Acuciados por nuestra tumultuosa cotidianidad, supongo que muchos de ustedes ni repararon en que hace ocho días se cumplió el tricentenario del nacimiento de una de las mentes más preclaras y determinantes de la Historia: Inmanuel Kant. Les confesaré que yo tampoco; ah, pero jornadas más tarde, repasando la prensa atrasada, tropecé con una reseña del acontecimiento y, de inmediato, escribirles sobre cualquier otra cosa me resultaba ya una bagatela comparado con evocar aquel hombre menudo, enteco y de costumbres tan arraigadas que cualquiera las hubiese calificado de ariscas manías; y sin embargo, afable, amigo de convocar cenas compartidas —mantenía que los convidados no debían ser “menos que las gracias ni más que las musas” para que se produjese una fructífera sobremesa—, e incluso atento a las mundanidades como prueban sus escritos sobre los perfumes y las modas, de los que extraje, hace un puñado de décadas, una máxima como norma: “se puede ser indiferente a la moda, pero es de necios oponérsele”.
Pues bien; el viernes veintiuno de abril de 1724 venía al mundo Enmanuel —después, Inmanuel— Kant, cuarto hijo de Johann Georg, un zapatero y talabartero de orígenes escoceses, y de la bávara Anna Regina, en Könisberg, capital de la Prusia Oriental —hoy y por causa de la II Guerra Mundial, esa insólita cuña rusa entre las repúblicas bálticas y Polonia—. El muchacho apenas sobresalió en sus estudios formativos salvo por su tozuda aplicación; es más, concluida la universidad y para ganarse los primeros táleros, ejerció la tutoría por los pueblos cercanos a su ciudad, de la que nunca se distanció más allá de ciento cincuenta kilómetros, hasta que frisando ya los treinta y un años, tras algún tomo y numerosos artículos sobre asuntos científicos, publicó su tratado astronómico: Historia general de la naturaleza y teoría del cielo (1755), donde exponía, siguiendo las pautas trazadas por Newton, la formación del cosmos y de las galaxias. Y sus propuestas a fuer de innovadoras resultaron tan acertadas que aún rigieron hasta bien entrado el s. XX; pero ya saben ustedes que en absoluto será esta su gran contribución no a la ciencia, ni a la cultura, sino al devenir de la humanidad.
En efecto; su magna y continuamente citada obra fue aquella que esas dos lumbreras fugaces de nuestra política —Pablo Iglesias y Albert Rivera— no fueron capaces de nombrar con corrección durante un debate público para gran bochorno de los asistentes y, luego, de cuantos —como servidor— presenciaron tan estrepitoso momento ante el televisor; me refiero, naturalmente, a la Crítica de la razón pura (1781). Con ella determinó el proceso universal del conocer, o dicho a la manera wittgensteiniana, de “cuánto podemos decir” con certeza; lo otro sería, por bello y hasta exaltante que se nos antojase al pronunciarlo, mera creencia o sentimentalidad, pero nunca ciencia o conocimiento; con lo que concluyó mil quinientos años de especulación metafísica. Después y para abrochar su proyecto antropológico, encaró la ética en su Crítica de la razón práctica (1788) y en su Metafísica de las costumbres (1797), donde nos dejó el más espléndido apotegma moral formulado hasta entonces: su imperativo categórico o “actúa de forma que sea universalmente válido” (o bueno). Cuando la Filosofía asimiló sus razonamientos, se convirtió en una gran nota a pie de página a sus escritos. Es más; cuanto la Filosofía mejor los comprendía, más se sabía herida de muerte; al punto de proclamar Nietzsche tal defunción un siglo después.
Además, Kant se embarcó con su Paz perpetua (1795) en pronosticar para la humanidad ese momento impreso en el título: llegaría cuando los hombres se rigieran por repúblicas liberales compuestas por ciudadanos autónomos, pues el mero ejercicio del comercio impondría el necesario silencio de las armas. Me temo que Kant desoyó, llevado de su bondadoso voluntarismo protestante, la Ilíada (s. VII a. C.), colosal y aleccionador poema sobre la codicia humana, o incluso a Shakespeare, quien animó sobre la escena excelsos ejemplos de las cegueras constitutivas de nuestra condición mortal; conclusión: los cañones —y ahora los misiles teledirigidos— no han dejado todavía de atronar para dolor de las gentes.
También porque, para este loable advenimiento, es imprescindible un precepto: la razón como única y ecuánime rectora del gobierno, contra su notoria ausencia por doquier en la actualidad; incluso afirmaría su postergación si no es ya desprecio desde la pujanza de la almibarada psicología emocional y su hipnótica aplicación a la política; pues las emociones, como leitmotiv político, resultan el más complaciente señuelo hacia la creencia —sempiterna enemiga de la razón— y, en consecuencia, pórtico de la tiranía, y pruebas constatadoras nos sobran durante el s. XX y aun en nuestro más próximo presente.
Me resta decir que con Aristóteles lo considero el más eminente genio de la Filosofía, pues si el estagirita clasificó las ciencias y prescribió su primer método indagatorio allá por el s. IV a. C., este menudito prusiano determinó sus límites, partiendo del análisis de nuestras universales capacidades para precisar con seguridad cuanto nos rodea. Añadir que los considero encomiables espejos de dignidad va de suyo, pero animarles a tenerlos presentes y, si pueden, a ponderar sosegadamente sus argumentos se me antoja el necesario corolario. Estoy seguro que obtendrán frutos excelentes para provecho de sus vidas y acertados juicios para enfrentarse a esa misma barahúnda cotidiana que quizá les impidió advertir, hace ocho días, que se cumplían los trescientos años del nacimiento del segundo.