Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 10 de noviembre de 2008
La noche de su impresionante triunfo la cara, los gestos y las palabras de Obama fueron de una extraordinaria elocuencia. Este hombre, al que su color no le debe haber facilitado las cosas y que todavía no había siquiera completado su primer mandato en el Senado, se ha alzado con una de las victorias electorales más contundentes de todo el siglo XX. Y lo ha hecho cabalgando en la cresta de una ola de entusiasmo popular que ha creído ver en él más que al heraldo de una nueva era a una especie de mesías prometido que va a traer la paz y la prosperidad a todos los norteamericanos y, de paso, a todo el mundo. Como si ya se hubieran hecho realidad las promesas implícitas en el famoso “tengo un sueño” de Martin Luther King, pero también todos los futuros resplandecientes que intuyeron los Padres Fundadores y todos los profetas de ilusiones que ha habido a lo largo de los siglos. Le han votado los que nunca votan, los que desean un cambio aunque no sepan muy bien hacia donde, los que siempre echan la culpa a otros de que las cosas no vayan bien, aunque hagan poco por mejorarlas, los maniqueos que dividen a la humanidad en buenos y malos y que, sin dudarlo, se sitúan a sí mismos en el lado de los buenos. Se ha llamado Generación X a estos votantes, jóvenes en muy buena medida. Una juventud que algún corresponsal ha definido como descreída, sin complejos, socialmente distante, sin interés por la política y fóbicos a cualquier clase de compromiso…
En la noche americana del pasado día 4, la cara de Obama parecía estar tomando conciencia de esta compleja realidad que le ha llevado al poder y que va a ser su base política. Además de la legítima alegría por un triunfo que le ha costado tanto esfuerzo y tras un largo proceso en el que ha vencido a notorias figuras del establishment americano, como Hillary Clinton y McCain, en el rostro de Obama parecía adivinarse una plena conciencia de la enorme responsabilidad que le ha caído encima. Nadie había suscitado en la reciente historia de los Estados Unidos tantas expectativas como él y, muy posiblemente, aquella noche ya se estaba preguntando Obama cómo podría satisfacerlas. Hacía mucho tiempo que ningún presidente americano llegaba al poder en unas circunstancias tan difíciles como él. Sólo Wilson, que tuvo que decidir la entrada en la I Guerra Mundial o Franklin D. Rooselvet que, además, de con las consecuencias de la Gran Depresión tuvo que decidir la posición de su país ante la II Guerra Mundial, vivieron tiempos tan turbulentos. Aunque a Rooselvet los japoneses le resolvieron el problema con el ataque a Pearl Harbour. Obama llega a la Casa Blanca con dos guerras en las que la victoria se les resiste y con una situación financiera y económica que nadie sabe cómo hincarle el diente. Además de una situación interior en la que esas nuevas generaciones –pónganseles la letra del alfabeto que más les guste- están dispuestas a pedirlo todo pero a dar más bien poco. Ciertamente vivimos otros tiempos pero ahora no tendría ningún porvenir un político que, como Churchill en 1940, prometiese “sangre, sudor y lágrimas”. Obama –que ha prometido todo lo contrario- tendrá que definir mejor sus proyectos fiscales, sus ideas sobre el comercio, que tienden a un proteccionismo que es un callejón sin salida o su promesa de una sanidad universal cuya financiación parece inabordable en estas circunstancias. Sólo por referirnos a algunas de sus más reiteradas promesas.¿Dónde quedan el individualismo y al ética del esfuerzo que han hecho a los Estados Unidos? Porque el famoso sueño americano jamás ha sido gratis.
En el ámbito de la política exterior se pide de Estados Unidos que “regrese” al mundo y asuma el multilateralismo. Fácil de decir pero mucho más difícil de hacer realidad. Su principal problema será recuperar el prestigio de los Estados Unidos en el mundo mientras prepara una salida de Irak que no va a ser fácil, al tiempo que convence a los aliados para que envíen más tropas a Afganistán. Este “aliado fiel” que va a ser España ¿estará dispuesto a aumentar su contingente en el país asiático? Por cierto, ¿no es la fidelidad una virtud más matrimonial que política? ¿No sería mejor hablar de “lealtad”? ¿Cómo va a enfrentarse Obama con una Rusia cada vez más autoritaria y decidida a recuperar su zona de influencia? ¿Abandonará a Georgia? ¿Se olvidará del escudo antimisiles? ¿Se entrevistará con Ahmadineyad como ha prometido? Cada una de estas preguntas implica un problema de enormes dimensiones. Y finalmente, ¿qué van a hacer a partir de ahora los que profesan el antiamericanismo casi como una religión civil? Para todos ellos Obama era, no diremos, por razones obvias, que la gran esperanza blanca pero sí algo parecido. Yo creo que algunos pensaban que Obama era tan antiamericano como ellos y se van a llevar el gran chasco a partir del 20 de enero.
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