La renuncia de Pedro Sánchez a dimitir demuestra lo que muchos hemos denunciado desde el primer día. Que se trataba de una nueva pirueta, de un trampantojo, de una maniobra sin precedentes. Una maniobra indecente, inmoral y cobarde para azuzar a sus huestes contra “la derecha y la ultraderecha” en un desesperado intento de desviar la atención de la corrupción que salpica a medio Gobierno por el caso de las mascarillas y las turbias maniobras de su mujer, amparada y ayudada por el propio Consejo de Ministros.
Porque Pedro Sánchez no quiere construir “un dique” para defender a España de la “derecha”. Lo quiere para agazaparse, para esconderse y escapar de la gravedad de sus muchas tropelías políticas y personales. Pero nunca ha llegado tan lejos como amenazar con dimitir. Porque un presidente puede dimitir, pero no aplazar esa dimisión.
Pero todo era una trampa para salir del agujero personal y electoral. Ha conseguido que durante 5 días sólo se hablara de él. Pero para mal. Con críticas a su cobardía y a su delirante estrategia de marketing político, salvo las excepciones de rigor de sus seguidores más sectarios. Tampoco ha logrado un éxito en las convocatorias de adhesión a su figura. El sábado, en la calle Ferraz apenas se concentraron 10.000 personas, a pesar de la movilización de sus huestes al más puro estilo franquista fletando autobuses desde toda España. Y este domingo, menos de 5.000 en el centro de Madrid. Sólo sus más allegados, los que ostentan un cargo bien remunerado han expresado un desbordado entusiasmo por su permanencia. El histrionismo de María Jesús Montero el sábado en Ferraz representa mejor que nadie esa postura interesada y fanática.
Pero al final, no sólo ha hecho el ridículo. Con esta pataleta infantil, Pedro Sánchez ha abierto una crisis sin precedentes al poner a España en vilo y crear un vacío de poder. Pues, de algún modo, ha dejado la presidencia del Gobierno vacante, para “reflexionar” sobre su continuidad durante cinco días.
Pero lo peor es que permanece al frente del Gobierno. Lo peor para España y para el PSOE. Pues Pedro Sánchez ha demostrado que no es un político de fiar. Que todos sus movimientos y decisiones sólo tienen el propósito de reforzar su imagen y su poder. La imagen se ha deteriorado gravemente, pero vuelve con un poder reforzado. Ya tiene la coartada para “asaltar el Poder Judicial e intervenir los medios de comunicación” que se atreven a cuestionar su Gobierno. Y saldrá en tromba contra todos lo que cuestionen su omnímodo poder. En primer lugar están algunos jueces y todos los medios de comunicación independientes. No hay que descartar, pues, que se produzca una suerte de golpe a la democracia. Pues, al final eso era lo que buscaba con su esperpéntica “reflexión”.