspectos objetivos. No haría falta una definición para entender algo que salta a la vista. Pero, como observa agudamente Hermida del Llano, se pasan por alto los aspectos subjetivos: ….uno de los criterios que debería primar es el de la ‘vulnerabilidad del grupo social’ …. cuando los derechos puedan verse desprotegidos” (Pag. 37). Hay que tener en cuenta también la marginación social que los miembros de un grupo perciben y sufren en el interior de sus conciencias.
El libro contiene una información exhaustiva y actualizada de las diversas iniciativas que han surgido últimamente en Europa para proteger a las minorías. Se dedica una mención especial al tema de los gitanos. En el centro de Europa viven casi diez millones de romaníes, presentes sobre todo en Rumanía, Hungría, Bulgaria y Chequia. Como muestra de este problema basten las palabras del Presidente de la República checa, Milos Zeman en 2918, quejándose de la insolidaridad de los gitanos: en la época soviética se les obligaba a trabajar cavando zanjas, y si se negaban a trabajar iban a la cárcel. (Pag.163). Hermida del Llano dedica muchas páginas a la situación de los gitanos en España.
Sin entrar en el detalle de la documentada exposición histórica y jurídica que la autora hace en torno al problema de las minorías, lo que más llama la atención es que no se menciona nunca la distinción entre valores éticos y estéticos. Por muy confusos o ambiguos que parezcan los múltiples aspectos concretos de este tema, en axiología teórica está perfectamente claro el siguiente principio: en ética no hay minorías; las minorías, o son naturales o son estéticas.
En efecto, la Regla de Oro para saber que A es un valor ético u obligatorio reza así: si todos los humanos, todos sin excepción, vivieran de acuerdo con A, todos saldrían ganando y nadie perdiendo. Obviamente la Regla de Oro se contradice con la noción misma de minoría como un grupo que tenga derechos éticos distintos del resto de los ciudadanos, da igual ahora si mayores o menores. Todas las personas tienen exactamente los mismos deberes en ética y por ello los derechos que de ella emanan tienen que ser iguales para todos los humanos. Los llamaremos derechos éticos, como el derecho a votar, por ejemplo.
Si los humanos fuésemos de verdad inteligentes, ya se habría construido un único Estado Mundial en que los derechos éticos, sean de tipo político, civil, administrativo o penal, fuesen los mismos para todos los humanos.
Sin duda hay entre los humanos enormes contrastes provenientes de la naturaleza. Las calificamos como étnicos o raciales. En primer lugar está el sexo; hay hombres y mujeres. Y luego múltiples y obvias diferencias: altos y bajos, rubios y morenos, listos y tontos, gordos y flacos, sanos y enfermos, etc, etc. Aquí encontramos las minorías naturales antes aludidas.
¿Cómo conciliar la igualdad en derechos éticos con las diferencias naturales? A veces se intenta estúpidamente legislar contra la naturaleza. ¿Deberían variarse las reglas del baloncesto para que los no crecidos en estatura pudieran tener acceso a este deporte con el mismo éxito que los individuos que son altos? se pregunta irónicamente Hermida (Pag. 305). Buena parte de la ideología de género, que tanto se despacha hoy día, está impregnada por esta absurda esperanza de enmendar a la naturaleza por ley. El sentido común aconseja contentarse más modestamente con medidas concretas, como por ejemplo reservar espacios en exclusiva para que aparquen conductores minusválidos.
Las diferencias económicas provienen en gran parte de la naturaleza. Nacemos pobres si nuestros padres lo eran. Además los pobres suelen ser por desgracia una mayoría en vez de una minoría. Pero también aquí hemos de renunciar a una igualdad perfecta y contentarnos con medidas prácticas y efectivas. La tecnología informática actual permite poner en marcha un sistema de Renta básica, como se dice en la jerga de los economistas, que complete lo que falte en los ingresos de una persona hasta llegar al mínimo exigido por la igual dignidad de todos y cada uno de los ciudadanos. Y también por la dignidad de los menores de edad que alguien pueda tener a cargo. Puntualiza Hermida: Cuando me refiero aquí a arbitrariedades estoy pensando en lo que Rawls denomina “la arbitrariedad de la fortuna” en la medida en que de ésta no puede depender la posibilidad de que los individuos tengan o no acceso a los bienes primarios (Pag. 301).
