Opinión

La duda

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 24 de abril de 2024

En este país la mentira es de tan mala calidad que se está convirtiendo en una crisálida de la que más tarde eclosionan extrañas criaturas. Es uno de los métodos más utilizados para crear dudas y a fe que funciona para quienes juegan a tapar las indudables verdades.

Joan Laporta y su acólito Xavi Hernández, han antepuesto la validez de un “gol fantasma” soltando tinta de calamar para el disimulo de sus frustraciones, que son muchas y de diversa consideración. Comprendo la frustración de los perdedores cuando un simple balón, o sea, lo que es un balón de fútbol de toda la vida, algo creado para recibir patadas y nada más, pues haya podido vacilar entre cruzar por completo la línea de meta o renunciar a ello. Al parecer optó por lo segundo a tenor del ojo humano y otros medios inteligentes de percepción; y he ahí el motivo de llorar por la previsible liga derramada que el Barça no ha sabido competir al nivel de los grandes clubs de la actualidad.

El problema del Barça no es otro que la excusa permanente para justificar sus eternas dolencias. Nostalgia de un estilo que según ellos, fue el designio de los dioses, entre ellos, presuntamente, un tal Negreira. Bien es cierto que con Cruyff eran otros los jugadores que tenía y a fe que marcaron una brillante etapa en el mundo del fútbol. Pero la ciencia avanza que es una barbaridad, según don Hilarión y don Sebastián en la famosísima zarzuela de ‘La verbena de la Paloma’ estrenada en el año 1894; de manera que si de esto hace ahora 130 años, es de suponer que el fútbol y su mecánica conceptual también ha participado de los avances y sus recursos técnicos.

Xavi Hernández ha demostrado ser vulnerable a la recreación del fútbol actual. Casi todo en él parece venirle grande cuando su equipo no gana. Quejarse del césped, del árbitro, de la puesta de Sol, de la tortilla de patata con cebolla o del horario de las mareas del Cantábrico, son algunos de sus métodos que ilustran su pizarra para contrarrestar la táctica del rival. El fútbol es una simpleza elevada al máximo exponente cuando las fuerzas de juego dependen de la sosería y la suerte, pero no así cuando interviene el talento y este es bien dirigido desde el banquillo.

Siempre he dicho que lo de patear un balón me ha parecido anodino visto desde la parte más cromática del hecho en sí; ahora bien, exceptuando lo de correr detrás de un objeto tan inanimado como lo es el esférico, me impulsa en afición la plasticidad de un buen regate o la de un buen gol. A partir de ahí, lejos de rivalidades y trivialidades, lo que debe prevalecer es la elegancia del saber perder y el saber ganar. La entidad blaugrana debe hacérselo mirar para bien de sus continuados problemas si quieren salir del pozo donde con mal rollo cohabitan lo social, lo deportivo y lo económico. Es decir, le conviene aplicar ese cuarto paso del método de Descartes: ‘poner atención a la totalidad’ porque ese es el fracaso existencial que el Barça arrastra dentro y fuera de los terrenos de juego.

La masa social del club blaugrana está condenada a vivir de un modelo fallido, cosa que a mí me da igual y con su pan tumaca se lo coman, Claro está que para los dúctiles de sesera este nivel de éxito lo llevan a la debilidad de sus aspiraciones y así les va. Y lo digo sin menosprecio alguno, porque el fútbol, como deporte, está sujeto al reto de superar al contrario a base de patear el esférico con mejor o peor fortuna; de manera que ganar o perder sobre el césped es una simple contienda sin menoscabo de los méritos individuales o colectivos de unos y de otros. Ahora bien, de ahí a pretender que se repita un partido de fútbol porque el balón haya flirteado con la línea imaginaria que nadie ha sido capaz de ver, es tanto como repetir todos y cada uno de los partidos bajo la sombra del caso Negreira, que como es de dominio público el FC Barcelona está en el centro de la investigación de lo que puede ser el mayor escándalo de la historia del deporte español. No seré yo quien lo diga, tal vez lo haga el juez Joaquín Aguirre, magistrado que está a cargo de la investigación del caso.

Qué historia más triste. No me extraña que tengan motivos para llorar.