Opinión

Guerras, desorden mundial y la cabezonería de la Casa Blanca

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 24 de abril de 2024

En 1984 la reconocida periodista Bárbara W. Tuchman --autora del clásico Los cañones de agosto-- publicó un libro que debe ser revalidado como de cabecera de los principales políticos que toman decisiones casi siempre en función del bien del pueblo, pero contrarias a los intereses del propio pueblo: La marcha de la locura. De Troya a Vietnam.

Especialista en temas de guerra en contextos políticos, Tuchman aportó algunos elementos que sirven hoy para caracterizar a los tomadores de decisiones geopolíticas que tienen al mundo en conflictos bélicos que amenazan --inclusive diciéndolo de manera directa-- con el uso de armas nucleares aún más potentes que las que Estados Unidos lanzó en agosto de 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki.

La autora divide entre estrategias de la política exterior y los funcionarios que son víctimas de lo que ella caracteriza como cabezonería, un adjetivo ya muy bien clarificado por la Real Academia Española: carácter o conducta habitual del cabezón (terco), con sus sinónimos: tozudez, testarudez, terquedad, obstinación, obcecación, porfía, cabezonada, emperramiento.

En su propia definición geopolítica, Tuchman refiere la cabezonería en política exterior: “consiste en evaluar una situación a partir de ideas preconcebidas, eludiendo o rechazando cualquier indicio de signo contrario, y actuar en función del deseo, sin dejarse desviar por los hechos, tal como se plasma en la siguiente afirmación de un historiador acerca de Felipe II, el súmmum de las cabezonería de un soberano: ninguna experiencia de fracaso quebranta su creencia el excelsitud esencial de su política”.

Este modelo de cabezonería en política exterior le sirve a Tuchman para hacer un seguimiento de los errores en política exterior que derivaron en guerras sangrientas hasta Vietnam, pero de entonces a la fecha gobernantes de Estados Unidos y sus aliados occidentales han extendido la diplomacia de la cabezonería, de manera sobresaliente en la actualidad el presidente Joseph Biden, quien pudo haber reorganizado el desorden mundial antes de la guerra de Ucrania, pero ha patrocinado los endurecimientos de Israel en Gaza y ahora en Irak, está sobretensando la cuerda con China al apuntalar a Taiwán y mantiene el control de Corea del Sur para combatir a la otra mitad de la Corea que sigue siendo comunista.

Estados Unidos logró reventar en 1989 al modelo comunista soviético con la competencia militar, pero esa estrategia no tuvo en ningún momento ninguna intención de convertirse en el inicio de una nueva reorganización del Orden Mundial, creyendo en la conclusión de Fukuyama de que la competencia capitalismo-comunismo había representado el fin de la historia, pero la Casa Blanca tuvo su primer amargo despertar el 9/11 del 2001 con los ataques terroristas a Nueva York y Washington, luego con la estela brutal del COVID, más tarde con su salida vergonzosa de Afganistán luego de una guerra de 20 años que perdió como en Vietnam en 1973 y ahora de regreso al pensamiento geopolítico bélico patrocinando guerras que no van a conducir a ningún destino político.

Tuchman califica la cabezonería política en asuntos exteriores como “insensatez”, aunque no niega la posibilidad también de que se trate de una conducta basada en la perplejidad. Un poco en contrapunto con Kissinger, Tuchman enumera cuatro tipos de desgobierno: la tiranía u opresión, la ambición excesiva, la incompetencia o la decadencia y la insensatez o la perversidad. Es decir, la consecución de una política contraria a los propios intereses del territorio o el Estado.

Contrario la cabezonería existe el modelo de la responsabilidad global del poder que consiste, explica Tuchman, en gobernar de la forma más sensata posible en interés del Estado y de sus ciudadanos, y en la que todo gobernante debe evitar el insidioso hechizo de la cabezonería. “Si la mente está suficientemente abierta para percibir que una determinada política es perjudicial para los propios intereses, tiene la seguridad suficiente para reconocerlo y esto bastante sensata para invertir el proceso y alcanzar la cúspide del arte del buen gobierno”, dice.

Todas las políticas exteriores americanas desde los 14 puntos de Wilson en 1918 hasta la reciente decisión del presidente Biden y el Capitolio de seguir financiando con dólares de la paz a las guerras en Ucrania, Gaza y Taiwán son una expresión, siguiendo el modelo de Tuchman, de la cabezonería del poder: el afán de dominación estadounidense, como lo revelan todos programas de seguridad nacional oficiales de Nixon a Biden, de utilizar la fuerza militar y económica de Washington para mantener vigente el american way of life o modo de vida americano que mantiene el confort de no más del 10% de la población estadounidense.

La única explicación racional al mantenimiento de las políticas de guerra estaría en la percepción de que el capitalismo estadounidense solo funciona como economía de guerra y por lo tanto requiere de conflictos bélicos constantes que dinamicen el sistema productivo, generen empleo y apuntalen a la clase media americana. En términos racionales, Rusia, China, Corea del Norte e Irán no son potencias mundiales ni imperios porque no tienen monedas de valor planetario, sus ejércitos no se sustentan en la invasión de otros países con Fuerzas Armadas invasoras y sus espacios de dominación extendidos sólo parecen tener objetivos comerciales y de influencia política.

Biden terminará su primer período presidencial envolviendo a Estados Unidos en muchas guerras al mismo tiempo, aunque hasta ahora apenas ha logrado con dificultades evitar el involucramiento directo al negarse al despliegue de fuerzas militares en zonas de conflicto, pero con indicios de que serán inevitables los marines en guerras ajenas ante la incapacidad de los países en conflicto que defienden los intereses americanos.

Lo peor de todo, es que el principal adversario de Biden es también otro ejemplo nato de la cabezonería: Donald Trump.

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