Tras la Corona, tal vez sea la Guardia Civil la institución más admirada y respetada por el pueblo español. Desde hace muchos años, en el desfile del día nacional, los madrileños dedican los más encendidos aplausos a esa Guardia Civil que el sanchismo ha desterrado del tráfico de Navarra.
Pedro Sánchez necesitó los seis escaños del partido heredero de ETA, Bildu, para conseguir su investidura. Los sigue precisando para aprobar los Presupuestos Generales del Estado y el resto de las leyes. Y, claro, con el fin de mantenerse en el poder, cae de rodillas ante las exigencias bilduetarras. Ha regalado a Bildu la alcaldía de Pamplona, ha acercado a los presos etarras y ha cubierto de dinero, directa o indirectamente, al partido. Ahora le ha concedido echar a la Guardia Civil del control del tráfico de Navarra y, según analistas habitualmente bien informados, facilitará la salida de las cárceles vascas de los presos criminales, condenados por terrorismo.
Son muchos los españoles que se han indignado ante la agresión sanchista a la Guardia Civil. El presidente del Gobierno no ha vacilado en atender las exigencias de Bildu, con tal de contar con los escaños que ese partido mantiene en el Congreso de los Diputados y que contribuyen de forma decisiva a que el líder socialista permanezca en el poder. No lo tendrá fácil Pedro Sánchez, sin embargo. Debe atender y contentar a la veintena de paridos que le sostienen, dos de ellos, PNV y Junts, de derechas.
Felipe González, antes de pactar con la extrema izquierda del Partido Comunista de Anguita, cedió el poder a José María Aznar. Pedro Sánchez ha sepultado al PSOE socialdemócrata y europeo y se mantiene en su poltrona monclovita con el apoyo de los bilduetarras, de los partidos de extrema izquierda, de las agrupaciones secesionistas que pretenden descuartizar a España. La agresión a la Guardia Civil en Navarra es una cuenta más del largo rosario de concesiones que el presidente del Gobierno continúa haciendo con grave lesión para los intereses de España.