Juan José Alonso Millán | Lunes 10 de noviembre de 2008
Nati Mistral en la actualidad, está que se sale. Confiesa ochenta años, pero aparenta setenta y nueve. Hace unos días, la cité a cenar en Mayte Conmodore, con la pretensión por mi parte, de que hiciera la última comedia escrita por un servidor. Puntualidad exquisita. No permitió que la fuera a buscar. La cena era en la terraza y Nati subió agilísima las escaleras. Vive sola sin ayuda de criada alguna, en un chalé de la colonia del Viso de dos plantas con piscina. Una mujer con esa energía y esa vitalidad, no entraba en sus cálculos una comedia normalita, de las de sofá y tomar el té, para un teatro de Madrid. Salía por estas fechas para Miami y Buenos Aires, para cumplir un contrato, recitando a los clásicos con canciones españolas. Por esas tierra la adoran igual que en España. Para Nati, los viajes en avión a América son algo cotidiano que la relajan y la mantienen en plena forma.
Nati viene del musical. Para mí, el género más divertido y para un intérprete, el trabajo más completo. Hay que cantar, bailar, actuar, emocionar o hacer reír con una orquesta de treinta profesores. El gran Luis Escobar, la contrató para “Te espero en Eslava”, al lado de otro genio de Talía, llamado Tony Leblanc, a la sazón novios y residentes en Madrid. Los eran unos niños. Más niño Nati, por supuesto. Nati hizo cine, sin abandonar el teatro y siguió cantando. Éxitos, discos, recitales, todos los premios y el aplauso constante del público que la adora.
Joaquín Vila fue su marido, no el director de El Imparcial, sino su tío. Un caballero, culto, simpático y bien educado. Le recuerdo dirigiendo el Casino de la Mange. Entendió perfectamente lo que era la convivencia con una artista como Nati Mistral. Asi estaba la cosa, cuando llegó…
Divinas Palabras de Valle Inclán. Sin duda alguna, la obra más excelsa que el teatro español haya producido desde los siglos de oro. Fue montada por José Tamayo en el teatro Bellas Artes. Y ahí estaba Nati Mistral subida en el carro de eno. Esa mujer indomable María Gailo; guapa, esbelta, sensual y aburrida en el papel de esposa de un ridículo e incapaz sacristán. Para desarrollar este singular personajes hacen falta unas cualidades artísticas nada comunes; perfecta dicción embeleso, dosis inteligente de humor negro, aliento dramático y cantidad de fuerza física. Un papel que se las trae. Esta obra, representada en casi todo el mundo, dudo que alguna María Gailo haya superado el trabajo de Nati. El genial Don Ramón, el de las barbas de chivo, hubiera estado encantado de haberle conocido.
Le recuerdo en una obra de Lopez Arande, “Isabel Reina de Corazones” triunfando como loca, a base de dejarse el alma, sacando las tripas al personajes más obvio. Nuestra cena, aquella noche de verano, no cuajó por culpa de su abrumador trabajo y yo lo lamenté, pero me encantó verla con la ilusión de la que empieza en el oficio.
Conversar con Nati es un placer inigualable, sobre todo no cortarla. Con exacta bis cómica, imitando los personajes, relata miles de anécdotas, fruto de larga carrera, al lado de los intelectuales más importantes del país.
Ha terminado su función de Gala con Concha Velasco, que la ha tenido ocupada un par de años, con viajes y hoteles incluidos. Luego una función dramática en el Muñoz Seca y ahora, a cruzar el atlántico, para seguir currando. ¿Qué les parece esto de la jubilación a los cincuenta años, como propone no sé quién? Nati no se jubilará nunca, que es lo bueno. Le basta la dedicación al oficio, para ser feliz y recordar aquellas divinas palabras, que le lanzaba su marido, el pobre sacristán…”qui sine peccato, primus in illian lapidem mittat…” mientras conduce a su mujer a través del atrio, sobre las losas sepulcrales.
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