Pasemos a las minorías estéticas. En la escala valiosa, la estética sigue en altura a la ética. Las desigualdades, que son tan odiosas en ética, se hacen valiosas en estética. Lo odioso en el arte es precisamente la monotonía, la repetición, la carencia de inventiva o novedad. En los valores estéticos, lo que enriquece a todos es la variedad. Y por deber-ser estético se entiende lo que es a la vez no obligatorio y enriquecedor de la persona. No se trata sólo del arte. El que intenta resolver un crucigrama está viviendo una genuina experiencia estética. Llamemos derechos estéticos a los que aseguran el ejercicio plenamente libre de cualquier iniciativa
estética. Estamos ante las minorías estéticas, antes aludidas.
Ya los medievales enunciaron la regla nulla aesthetica sine ethica. Los valores estéticos presuponen el cumplimiento previo de los valores éticos. La diversidad estética sólo es valiosa, si se respeta antes la igualdad ética. Todo intento de introducir injustas diferencias en ética con el pretexto de diferencias valiosas en estética es un torpe atentado contra la axiología. Por ejemplo, el cupo fiscal vasco o navarro. No digamos si se aspira nada menos que a la independencia política. No hay mejor ejemplo que el de los nacionalismos para ilustrar este radical error de convertir las valiosas diferencias estéticas en odiosas diferencias éticas. La lengua, la literatura, el arte, las costumbres, la tradición histórica y el folklore son valores estéticos. Jamás pueden justificar que surja un nuevo estado independiente. Ya hay bastante con 195. En todo caso de trataría de reducir este número, no de aumentarlo. El más desastroso ejemplo en este sentido ha sido la reciente desintegración política de Yugoslavia. Nada ciega tanto la inteligencia humana como los nacionalismos. Destrozan la ética en nombre de la estética.
El deber-ser estético no es obligatorio. Es sólo opcional o permitido. Pero prohibir o dificultar el ejercicio de derechos estéticos se convierte siempre en una violación ética. Se pisotea la igualdad ética entre personas, independientemente de que el derecho conculcado haya sido ético o estético. En caso de conflicto, el derecho a ser iguales a los demás en ética prevalece sobre el derecho a ser distintos de los demás en estética.
Hablando más en general, los principios axiológicos suelen estar claros en teoría. Pero su aplicación en la práctica al caso concreto no está escrita en ningún libro. No hay más remedio que invocar la virtud formal de la Prudencia. Hermida va incluso más allá. Si no se logra garantizar el cumplimiento de lo que se recoge jurídicamente,la regulación de la ciudadanía en abstracto se vuelve en un dispositivo más de poder y dominación (Pag. 299).
Un ejemplo de esta necesidad de la Prudencia lo tenemos en la actual presión migratoria que sufren Italia, Grecia y España. Estos países no pueden oponerse en teoría a que los magrebíes quieran venir. Tienen derecho a mejorar su nivel de vida. Mucho más, si van a trabajar en lo que los europeos no queremos ya hacer. Pero en la práctica la emigración masiva e incontrolada es inasumible. La prudencia es más que nunca necesaria para encontrar el deseable equilibrio entre teoría y práctica en esta tan peliaguda cuestión.
Afortunadamente está más claro cómo luchar contra otras discriminaciones abusivas. No se puede perseguir en Cataluña la enseñanza en castellano. O dificultarla de una manera u otra. La Prudencia ofrece aquí tema una solución bien sencilla: el cheque escolar. Que todo el dinero necesario para las enseñanzas primaria y secundaria esté en manos de los padres de familia y no al arbitrio de los políticos. Entraría dentro de la Renta Básica antes aludida.
En la parte final del libro la autora se extiende sobre otros aspectos de esta dificultad general de aplicar los principios axiológicos a los casos concretos. No es el caso de descender a detalles que escapan a la longitud de este comentario. Sólo la atenta lectura del libro puede ser provechosa. Ante todo a los políticos que realmente se preocupan por el bien común. Pero también a quienes se interesen por soluciones sensatas que concilien la Axiología teórica con la Prudencia práctica.